Opinión

11 personas remuneradas para aprender una frase, 2001, Santiago Sierra

 
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11 personas remuneradas para aprender una frase, 2001, Santiago Sierra

A siete años de la rebelión zapatista en las cañadas de Ocosingo y San Cristóbal de las Casas, Chiapas –encabezada por el subcomandante Marcos, hoy subcomandante Galeano–, 11 mujeres tzotziles de ese mismo estado, sin conocimiento alguno de la lengua española, fueron contratadas en la Casa de la Cultura de Zinacantán para repetir una frase: “Estoy siendo remunerada para decir algo cuyo significado ignoro”. Cada una de ellas cobró 20 pesos por aprender y repetir esta línea ante una cámara de video.

Ese mismo año, desde la tribuna de la Cámara de Diputados, se oía: “Hola, soy Esther, pero eso no importa ahora. Soy zapatista, pero eso tampoco importa en este momento. Soy indígena y soy mujer, y eso es lo único que importa ahora”.

Esther no sólo tuvo que aprender nuestro idioma para poder comunicarse con nosotros, con el país, con el poder y con los políticos que determinan las leyes que rigen su vida; también tuvo que aprender viejas técnicas de combate clandestino en un desesperado intento por no quedar en el olvido, y tender puentes entre el México al que ella pertenece y éste al que nosotros pertenecemos. Los indígenas han tenido que intentar cruzar esta abismal frontera, quisiéramos pensar que “ellos somos todos”, pero, como la pieza de Santiago Sierra pone al desnudo, ellos no somos todos, ellos están sumidos en la miseria y el olvido, y nosotros somos nosotros y hablamos sobre arte contemporáneo.

Veintitrés años después del levantamiento zapatista, en una coyuntura política de lo más deplorable (por no decir asquerosa), el Congreso Nacional Indígena (CNI), que fue creado en 1996 con los Acuerdos de San Andrés, reunió este fin de semana a más de 840 delegados que representan a más de 60 pueblos de todo el país y anunció la postulación de María de Jesús Patricio -curandera, de la comunidad nahua de Tuxpan, Jalisco- como candidata independiente para las elecciones de 2018.

Algo en la postulación de una mujer indígena para la presidencia del país contiene un gesto del arte de Sierra, nos devela que México es sexista, racista y clasista, y el hecho de que Marichuy sea curandera nos hace también un poco enfermos: evidencia una fractura en nuestra sique nacional, la de odiar a las mujeres y a los indígenas, de quienes procedemos.

Hace unos años fui invitada por un grupo de mujeres que se autodenominan feministas. A la hora de presentarse y decir cómo habíamos llegado ahí, a casi todas, de una manera u otra, nos habían marcado los sucesos del 1 de enero de 1994; había sido un parte aguas en nuestra conciencia y seguía resonando en nuestras mentes palabras como: montaña, sureste, clandestino, ejercito, comité, revolucionario, indígena, liberación...

Y partes de textos de un lenguaje que surgía en ese momento: “Hasta el día de hoy, 18 de enero de 1994, sólo hemos tenido conocimiento dela formalización del ‘perdón’ que ofrece el gobierno federal a nuestras fuerzas. ¿Quién tiene que pedir perdón y quién puede otorgarlo? ¿Los que, durante años y años, se sentaron ante una mesa llena y se saciaron mientras con nosotros se sentaba la muerte, tan cotidiana, tan nuestra que acabamos por dejar detenerle miedo? ¿Los que nos llenaron las bolsas y el alma de declaraciones y promesas? ¿Los muertos, nuestros muertos, tan mortalmente muertos de muerte 'natural', es decir, de sarampión, tosferina, dengue, cólera, tifoidea, mononucleosis, tétanos, pulmonía, paludismo y otras lindezas gastrointestinales y pulmonares? ¿Nuestros muertos, tan mayoritariamente muertos, tan democráticamente muertos de pena porque nadie hacía nada, porque todos los muertos, nuestros muertos, se iban así nomás, sin que nadie llevara la cuenta, sin que nadie dijera, por fin, el ‘¡YA BASTA!’ que devolviera a esas muertes su sentido, sin que nadie pidiera a los muertos de siempre, nuestros muertos, que regresaran a morir otra vez, pero ahora para vivir? ¿Los que nos negaron el derecho y don de nuestras gentes de gobernar y gobernarnos? ¿Los que negaron el respeto a nuestra costumbre, a nuestro color, a nuestra lengua? ¿Los que nos tratan como extranjeros en nuestra propia tierra y nos piden papeles y obediencia a una ley cuya existencia y justeza ignoramos? ¿Los que nos torturaron, apresaron, asesinaron y desaparecieron por el grave ‘delito’ de querer un pedazo de tierra, no un pedazo grande, no un pedazo chico, sólo un pedazo al que se le pudiera sacar algo para completar el estómago?

¿Quién tiene que pedir perdón y quién puede otorgarlo?”.

Todas estas palabras mantienen un significado difícil de silenciar en nuestro cuerpo, en nuestros ojos, en nuestras manos. El zapatismo introdujo una noción de justicia que se instauró en nosotras, y que sea una mujer la candidata, que existan Estheres, Carolinas, Marychuis y tantísimas otras nos muestra, en contra de toda evidencia, que un mejor país es posible.

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