New York Times Syndicate

Vivir el sueño de Brasil, luego sufrir un defecto de nacimiento y la pobreza

Esta pareja disfrutaba de una linda vida en Brasil, pero en el periodo de unas cuantas semanas, todo el panorama de sus vidas había cambiado. El Zika, la microcefalia, el desempleo trastornaron sus sueños.
New York Times Syndicate
24 marzo 2016 18:21 Última actualización 25 marzo 2016 5:0
microcefalia

microcefalia (NYT)

Eran jóvenes y disfrutaban la versión de Brasil del sueño americano: comprando un auto, uniéndose a la iglesia, empezando una familia.

Con millones de personas más, habían ascendido a la creciente clase media del país. Incluso se habían mudado a California, un barrio de gente trabajadora que había dejado la gran y empobrecida ciudad cercana.

“Era ese momento mágico en que todo parecía posible”, dijo Germana Soares, de 24 años de edad.

Luego, en el sexto mes de embarazo de Soares, la pareja descubrió cuán rápidamente podía cambiar su fortuna, como la de su nación. Un examen de rutina mostró que su hijo pesaba mucho menos de lo que debería. A los médicos les preocupaba que él, como cientos de otros bebés brasileños nacidos en los meses recientes, tuviera microcefalia, un padecimiento incurable en el cual los bebés tienen cabezas anormalmente pequeñas.

Los médicos la bombardearon con preguntas sobre el virus del Zika, el cual había contraído al inicio de su embarazo. Su esposo, Glecion Amorim, rápidamente cayó en una espiral de preocupación. Soares puso al mal tiempo buena cara y rezó, tratando de mantenerse positiva.

Luego otro golpe: Amorim, un soldador que se beneficiaba del ascenso de Brasil a las grandes ligas de los productores petroleros mundiales, fue despedido con cientos de personas más. El enorme astillero donde construía barcos petroleros se tambaleaba junto con la industria petrolera plagada de escándalos de Brasil.

En el periodo de unas cuantas semanas, todo el panorama de sus vidas había cambiado. Todas las corrientes cruzadas que castigaban a Brasil -la corrupción, la peor crisis económica del país en décadas, la caída de millones de personas de la clase media en la pobreza, la epidemia del Zika y el aumento de los casos de microcefalia que afectaba al noreste- repentinamente azotaron la puerta de su casa de dos recámaras.

“Yo pensaba que sería maravilloso conocer Hawái”, dijo Soares, enumerando una lista de sueños que la pareja se había trazado, hasta recientemente. “Todos esos grandes planes están en el pasado. Mi prioridad tiene que ser atender a mi niño especial”.

Su lucha ofrece un pequeño vistazo a las miles de familias brasileñas que ahora enfrentan la perspectiva de criar a un niño discapacitado en la pobreza luego de la epidemia del Zika.

Los investigadores aún no pueden decir con certeza si el virus causa microcefalia en los infantes, pero al menos 641 bebés brasileños han nacido con el padecimiento desde octubre -un aumento significativo detectado por los médicos en los últimos meses- y las autoridades están investigando 4 mil 222 casos más, en gran medida aquí, en el empobrecido noreste del país.

Seguridad recién encontrada

Soares y Amorim pensaban que habían escapado finalmente de las penurias de la vida en el cercano Recife cuando se mudaron a California a principios de la década. Esos eran los años del auge, cuando decenas de miles de trabajadores se arremolinaron en el Puerto de Suape, un extenso sitio industrial construido para ayudar a impulsar a Brasil hacia las filas de élite de las naciones productoras de petróleo del mundo.

Enormes descubrimientos petroleros en lo profundo del mar y la apertura de una nueva frontera agrícola a orillas del bosque tropical amazónico habían catapultado a Brasil al escenario mundial, posicionándolo para satisfacer la demanda de materias primas originada en China. Funcionarios brasileños construyeron canales de concreto en el interior afectado por la sequía, líneas de ferrocarril que cruzaban el interior y espléndidos estadios para la Copa Mundial de futbol.

La demanda de trabajadores era tan intensa que los patrones de Amorim le ofrecieron una casa de dos recámaras, una de casi 800 diseñadas de manera casi idéntica en esa ciudad industrial.

“En cierto momento, había miles de autobuses al día aquí transportando trabajadores”, dijo Aldo Amaral, de 44 años de edad, el presidente del sindicato que representa a los trabajadores en el complejo portuario. “Era un auge que se suponía duraría décadas”.

Soares y Amorim lo abrazaron por completo.

“Incluso teníamos un seguro de salud que nos daba acceso a hospitales privados”, dijo Soares, lamentando su dependencia actual del sistema de salud pública de Brasil. “Era el momento perfecto para que tuviéramos un bebé”.

