Opinión

50 sombras

Érase una vez la historia de la tímida y casta Anastasia Steele (Dakota Johnson idéntica a como es literariamente descrito el personaje) que de casualidad se tropieza ante el imponente galán de revista Christian Grey (Jamie Dornan nada aterrador comparado con su ídem literario), quien le revela apenas algo de su personalidad en la improvisada entrevista que Anastasia hace por cortesía a su agripada amiga Kate (Eloise Mumford). De súbito la chica queda prendada del intenso Grey, quien la sigue casi metafísicamente de Seattle a Portland y viceversa.

Ya sin tropezarse ante la omnipresencia de Christian, Anastasia poco a poco cae en el embrujo de este desquiciado Heathcliff versión 2015 siempre en su borrascosa cumbre de cristal gris y acero gris, y cuyo origen es por completo incierto puesto que se revela como hijo adoptado que crece al amparo de una corporación que ahora dirige siempre de impoluto traje gris a la medida. Igual que grises son sus ojos. Y sin duda que también sus intenciones tienen una variedad de grises para con Anastasia. Desvela así de manera sutil que, en efecto, hay 50 sombras de Grey (2015, Sam Taylor-Johnson) en donde en el fondo atormentado protagonista de vulgar labia (“Yo no hago el amor. Yo cojo. Y rudo”), es un romántico incurable, tan frágil como esa Tess d’Urbervilles que planea sobre Anastasia como alter ego, pero también sobre Grey como su deseo secreto más íntimo e inconfesable y ante el que quiere rendirse.

Grey tiene el detalle de ocultarse en una cultura corporativa que se mueve por contratos y cláusulas de confidencialidad, tal cual lo exige el capitalista salvaje contemporáneo. Lo hace por una razón simple y llana: es para esconder su secreta afición a la disciplina y la dominación. En pocas palabras, es un cochinón sadiquillo sofisticado que tiene un cuarto de juegos (“¿ahí guardas tu X-box?”) lleno de instrumentos de tortura con los que imagina que Anastasia se somete a su voluntad nomás por gusto y para su oscuro placer (“¿y que ganaría yo con eso?”, “a mí”).

Tras mucho pensarlo haciendo una investigación donde aprende vía internet cómo ser sumisa, Anastasia entre que accede y no, porque el nuevo romanticismo funciona como una forma de fundamentalismo light donde el sometimiento ya no es un proceso de seducción o de educación al estilo Historia de O (1975, Just Jaeckin), sino un acoso más o menos sutil en donde la víctima debe ceder su libre albedrío para las innumerables reglas del placer ajeno, ya sea por medio de un contrato complejísimo (“borra fisting anal; también fisting vaginal”), ya de la constante presencia que se impone por medio de exóticas invitaciones a andar en helicóptero o por la entrega de costosos obsequios, cada vez más apabullantes, desde justo la primer edición de Tess d’Urbervilles (1891) de Thomas Hardy, hasta el Audi rojo último modelo.

La constancia entre la aceptación y el rechazo que Anastasia siente hacia Grey concluye con una entrega sexual por la circunstancia -nomás perder su virginidad- que por amor. En el fondo la idea central es quedar a merced del hombre poderoso. Asimismo, como el romanticismo ya es algo barato, aderezarlo con una perversión ligera sirve como aliciente para hacer de cualquier seducción un ejercicio de sometimiento.

A diferencia de la novela homónima de E.L. James, que es un retrato de evidente sicopatía sexualis, con Grey convertido en acosador desmesurado, y con Anastasia revelándose como habilísima (y llena de humor, lo que está ausente en el film) para un sexo que desconocía pero que disfruta activamente en innumerables capítulos sexualmente explícitos, escritos con evidente frialdad, el film de Taylor-Johnson, hecho con ajustado guión medio provocador medio espantado de Kelly Marcel, es sustancialmente un porno sin sexo y tal vez por ello más deshumanizado que la novela misma. Porque las pulsiones de la seducción masculina, como de la femenina a idéntico nivel, quedan en la añoranza del eros machista políticamente incorrecto y repugnante ahora presentado como última realidad para un depravado cuento de hadas y princesas visto distanciadamente, vacío de contenido emocional y sexual, sin mayor trascendencia que una paliza primero tolerada y luego repudiada: justificación del definitivo acto de amor genuino.

50 sombras de Grey en consecuencia se erige como el “no va más” del romanticismo siglo XXI con personajes dañados y perdidos en la contradicción entre sentimiento y sometimiento.