Opinión

2015

Muy probablemente este mes concluya el proceso de aprobación de las reformas de telecomunicaciones y energética. Tan pronto haya terminado la última votación a fines de julio y concluya formalmente la agenda del Pacto por México, empezará la guerra electoral de 2015. Las buenas formas darán paso a la crítica acérrima y a la estridencia. Los priistas son los que más se han restringido de cuestionar a sus adversarios del PAN y del PRD –mucho por el cuidado presidencial de evitar romper las negociaciones de las reformas estructurales. Panistas y perredistas han estado sentados en la mesa de negociaciones por año y medio; sin embargo, con frecuencia lanzaban su artillería contra el presidente y el PRI.

Pero con el último voto de la reforma energética terminará la tregua. Y entonces empezaremos a ver la forma como los partidos asumen los beneficios y los costos de su alianza del Pacto por México. Cuando éste se firmó el 2 de diciembre de 2012, muchos dijeron que el gran ganador sería el presidente Peña Nieto porque lograría aprobar su agenda de grandes cambios; sin embargo, no queda claro ahora que este gobierno vaya a ser el gran beneficiario político en el corto plazo de las reformas aprobadas en los últimos 18 meses.

La semana pasada Gustavo Madero, presidente del PAN, anunció que su partido hará campaña el próximo año criticando la lenta marcha de la economía y el presunto daño que la reforma fiscal ha causado entre la clase media y el sector empresarial. Según las encuestas, las expectativas de la gente respecto al tema económico son bajas y eso dará muchos réditos a la estrategia del PAN. Es muy probable que Madero tenga razón: su partido será el que más avanzará electoralmente en 2015.

Por su parte, las izquierdas basarán su estrategia en rechazar la reforma energética. No hay sorpresa. Anunciaron una consulta popular que no tiene asideros legales pero que será atractiva para convocar a multitudes: ya desde ahora tanto López Obrador como el PRD con Cuauhtémoc Cárdenas a la cabeza recorren plazas y ciudades para recopilar firmas de apoyo. La estrategia puede ser eficaz, pues según las encuestas 60 por ciento de la población se opone a la reforma, aunque sea sólo de forma latente y silenciosa.

El problema del gobierno y del PRI es encontrar un mensaje de campaña eficaz. Uno pensaría que lo lógico sería presumir las reformas del Pacto por México. Pero el problema es que buena parte de los mexicanos todavía no comprenden el beneficio futuro de esas reformas y mientras ellas no se traduzcan en más dinero en el bolsillo, su efecto en las preferencias electorales es sumamente limitado.

Si la economía remontara y creciera para fines de año a tasas superiores a 3.0 por ciento, esa podría ser su bandera. Pero es algo improbable. Sin más empleo y más salario, el Pacto por México es retórica de papel para la gente. Cuando tenga impacto sobre la economía real, ya habrán pasado las elecciones de 2015 y quizá incluso las de 2018.

Otro eje de campaña del PRI podrían ser los resultados en la lucha contra el crimen organizado. Pero el problema de inseguridad y violencia persiste y los resultados son incipientes. De tal forma que la percepción de eficacia para combatir el crimen que ayudó al PRI a ganar en 2012 no parece una alternativa de campaña.

La directora del Fondo Monetario Internacional dijo la semana pasada estar muy impresionada con la magnitud de las reformas del Pacto por México y pidió paciencia a los mexicanos respecto a los resultados. Pero las buenas expectativas en Washington y Nueva York respecto al reformismo mexicano contrastan con la modesta y decreciente aprobación presidencial, la más baja desde el gobierno del presidente Ernesto Zedillo en los años noventa, cuando la economía había caído más de 6.0 por ciento.

El gobierno del presidente Enrique Peña Nieto pasará a la historia como uno de los más reformistas de la época moderna, incluso más que el de Carlos Salinas de Gortari (1988-94). La pregunta es si disfrutará en vida el reconocimiento o ello sólo ocurrirá con el paso de los años.
Una tragedia que algunos gobiernos reformistas enfrentan es que los costos del cambio generan dudas, oponentes y si eso ocurre en un entorno económico de bajo crecimiento, las posibilidades de que el electorado premie al gobierno son bajas. Por eso es más fácil administrar el statu quo que intentar cambiar las cosas.

El gran reto del gobierno es encontrar una narrativa atractiva para navegar el periodo electoral de 2015. Es sorprendente que la mejor narrativa en muchas décadas –la de reformas estructurales que pueden cambiar el rostro de México– aún sea demasiado abstracta para ser parte de una narrativa de éxito el próximo año.