Opinión

100 años después

 
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100 años después.

En estos días de tianguis del arte, de desaforo en los pasillos de estos malls, de pasión entre el arte y la compra–venta, de devociones en las capillas de la especulación, me acuerdo, de pronto, que el famoso mingitorio de Duchamp cumple 100 años de edad. Marcel Duchamp es considerado el artista más influyente en el desarrollo del arte en el siglo XX y se le atribuye la paternidad de los Ready Made, instalaciones de objetos anodinos manufacturados para otros propósitos. El Ready Made es definido en el diccionario surrealista de Paul Éluard y André Breton como “un objeto ordinario elevado a la categoría de objeto de arte por la simple elección del artista”. Estos objetos buscaban desafiar lo que Duchamp calificó como el arte retinal, que era un forma de llamar al arte decorativo, pero sobre todo eran objetos elegidos desde la ironía (que Duchamp llamó metaironía para exponenciar el concepto) y que cuestionaban de forma directa preceptos de la burguesía que hacen del arte una experiencia agradable, de las obras objetos coleccionables, y que le atribuyen a los artistas una conciencia, una subjetividad y un talento determinado, lo que es una falacia. Los Ready Made más famosos de Duchamp son Bicycle Wheel (1912), la parte delantera de una bicicleta que el artista colocó, invertida, sobre un taburete; Fountain (1917), el famoso mingitorio de porcelana que se volvió un ícono del arte, o L.H.O.O.Q. (1919), la reproducción barata en blanco y negro de La Mona Lisa, de Leonardo da Vinci, a la que Duchamp le pintó unos bigotes y barba.

El buen gusto ha sido desde siempre considerado como un enemigo de la creación artística. Como dice Duchamp, “el arte, o es un plagio, o una revolución”, y necesita romper con lo estéticamente placentero, con lo comercial, y avanza únicamente cuando se opone a las convenciones, aunque irónicamente más tarde sea adoptado como norma por la sociedad, y se conviertan a su vez en el parámetro a superar. Marcel Duchamp, quien ponía al centro de la experiencia artística a los artistas, declaró, sabia y humildemente, en 1920 que se le habían terminado las ideas y se puso a jugar ajedrez.

Como nos muestra Duchamp, el mundo de las ideas es una rueda que gira y, hoy en día, sus críticas, que tienen más de un siglo de vida, me parecen todavía más válidas, por el asedio del mercado y porque muchos artistas han incorporado sus ideas a la práctica de un arte complaciente, comercial, y repetitivo. Artistas reconocidos, adulados, admirados, se comportan menos como pensadores que como empresarios, con asistentes que trabajan en las maquilas que crean ad infinitum la misma obra con la que especulan, y con la que –además– critican ingenuamente al mundo del mercado, en una especie de metacinismo que parodia las ideas que los ponen en duda. Siguen el agotador circuito de las bienales, de las ferias, en donde abastecen la carne de cañón a sus galerías para que políticos y oligarcas laven dinero, evadan impuestos, aseguren pesos, rublos y francos, y en el mejor de los casos, sus obras terminen en la pared del baño de su yate.

“El arte no es lo que ves, el arte es la fisura”, decía Duchamp, y los Ready Made no eran objetos elegidos al azar, son ideas, un limbo de la reflexión donde el arte oscila entre su negación y su afirmación, pero donde puede renovarse y renovarse. Tal vez una partida de ajedrez le vendría bien a esos artistas que, a falta de ideas nuevas, se proponen agredir al arte mismo con sus creaciones.

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