Opinión

20 años de casada

Mi mente es una telaraña complicadísima, sobre todo en días como hoy. De no haberme decidido, estaría cumpliendo 20 años de casada. Seríamos una pareja con dos hijos adolescentes y la familia de cuatro que alguna vez intentamos ser. Es increíble que me duela después de tanto tiempo. Casi 10 años de divorciada y todavía me golpean los no aniversarios. Será porque resulta inevitable pensar, a la vuelta del tiempo, qué hubiera sido de nosotros de haber seguido juntos.

Es difícil no culpar al divorcio de todas las calamidades que hemos tenido que vivir. El cúmulo de pérdidas que aniquilaron las rutinas, los planes de viajar, la crianza complicada pero compartida de dos hijos. El futuro de una familia intacta, como nos habían enseñado a los dos, nunca llegó. Yo rompí un día el guión oficial para aventurarme a vivir de otro modo. Todavía me duele y parece que él nunca me lo ha perdonado. Él no quería que nada cambiara y yo quería cambiarlo todo.

Fuimos una buena pareja que debió tener dos perros en lugar de hijos. Buenos compañeros de cama, comida y canciones. Mal equipo para educar, jamás coincidimos en las formas ni en el fondo, hasta que entendí que no hacía falta que fuera borracho o infiel para terminar la relación. Para mí la maternidad se volvió prioritaria. Para él mucho menos porque siempre tenía más ganas de estar conmigo que de ser papá. Hubiéramos sido grandes papás de perros, en serio.

–Cada que habla de su divorcio, lo hace con culpa. Mientras no trascienda ese sentimiento, difícilmente podrá estar en paz con el resto de sus decisiones.

Aprendí a ganar dinero después de divorciarme, a usar un taladro, a cambiar llantas, a hacer declaraciones patrimoniales. Mientras viví casada asumí irremediablemente el rol de hija. A veces también fui la madre universal. No sé por qué tanta gente piensa que hay que ser terriblemente infeliz para divorciarse. Lo intenté durante años e hice mi mejor esfuerzo, le he dicho muchas veces a quienes calificaron de impulsiva mi decisión.

No mirar hacia atrás es algo que difícilmente se logra en la vida. Yo lo hago todo el tiempo. Qué hubiera sido de nosotros de habernos quedado juntos. Pienso así sobre todo cuando estoy exhausta, cuando no encuentro a otro adulto que me haga fuerte en las decisiones cotidianas. Soy yo la que da los permisos o los niega, la que revisa las calificaciones, la que sale a la una de la mañana buscando la dirección imposible de una fiesta. La que consuela en la tristeza o en las enfermedades. Y la que se tiene que consolar sola cuando la melancolía le invade sin preguntar.

Debo sonar como una víctima instalada en la autoconmiseración. No lo soy, solamente que hoy me siento cansada y con ganas de recargarme en alguien que pudo haber sido él. Quizá parezco arrepentida pero no lo estoy, sólo me pregunto si habría logrado ser la que soy de haber seguido emparejada.

Todos los rollos motivacionales sobre no descuidar la vida de mujer por entregarse a los hijos son teorías imposibles de practicar. Ser una mamá divorciada es trabajo de tiempo completo. Hay que educar, ganar dinero, estar. Lo demás es francamente irrelevante.

–Laura se ha vuelto todo para sus hijos y lo ha hecho bien, pero aún no ha logrado encontrar el balance para su vida personal. No se da cuenta de que compromete a sus hijos a nunca dejarla y a sentirse obligados a protegerla para siempre.

Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa.
Conferencista en temas de salud mental.

​Correo: valevillag@gmail.com

Twitter: @valevillag