Opinión

20 de noviembre (1910-2016)

04 noviembre 2016 5:0
 
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Emiliano Zapata

Uno. Dejemos a un lado si un senador desprestigiado hasta las cachas goza de autoridad para armar a esta nación rehén de la violencia; si preparar desde ya a un Fiscal Anticorrupción transexenal, sin más mérito que la cuatachería, no es joder a México; si un niño vendedor de empanadas en Acapulco va que vuela para Og Mandino costeño. Mejor reparemos que el golpe del calendario cívico anuncia el 20 de noviembre.

Dos. Para, dada la ausencia de divulgación histórica patria, los que crean que se trata en exclusiva de una avenida que desemboca en el Zócalo, recuerdo que es la fecha que Madero fijó para el estallido de la Revolución Mexicana. Junto con la Independencia y la Reforma, el trío de episodios decisivos de este desgraciado México a la deriva. Qué 68 ni qué democracia electoral ni qué reformas estructurales ni qué ocho cuartos.

Tres. Se entiende que para el PAN, en 2010, el centenario de “La Bola” se le atorada en el gaznate. De ahí que, junto con el del bi-centenario de la Independencia, batiera el record de las Fiestas Patrias peor organizadas. ¿Pero que el PRI, nieto del Partido Nacional Revolucionario, después de recuperar unos Pinos (Palacio Nacional lleva lustros clausurado) que a lo mejor vuelve a perder, de muestras de carecer de memoria histórica sobre su propia cuna?

Cuatro. ¿Exagero? Ni por pienso. Si algo está ausente, en el discurso del Ejecutivo Federal, y del PRI, es, ni más ni menos, que la “revolufia”. Asunto cuya fascinación no cesa en mis trabajos sobre la cultura mexicana moderna y contemporánea, adelanto algunos temas. En el entendido de que, aquí, política y cultura andan juntas, juntas y revueltas.

Cinco. Los vasos comunicantes entre los Viejo y Nuevo Régimen. El que no le da tiempo de empezar a construir a Madero, pero que logran, cada quien a su modo, Carranza, Obregón, Calles y Cárdenas el Genuino. Y que llevamos lustros desmantelando a cambio de espejito (Salinas, el gran Ilusionista, se aventó lo de Liberalismo Social).

Seis. El verdadero alcance de la oposición al porfiriato (no confundirlo, dijo Alfonso Reyes, ni con el porfirismo, adhesión personal al autócrata oaxaqueño, ni con lo porfirista, cuestión de estilo). Oposición editorial, interna (Reyismo), electoral, militar, cultural (campo este último en el que se inscribe, aunque usted no lo crea, el Modernismo, y desde luego el Ateneo de la Juventud).

Siete. Las diversas Revoluciones Mexicanas, con sus elencos y ritmos. La política, la agraria, la obrera, la cultural (para Manuel Moreno Sánchez, la de mayor duración). Relacionado con esto últimos, el problema de los diversos principios y finales.

Ocho. El de sus fases posteriores, la recontrasabida pos-revolucion y la apenas considerada des-instauración (proceso que arranca con el 68 y culmina en 2000, con el triunfo del ahora hotelero vip Vicente Fox, boca floja siempre).

Nueve. Y, por fuerza, los movimientos armados dentro de la Revolución (orozquismo, zapatismo, reyismo y delahuertismo); y los contra-revolucionarios en los que se lleva la palma Victoriano Huerta. Capaz de ganar la adhesión de intelectuales de la talla de José Juan Tablada, Federico Gamboa, Toribio Esquivel Obregón, Salvador Díaz Mirón, Nemesio García Naranjo, entre otros.

Diez. En el terreno académico llegó a hablarse de la corriente revisionista de la Revolución Mexicana. Quizá llegado es el momento de una pos-revisionista, o de plano nueva historia de la revolución mexicana, que la mire en su conjunto, héroes y villanos, tendencias todas. Para predicar con el ejemplo, me permito recomendar dos ediciones de mi autoría. La de El crepúsculo porfirista de Nemesio García Naranjo (La Serpiente Emplumada) y de Rodolfo Reyes Memorias mexicanas (1899-1914) (Colofón).

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