Opinión

14 casi 15

Para Serge I Zaittzef, in memoriam.

En una de mis tertulias, la más politizada, saltó la libre de que pronto se cumplirán tres lustros de aquel año electoral de 2000 que tantas -y ahora que se piensa con perspectiva- e injustificadas esperanzas de renovación generó. Renovación si no de fondo (salvo superficialidades como la Declaración de los Derechos del Perro, seguimos siendo una sociedad conservadora ya racista), por lo menos del quehacer político.

Acepto que yo mismo, al calor de la fiesta electoral, deslicé un pronóstico cuyo fracaso me espanta.

El hecho es que el encumbramiento de una nueva clase política, nueva Clase Ociosa al decir de Vablen, fruto en no poca medida de la crítica de la pirámide de origen periodístico y académico, me obligaba a augurar su profesionalización. Y vaya emolumentos y subsidios.

Profesionalización bastante como para animar a las clases productivas a ocuparse, después de tantos años de distracciones políticas (desbarajuste con Echeverría, neo desbarajuste con López Portillo, inapetencia estatal con De la Madrid, delirio con Salinas, salida del paso con Zedillo urgido por acabar con el PRI), de lo suyo. Ocuparse de producir bajo la garantía de clara división del trabajo. Negociantes a los negocios, políticos a la política.

Y en verdad, no se trataba de unos cuantos compatriotas aquejados por el servicio público, Qué va. Sumaban legiones los que, pensé candoroso, se ocuparían de tiempo completo, ora de la administración pública, ya de la representación popular (nuestra única expresión democrática, tan falta de seguimiento: votar y ser votado y ahí nos vemos).

De esta visión optimista no se escapaba ni la alta burocracia electoral o fiscalizadora. Ni las decenas, no sé si llamarlos funcionarios públicos, de los organismos autónomos.

En verdad, ¡qué año aquel de 2000!

Recuérdelos usted

Nunca como antes, mientras en otras naciones crecía el desprestigio de la política, se había puesto aquí en los cuernos de la luna a los practicantes de la función pública subvencionada.

Ahora que no pasó mucho tiempo, recordaba yo en la tertulia, para que menudearan aquí y allá los baldes de agua fría.

Acalambrada que empezó por la contabilidad de los dineros puesto en juego durante la contienda electoral que llevó a Vicente Fox, lo sabremos después, a la condición de copresidente (pareja presidencial y eso).

Todos los dineros. Los subvencionados, los no autorizados y los de plano ilegales. Un verdadero enredo. Precampañas, cuasi campañas, campañas. Dineral incontrolado por todos lados. Jauja de anunciantes privados.

Sólo así empezó a tomar significado, atroz, los de las prerrogativas. Para algunos, falta de vergüenza de quien las otorga, el Estado mexicano, y de quien las recibe, los partidos políticos.

Para colmo, quedó claro de inmediato para el electorado, aquel que acudió copioso a las urnas, que nadir, del copresidente para abajo, estaba dispuesto, como convenía a los intereses nacionales, a colgar el traje de campaña electoral.

¡Ni por equivocación¡

De hecho, aún antes de la ingobernabilidad que se puso de moda ¡entre los gobernantes!, se empezó a hablar de un rechazo deliberado a la función de gobierno, de Estado, herencia maldita del delamadridismo.

Situación gravísima

Gravísima en tanto modificaba la naturaleza misma del sistema electoral: medio y no fin para legitimar la conducción autorizada y apta, política en suma, de la cosa pública. Municipal, delegacional, estatal, federal.

Como si los que estudiaron derecho, o cuando menos leyeron páginas de teoría política, le hicieran el fuchi, pese a recibir emolumentos originados en la recaudación fiscal, a los pilares del Estado nacional contemporáneo.

Soberanía. Máximo atributo no sujeto a negociación o concesiones en el marco de otras soberanías nacionales, base de la convivencia internacional.

Territorio. Domicilio de la identidad. Tampoco negociable. Y obligadamente vigilado por mar, tierra y aire (me han preguntado que a qué atribuyo el abandono de Palacio Nacional como domicilio legal e histórico del Ejecutivo federal, su conversión en la más neutral, inofensiva de las instituciones: el Museo, y respondo que a la pérdida se sentido, escrúpulo territorial).

Población. Máxima unión. Identidad mexicana. Al margen de colores, razas, signos ideológicos, fortunas, marcas de automóvil y colonias. Absurda, extraña. Irresponsablemente, los integrantes de esta nación tan rica y desigual, de una tradición y diversidad culturales, de gran arte y no menor artesanía, pasamos a dividirnos en función de las banderías políticas.

Hora del despotismo partidario

En vez de ideas públicas más allá de la alternancia (de la que no pasamos, ¿cuál transición?) asumidas práctica perversas.

Y le seguimos.