Opinión

25 años de “nuevas” leyes de propiedad intelectual en México

 
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Brexit

Sin fiesta de cumpleaños, la Ley de la Propiedad Industrial arribó a su aniversario 25 y la de derechos de autor al 20. Si nos remontamos a los años noventa, cuando estas legislaciones fueron promulgadas, habrá que recordar que el clima imperante en aquellos tiempos era más que favorable para apoyar la observancia de los derechos de propiedad intelectual, no solo a nivel regional, sino mundial.

El esquema reforzado de protección y observancia de marcas, patentes, secretos industriales y derechos de autor fue en aquellos tiempos resultado directo de los esfuerzos de globalización emprendidos en el seno de la OMC, y de la eliminación de barreras físicas, arancelarias y regulatorias entre países y bloques económicos.

Además, la construcción del tratado de América del Norte nos dio elementos adicionales para impulsar la reforma más ambiciosa y profunda de nuestro marco legal en materia económica en la historia del país.

De hecho, hay que reconocerlo, nuestras decisiones de apuntalar la protección de derechos fue más una inercia reactiva, hija de las presiones de nuestros socios comerciales, que una convicción propia.

Sin embargo, pareciera que México ha logrado, en esta generación, por lo menos sentarse en la mesa de debates de los grandes temas de propiedad intelectual, y estamos aprendiendo a pensar para y por nosotros mismos.

A 25 años de distancia, la coyuntura que el momento internacional impone sobre nosotros es especialmente desafiante. Por una parte, nuestro país sigue imbuido de las inercias propias del libre comercio, involucrados estrechamente a nuevos tratados tan pretensiosos como el Transpacífico Partnership Agreement (TPP), que no solo refuerza los esquemas de protección de patentes y derechos de autor, sino que los amplía a niveles nunca vistos. Pero por otro lado, las condiciones para una ruptura radical y un cambio de rumbo significativo hacia criterios proteccionistas empiezan a percibirse, como frente frío, desde el norte de nuestra frontera.

El “efecto Trump” y el desenlace del Brexit obligan a repensar el comercio mundial en términos divergentes; la zona de las convicciones de los beneficios del neoliberalismo capitalista encerraba sus propias contradicciones y el resultado es que, dos de las economías más expandidas y postulantes de sus principios deciden hacer un alto y replantear su permanencia en el grupo.

Ante tal escenario, la tentación que para nuestro poder legislativo representa la ausencia clara de una tendencia puede llevarnos a la inmovilidad y el desconcierto. En estos momentos, dejar de lado la indispensable actualización de nuestras leyes de propiedad intelectual tendría costos muy graves, justo cuando estamos a la mitad de procesos de revisión profunda de nuestras plataformas regulatorias. En materia de derechos de autor, por ejemplo, su adecuación a los temas de entorno digital es urgente; en patentes hace falta llenar lagunas y dotar el sistema de propósitos de desarrollo tecnológico; y en marcas no se diga, es necesario superar muchos años de rezagos.
 
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