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Un golpe repentino

Entusiasmada cuando Soares quedó embarazada, la pareja celebró una “chá de revelação”, una fiesta para revelar el sexo del bebé, y anunció a familiares y amigos que esperaban un varón. Trataron de mantenerse esperanzados incluso después de que los médicos plantearon la posibilidad durante el embarazo de Soares de que su hijo podría tener microcefalia. Pensaban abrir una tienda para vender ropa de bebé con el modesto paquete de liquidación que Amorim había recibido después de perder su empleo en el astillero.

microcefalia

Luego, el 27 de noviembre, nació Guilherme. Al principio, los médicos dijeron que el bebé parecía estar bien. La noticia provocó lágrimas de alegría entre los familiares que estaban en la sala de espera.

Pero una enfermera regresó con una actualización. Algo pareció estar mal cuando midieron la cabeza de Guilherme. La circunferencia era de 32 centímetros, el umbral para la clasificación de la microcefalia en ese tiempo. El silencio se apoderó de la habitación del hospital mientras los familiares tecleaban cuidadosamente la palabra “microcefalia” en los motores de búsqueda de sus smartphones.

“Escuché el número 32 y empecé a llorar”, dijo Amorim.

Los médicos mantuvieron a Soares y Guilherme hospitalizados durante una semana mientras realizaban pruebas. Los escaneos confirmaron que Guilherme tenía daño cerebral asociado con la microcefalia.

El golpe condujo a la pareja a reconsiderarlo todo. Soares había estado tan optimista después de enterarse de que estaba embarazada que dejó su empleo como agente de bienes raíces, y planeaba dedicarse más bien a criar a su hijo con el salario de su marido. Pero después de que él perdió su empleo, los dos se encontraron en el torbellino de la crisis económica de Brasil.

Amorim invirtió en algo asequible: un vehículo para transitar en la arena. Cada día, conduce hasta Porto de Galinhas, un área cercana de hoteles turísticos donde trata de atraer a los vacacionistas para hacer recorridos por la playa. En un buen mes, gana unos 625 dólares. En conjunto, dijo, la familia tendrá suerte si su ingreso anual alcanza los 7 mil dólares.

“Tengo que mantener la sonrisa en el rostro y ser amigable pese a todos los pensamientos que se arremolinan en mi mente”, dijo Amorim. “Soy el único que ahora gana dinero, y es mi responsabilidad llevar comida a nuestra mesa todos los días”.

Soares dijo que se estaba dando cuenta lentamente de que nunca podría tener un empleo regular de nuevo, dado el tiempo que se necesita para atender a los niños con microcefalia, quienes a menudo desarrollan problemas como impedimentos del habla, pérdida auditiva y retrasos del aprendizaje. Guilherme, dijo, ya ha empezado a tener espasmos musculares, los cuales, según dicen los médicos, son un indicador de convulsiones posteriormente en la vida.

“Llora tanto y necesita tanto amor que simplemente no puedo dejarlo con alguien”, dijo.

Amorim dice que está demasiado ocupado tratando de ganar el sustento para detenerse a pensar en su mala fortuna. Cuando llega a casa del trabajo, navega en internet en busca de empleos de soldador, preguntándose si tiene caso postularse para vacantes en el distante Mozambique, un país de habla portuguesa en el sur de África.

Pese a los resultados de docenas de pruebas médicas, él dijo que aún tenía esperanza de que Guilherme no tenga microcefalia, señalando que la circunferencia de su cabeza está en el límite superior del rango de ese padecimiento.

“No es que no lo acepte”, dijo. “Pero, en mi mente, él es normal”.

Mientras se adapta a los desafíos y los costos de criar a Guilherme, la pareja también está tratando de evitar el desahucio. El astillero está tratando de recuperar su casa sobre la base de que Amorim no trabajó el tiempo suficiente para merecer la plena propiedad del inmueble. La pareja se ha unido a docenas de otras familias en una demanda, afirmando que las leyes inmobiliarias de Brasil les permiten quedarse en sus casas.

Desde su pórtico, Soares y Amorim pueden ver la luz parpadeante del quemador de la refinería petrolera en el Puerto de Suape cuya construcción costó casi 20 mil millones de dólares, unas ocho veces las estimaciones originales. Como tantos otros proyectos ambiciosos comenzados durante el auge, nunca fue completada.

El astillero adyacente a ella, donde Amorim trabajó, pasa apuros para evitar el colapso. Sus dueños están luchando con los escándalos de sobornos y el desplome de la industria petrolera de Brasil.

“Es como si estuviéramos varados aquí”, dijo Amorim. “Nunca soñé con que esta fuera la vida en que nacería Guilherme”.

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