Opinión

11/8, la otra elección

  
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Algunos ciudadanos salieron a las calles a manifestarse a favor de la legalización de la mariguana en distintos estados. (Reuters)

A contracorriente del tsunami conservador del 11/8, en cuatro estados se aprobó el consumo personal de mariguana. California, Nevada, Massachusetts y Maine se sumaron a Alaska, Washington, Colorado y Oregon, que ya la habían legalizado. De ese modo, toda la costa oeste de Estados Unidos (EU) ha optado por permitir el consumo lúdico de la cannabis.

La importancia de California y el peso que tendrá en el proceso de legalización es evidente. Se trata de la sexta economía del mundo, por encima de Francia, con una población de 39 millones y con una de las tasas de crecimiento más altas de EU.

El caso California, además, es particularmente ilustrativo de la evolución ciudadana sobre este tema. En 1972 hubo un plebiscito sobre la mariguana que registró 66.5 por ciento en contra, pero en 2010 el nivel de rechazo había caído a 53.5 por ciento. Este dato y la reciente aprobación confirman que la tendencia hacia la legalización del consumo personal es irreversible y se ha acelerado.

Una de las paradojas de la campaña presidencial fue que Clinton ganó ampliamente California, donde ahora hay una gran inconformidad con la victoria de Trump, al grado de que se habla de un Calexit –en alusión al Brexit–, pero la candidata demócrata mantuvo una posición conservadora frente a cualquier forma de legalización de la cannabis.

De hecho, Trump adoptó una posición mucho más flexible al afirmar que la legalización debería resolverse en cada uno de los estados, lo que no lo sitúa lejos de la tolerancia que el gobierno de Obama adoptó desde que Colorado y Washington legalizaron el consumo personal en 2012.

Sin embargo, ahora que Trump está integrando su gobierno con personajes como Stephen Bannon y Jeff Sessions, que ocupará el puesto de fiscal general, la gran pregunta es qué criterio prevalecerá finalmente: ¿el pragmatismo del presidente o el rechazo abierto de los conservadores?, que puede sintetizarse en una frase del nuevo procurador: “la gente buena no fuma mota”.

A ello se suma el hecho de que Trump tendrá la facultad de proponer al nuevo ministro de la Suprema Corte de Justicia, imprimiéndole un perfil netamente conservador. De manera tal, que si en el futuro la Casa Blanca decide enfrentar abiertamente a los estados donde la mariguana ha sido legalizada, se podría generar un conflicto entre los órdenes locales y el federal que debería ser resuelto por la Corte. De presentarse el caso, es obvio que los pronósticos serían favorables para quienes pretenden detener cualquier forma de legalización.

No hay duda de que los resultados del 8/11 marcan un punto de inflexión en el proceso de legalización. La cuestión estaba y está perfectamente clara en la mente de los impulsores de la consulta 64. Gavin Newsom, vicegobernador de California y exalcalde de San Francisco, lo sintetizó en dos frases: a) “Si tenemos éxito, es el comienzo del fin de la guerra contra la mariguana”; b) “Si California se mueve, pondrá más presión en México y América Latina para reactivar un debate sobre legalización”.

Pero sería ingenuo suponer que sólo los impulsores de la consulta 64 entienden que estamos en un punto de quiebre. Tal vez la única cuestión en que los conservadores están de acuerdo con los liberales es en ese diagnóstico. Por eso se avecina, sin duda alguna, un enfrentamiento abierto. Es ahora o nunca. Los conservadores no se han movido un ápice desde que Nixon declaró la guerra a las drogas y Reagan la profundizó.

Así que la polarización que está viviendo EU, y que se ha agudizado después de la victoria de Trump, tendrá uno de sus campos de batalla decisivos en la cuestión de la mariguana. Pero ahí el balance para los republicanos no es favorable por dos razones: primero, porque el proceso de legalización va muy avanzado y se trata ya de un negocio de dimensiones considerables; y segundo, porque Gallup registró –en octubre– que 60 por ciento de la población nacional es favorable a la legalización, pero esa tasa sube a 77 por ciento entre los más jóvenes (18-34 años).

Sin embargo, aunque la guerra en el largo plazo está definida, los conservadores bien podrían ganar a troche y moche la próxima batalla.

Trump será un factor clave para el desenlace de esa inminente disputa.

Twitter: @SANCHEZSUSARREY

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