Opinión

17 horas, 17 rehenes

La pacífica y espectacular Sydney, Australia, fue la ciudad en que un nuevo episodio que vincula al extremismo religioso de origen islámico, provocó la movilización de fuerzas policíacas y de seguridad en una alerta totalmente inusual. Un hombre vestido a la usanza de los líderes religiosos del islam, tomó el control de un céntrico café en Sydney y mantuvo a 17 personas como rehenes.

No estaban claras sus demandas ni sus peticiones. No pidió hablar con nadie, simplemente quería, al parecer, difundir un mensaje. Hizo colgar en el ventanal de la cafetería una manta negra con la frase en árabe “No hay otro Dios que Alá, Mahoma es el mensajero de Alá” que por cierto es la misma frase que aparece en la bandera de Arabia Saudita pero sobre un tono verde, mientras que aquí era en negro, justo como la usa la organización terrorista Estado Islámico.

El episodio terminó con un operativo de rescate estilo SWAT, que irrumpió en el local comercial para contener al atacante. Hasta ese momento no tenían certeza de si se trataba de un hombre sólo o de un comando, pero el incidente concluyó 17 horas después con el saldo de tres personas muertas, entre ellas el propio secuestrador.

La policía australiana informó que el hombre en cuestión era un clérigo nacido en Irán, quien solicitó y obtuvo asilo político en Australia en 1996 y que desde entonces ya había tenido incidentes con la justicia. Estaba en libertad condicional por diversos delitos; fue acusado de enviar cartas a familiares de militares australianos muertos en Irak además de ser investigado por la muerte de su exesposa. Man Haron Monis parecía un hombre dominado por la ideología y el extremismo islámico, simpatizante de la organización terrorista Estado Islámico y con una fuerte carga religiosa.

Se trata tal vez del primer incidente de este perfil en la historia de Australia, pero ciertamente dejó un precedente que ahora afectará a una pequeña comunidad musulmana en ese país.

Monis era un clérigo iraní, usaba turbante y túnica, daba clases, parecía normal hasta que sus puntos de vista lo convirtieron en un extremista. El precedente jurídico que deja el caso es la complicación para otros inmigrantes o residentes islámicos en Australia y, potencialmente, en el mundo occidental.

A partir de ahora, el gobierno de ese país revisará con mucho cuidado su política para aceptar y recibir ciudadanos de origen islámico, de comprobar o verificar si tienen algún pasado militante o de extremismo religioso. Serán más estrictos al aceptar visitantes de aquellos países y seguramente mucho más rígidos o cero tolerantes a recibir asilados o residentes de esa cultura o región del mundo.

El clérigo Monis tenía un largo historial con la policía, detenciones, arrestos, faltas menores y una investigación relacionada con la muerte de su exesposa.

No se trata de un extremista islámico clásico, entrenado, con aparato ideológico de por medio, con conocimiento en ataques, atentados, armas y explosivos. Era un clérigo en el extranjero desde hacía 18 años, lejano a la militancia, al activismo islamista.

Y como ha sucedido en cantidades no menores en el último año, practicantes religiosos y seguidores del islam en distintas partes del mundo, se han convertido en simpatizantes del Estado Islámico, la organización terrorista más violenta, agresiva, multinacional y conflictiva en el planeta.

Luces de alerta activadas en países europeos, Estados Unidos y Canadá quienes participaron en alguna de las diferentes incursiones militares en Irak, Afganistán o el Golfo Pérsico.

Pero también aquellos países que cuentan con minorías practicantes del islam. El caso de Sydney demuestra que un extremista puede surgir de cualquier parte.

Twitter: @LKourchenko