Opinión

50 años a salto de imágenes

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Jorge Ayala Blanco

En 1965 comenzó una trayectoria que sin duda nadie esperaba que resultara tan insólita como lo ha sido. Un joven ingeniero químico cambió de profesión para entregarse a la pasión de su vida: ver cine. Así, aparentemente de la nada, surgió la vocación de Jorge Ayala Blanco, quien cumple cincuenta años de dedicarse semana a semana a la crítica de cine; la mitad de ese tiempo lo ha hecho aquí, en El Financiero.

Su trayectoria implica que si sólo hubiera visto una película en promedio por semana, a lo largo del último medio siglo habría visto cuando menos 18,250 cintas. Un buen crítico como el maestro Ayala Blanco no sólo ve la cinta de la semana. Ve cuando menos tres. Así que esta leyenda de la crítica mundial ha visto aproximadamente 60 mil películas en medio siglo, considerando que algunas semanas no hubo mucho que ver y otras en las que sólo una vez al día acudió al cine.

El trabajo del crítico no consiste sólo en ver la cinta y expresar una opinión sobre ella. Algunos consideran que para que el crítico obtenga cierta credibilidad debe ser contundente en dicha opinión e invitar, o no, a ver la cinta en cuestión. Esto es inválido. El trabajo del crítico consiste en analizar eso que ve para tratar de expandir la experiencia fílmica; es un espectador informado y atento que debe regirse por un criterio de lucidez que se impone con profesionalismo y distancia. El crítico nunca debe defender sus gustos sino analizar el film para enriquecer la experiencia de otros espectadores.

Las ideas en boga sobre las tendencias del momento cinematográfico pueden ayudar mucho a identificar los elementos que conforman una cinta. Pero lo más valioso es la experiencia del crítico; su habilidad para forjar no uno sino diversos discursos analíticos. También para sobrevivir a las modas y conservarse con una personalidad singular. Ayala Blanco ha logrado eso y más.

Crítico que en su momento sufrió persecución y censura, poco a poco se ha abierto camino. En su momento, la aparición de La Búsqueda del cine mexicano (1974) quiso verse como el temprano epitafio del crítico más voraz y veraz del cine nacional. Pero no. Desde entonces se ha reinventando y creado tanto una Cartelera impresionante, junto con la investigadora María Luisa Amador, como una obra personalísima dividida en su abecedario del cine mexicano, que está por entrar en la letra K.

Su serie mexicana la acompaña con la dedicada al estudio de algo que también se creyó en su momento que carecía de pertinencia y valor: los géneros cinematográficos. Con el paso de los años esos géneros se han ampliado, modificado e incluso estallado, sufriendo todo tipo de metamorfosis tanto en el cine de autor como en el cine dominante; también en el cine independiente y en el de cualquier latitud del globo. Ya no hay carreras consistentes ni géneros predecibles. Cada película es distinta y por ello singular. Esto ha creado en la pluma del maestro Ayala Blanco una serie igual de singular cuyo volumen más reciente es El cine actual, confines temáticos (2015, Centro Universitario de Estudios Cinematográficos / Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorial), justo el volumen con el que el maestro Ayala festeja su cincuenta años de publicar ininterrumpidamente y también con el que celebra haber dado clases en el CUEC, siendo con ello el único maestro, tal vez de toda la Universidad, que conoce a las 50 generaciones que han desfilado por sus aulas y las que ha inculcado el gusto por ver una cinta.

El método de Ayala Blanco consiste en buscar, dentro de una claridad narrativa que reconstruye literariamente la cinta, las contradicciones/inconsistencias o los aciertos/tersuras de cada film. De ahí forja un siempre inteligente análisis que renuncia a darle énfasis a la teoría de los autores; que opta por estudiar una noción vigente y plural del cine, como industria, como algo colectivo, o como algo fuera de serie, excepcional. Recurrir a los extremos pone de manifiesto que el cine contemporáneo es un espejismo al que hay que prestar atención porque todo en él es tanto sólido como evanescente y la habilidad del crítico consiste en aprender a diferenciar un elemento de otro; en leer un discurso paralelo al film mismo, no como simple recomendación sino como extensión placentera. El placer consiste en desmontarlo recurriendo a las más diversas ópticas posibles; en identificar los metalenguajes que inviten a que la crítica sea multirreferencial, sin manejar una verdad absoluta sino la absoluta satisfacción por ver y analizar. Justo lo que Ayala Blanco logra en esta trayectoria excepcional en la que cumple 50 años de andar a salto de imágenes.