Opinión

2015, año clave para México

2015 será el año en que terminará la mitad del sexenio del presidente Enrique Peña Nieto dentro de un ambiente de incertidumbre y para muchos de frustración al no cumplirse las dos exigencias básicas de la sociedad: crecimiento económico generador de empleos dignos y seguridad para todos los mexicanos.

Efectivamente, el magro crecimiento económico de los dos primeros años y el esperado para su tercer año de gobierno están muy lejos de lo que requiere el país para generar los empleos dignos que necesita la creciente población de México. Si no se encuentra el codiciado empleo, ¿a dónde va el desempleado?, ¿a la creciente e imparable economía informal?, ¿a las filas de la delincuencia y del crimen organizado? Si sucede esto último, en donde el desempleado encuentran una elevada remuneración a cambio, quizás, de una corta vida, ¿qué consecuencias tiene para el país? No es difícil suponerlo: una fuerte escalada de la violencia que ya azota a toda la población mexicana.

El entorno para 2015 que rodea a este escenario es complejo, sumamente complejo: elecciones intermedias en donde habrá que elegir a nueve gobernadores, a 903 presidentes municipales y a un sin número de diputados en toda la república. Y estas elecciones se realizarán dentro de un ambiente de incertidumbre en donde el creciente desprestigio de los partidos políticos juega un papel significativo.

¿Votar por el partido o candidato de nuestra preferencia?, ¿abstenernos?, ¿acudir a las urnas y votar en blanco como muestra del rechazo de la población al sistema político imperante? Las motivaciones son diferentes en cuanto se trata de impulsar al gobernador y al ayuntamiento de nuestro estado o a los diputados de los diversos partidos a nivel nacional, por lo que es previsible que encontremos comportamientos diferenciados acordes a las circunstancias. Yo, habitante del Distrito Federal, acudiré a las urnas y votaré en blanco como muestra de mi disgusto con el sistema político que impera en nuestro país y porque en conciencia no puedo votar a favor de ninguno de los partidos que aparecen en la boleta y que han defraudado, desde tiempo atrás, mis expectativas y las de muchos de mis conciudadanos. Pero sin duda acudiré a las urnas para dar así mi respaldo a la institucionalidad independientemente de mi rechazo a los partidos.

¡Sí!, no puedo votar por partidos involucrados en los casos de Ayotzinapa, de Michoacán, de Tlatoaya, de Guerrero, de Tamaulipas; o de manifiestos casos de corrupción que aparecen día con día en la prensa nacional. Casos de corrupción perseguidos en ocasiones por parte de nuestros vecinos del norte e impunes en nuestro país, en donde los sinvergüenzas cometieron sus tropelías. Basta analizar la denuncia de los diez personajes más corruptos de México divulgada por la revista Forbes hace unos meses y que yo reproduje en un artículo de aparición reciente en EL FINANCIERO.

Dijo el presidente en un discurso reciente que México no puede seguir igual y tiene razón. No puede seguir igual. No puede continuar con el inaceptable nivel de corrupción que impera en nuestra sociedad, ni con el bajísimo crecimiento económico al que nos hemos referido anteriormente, ni con la ineptitud manifiesta de muchos de nuestros gobernantes, ni con los poderes fácticos ligados en muchas ocasiones al crimen organizado, ni con sindicatos –como la CNTE– cuyos bastardos intereses perjudican a toda la población, ni con partidos políticos que lo que menos piensan es en sus representados pero que reciben cuantiosísimos recursos del Estado que provienen de nuestros impuestos, ni con la manifiesta crisis del Estado de derecho, ni con los salarios de hambre que ganan un buen número de nuestros trabajadores, ni con la corrupción en las empresas estatales –Pemex y CFE, por mencionar algunas–, ni con diputados y senadores –Romero Deschamps, por ejemplo– indignos de representarnos, ni con… la lista es inagotable y por eso, por eso precisamente, dejaré mi boleta en blanco en las próximas elecciones e invito a otros mexicanos a hacer lo mismo. Concurrir a las urnas, eso es un imperativo para apoyar la institucionalidad, pero anular nuestro voto en señal de protesta.

Fácil es criticar, difícil construir. Dejo un soplo de esperanza: que se logren llevar a la práctica las ambiciosa reformas propuestas por el Ejecutivo al iniciar su mandato y que, de tener el éxito que es de desearse, cambien en mucho el futuro del país.

No podemos perder la esperanza y, sobre todo, debemos comprometernos a hacer cada uno de nosotros lo poco o mucho que esté de nuestra parte. Atacar por una parte la podredumbre que nos rodea y trabajar para generar la riqueza material e intelectual que tanto se necesita y de la que todos –no sólo unos cuántos– debemos disfrutar.

La esperanza es la que nunca debemos perder, pero hay que luchar para transformarla en realidad. El año que recién inicia será importante, muy importante, para definir el futuro del país.

El autor es presidente de Sociedad en Movimiento.