Opinión

12 de octubre sí se olvidó

“2 de octubre no se olvida”. Frase tan sobada como cierta. Ayer hubo miles de personas en las calles y en el Zócalo, sin duda coreándola, protestando contra una matanza que ocurrió hace 46 años. La tragedia va mucho más allá de los muertos: convirtió a México en rehén de una historia mitificada y selectiva que no permite desviaciones del guión. La paradoja de octubre 1968 es brutal: protestas de estudiantes universitarios, los hijos de una clase media naciente, destruyeron el potencial de un país pujante. Porque se olvida que 1968 fue uno de los muchos años de fuerte crecimiento económico, parte del llamado “milagro mexicano”.

Y hay otra fecha que sí se olvidó. Apenas 10 días más tarde, el 12 de octubre, se inauguraba la XIX Olimpiada. Cinco años antes la ciudad de México había vencido a Lyon, Detroit y Buenos Aires en la competencia por convertirse en sede olímpica. No fue la pasión deportiva del presidente López Mateos lo que logró la distinción. El Comité Olímpico Internacional no se basa en entusiasmos personales, sino hechos: las sedes olímpicas son para países desarrollados o con el claro potencial de serlo. Los Juegos anteriores (Tokio 1964) habían sido en la capital de un Japón que ya despuntaba, como lo harían posteriormente Corea del Sur (Seúl 1988) y China (Beijing 2008).

México es el único país que rompió esa promesa de pujanza económica. Serían dos, pero la Unión Soviética (Moscú 1980) ya no existe. El secretario de Gobernación en 1968 quedó marcado por el 2 de octubre. Ya presidente, Luis Echeverría inició una desastrosa búsqueda por la rápida redistribución de la riqueza. El país acabó endeudado, devaluado y con inflación. José López Portillo repitió la receta, agregando un combustible: petróleo. La mezcla fue ciertamente explosiva, una vez más, en deuda, devaluación e inflación. El resultado de largo plazo fue el antimilagro mexicano: 15 años (1982-97) en que el PIB per cápita creció un promedio de cero.

La sombra de Tlatelolco es muy larga. Hoy los funcionarios públicos se regodean en que no “reprimen” ni con el pétalo de una rosa. Bastan pocas decenas de manifestantes para tomar una avenida y estrangular las arterias centrales de una ciudad. Los reprimidos son otros: los miles atrapados en sus coches o transporte público, aquellos que optaron por mejor cerrar sus negocios o permanecer en sus casas.

Esto es una herencia de 1968, es la libertad prácticamente absoluta para que unos cuantos puedan convertir una vía pública en espacio privado, en valiosa moneda de cambio para demandar aquello que contenga el pliego petitorio del momento. El gobernante de turno presumirá que los manifestantes tienen todo su respeto, cuando su acción debió ser muy diferente. No se trata de responder con balas o toletes, sino con una estricta regulación que permita que un espacio de uso público se mantenga como tal.

En nueve días nadie se acordará de ese México que desplegó de manera impresionante su potencial hace 46 años. Y nadie lo hará porque también murió.

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