Opinión

2016, IV centenario de la muerte de Cervantes

 
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Miguel de Cervantes. (AP)

 

En abril del año que corre, se cumplieron cuatrocientos de la muerte de Miguel de Cervantes. Con este motivo se han llevado a cabo en todo el mundo numerosos actos en homenaje al insigne escritor español, autor del Quijote. Muy merecidos, por supuesto, y por partida doble. Porque, por un lado, honran a un personaje realmente extraordinario, y por otro, porque en vida y hasta más de un siglo después de su muerte, no le fue reconocida su verdadera categoría y a su obra el inmenso valor que tiene.

Por algo realmente extraño, a Cervantes lo siguió siempre, como su sombra, una proverbial mala suerte. Vivió y murió pobre, casi en la miseria. Transcurrió su vida sin recibir reconocimientos, honores ni gloria.

En justicia y por fortuna, así sea cuatro siglos después de muerto, hoy es exactamente lo contrario. Se le rinde tributo aquí y allá, en incontables lugares y ámbitos alrededor del mundo.

Cervantes murió en 1616. Aunque hoy nos resulte difícil de creer, su primera y muy incompleta biografía, que en realidad más parece reseña de su obra que de su vida, no apareció sino hasta 121 años después, en 1737, publicada por el abogado y erudito valenciano Gregorio Mayans y Siscar. Se trata de una biografía que en realidad nada tiene de tal, por sus notorias omisiones e imprecisiones. Hoy, en contraste, son cientos las biografías que hay del autor de El Quijote.

Cuando Mayans escribió la Vida de Miguel de Cervantes, no solamente ignoraba él la fecha exacta y el lugar de nacimiento de su biografíado, sino que además se equivocó al anotar la fecha de su muerte. Puso inicialmente que había sido el 19 de abril de 1616.

Al percatarse del gazapo, escribió al impresor para solicitarle que modificara el texto y dijera que “de un libro de entierros, que se conserva en Madrid en la iglesia parroquial de San Sebastián, consta que murió (Cervantes) en la calle de León, el día 23 de abril del referido año 1616, habiendo mandado que se le enterrase en el convento de las monjas trinitarias”.

En realidad el 19 de abril, cuatro días antes de su muerte, fue la fecha en que Cervantes redactó la dedicatoria al conde de Lemos del que sería su último libro, Los trabajos de Persiles y Sigismunda, publicado en forma póstuma.

Es en esa dedicatoria donde Cervantes le dice al conde de Lemos, de nombre Pedro Fernández de Castro, lo siguiente: Puesto ya el pie en el estribo, / Con las ansias de la muerte, / Gran señor, ésta te escribo.

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