New York Times Syndicate

Venezolanos hambrientos huyen en barcos para escapar del colapso económico

Más de 150 mil venezolanos han huido del país solo en el último año, el número más alto en más de una década, según expertos que estudian el éxodo; desesperados están cruzando la Cuenca del Amazonas por decenas de miles para llegar a Brasil.
Nicholas Casey
02 diciembre 2016 15:21 Última actualización 03 diciembre 2016 5:0
Venezuela

Los venezolanos se embarcan y hasta pagan por llegar a lugares que les garanticen trabajo y alimentos. (NYT)

WILLEMSTAD, Curazao.-  Los contornos oscuros de la tierra acababan de ponerse a la vista cuando el contrabandista forzó a todos a lanzarse al mar.

Roymar Bello gritó. Era una de los 17 pasajeros que había subido al sobrecargado barco de pesca con motores viejos en julio, con la esperanza de escapar del desastre económico de Venezuela en busca de una nueva vida en la isla caribeña de Curazao.

Temeroso de las autoridades, el contrabandista se negó a atracar. Ordenó a Bello y los demás que se lanzaran al agua, apuntando hacia la costa distante. En medio del pánico, ella fue empujada sobre la borda, cayendo a la oscuridad previa al amanecer.

Pero Bello no sabía nadar.

Cuando empezó a hundirse bajo las olas, otro migrante la tomó del cabello y la arrastró hacia la isla. Encallaron en un arrecife rocoso golpeado por las olas. Con raspones y sangrando, treparon, orando por encontrar un salvavidas: empleos, dinero, algo que comer.

“Valió la pena el riesgo”, dijo Bello, de 30 años de edad, y añadió que los venezolanos como ella, “vamos tras una cosa: comida”.

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Venezuela

Venezuela fue alguna vez uno de los países más ricos de Latinoamérica, con abundante riqueza petrolera que atraía a migrantes de lugares tan variados como Europa y el Medio Oriente.

Pero después de que el presidente Hugo Chávez prometió acabar con la élite económica del país y redistribuir la riqueza a los pobres, los ricos y la clase media huyeron en tropel a países más acogedores, creando lo que los demógrafos describen como la primera diáspora de Venezuela.

Ahora, está en marcha una segunda diáspora; mucho menos rica y no tan bienvenida.

Más de 150 mil venezolanos han huido del país solo en el último año, el número más alto en más de una década, según expertos que estudian el éxodo.

Y mientras la revolución de inspiración socialista de Chávez colapsa en la ruina económica, a medida que los alimentos y las medicinas quedan cada vez más fuera del alcance, los nuevos migrantes incluyen a las mismas personas pobres a las que se supone que ayudarían las políticas de Venezuela.

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“Hemos visto una gran aceleración”, dijo Tomás Páez, un profesor que estudia la inmigración en la Universidad Central de Venezuela. Afirma que unos 200 mil venezolanos han partido en los últimos 18 meses, impulsados por lo cada vez más difícil que es conseguir comida, trabajo y medicinas; por no mencionar la delincuencia que ha crecido precisamente por esas escaseces.

“Los padres dicen: prefiero despedir a mi hijo en el aeropuerto que en el cementerio”, afirmó.

Los venezolanos desesperados están cruzando la Cuenca del Amazonas por decenas de miles para llegar a Brasil. Están urdiendo elaboradas historias fraudulentas para pasar por los aeropuertos en naciones caribeñas que antes los aceptaban libremente. Cuando Venezuela abrió su frontera con Colombia durante solo dos días en julio, 120 mil personas la cruzaron, simplemente para comprar comida, dijeron funcionarios. Un número desconocido no volvió.

Pero quizá causan más asombro los venezolanos que huyen por mar, una imagen tan simbólica de las peligrosas travesías para escapar de Cuba o Haití; pero no de la Venezuela rica en petróleo.

“Todo ha cambiado totalmente”, dijo Iván de la Vega, un sociólogo de la Universidad Simón Bolívar en Caracas. Un 60 por ciento más venezolanos huyeron del país este año que durante el año anterior, añadió.

“Los ingresos de estas personas son bajos”, dijo De la Vega de los migrantes recientes. “La única opción que les queda son los países cercanos, a los que pueden llegar a pie, o en balsas, o yendo en barcos con motores diminutos”.

La inflación alcanzará casi el 500 por ciento este año y la escandalosa cifra de mil 600 por ciento el año próximo, según estima el Fondo Monetario Internacional, reduciendo a añicos los salarios y creando una nueva clase de venezolanos pobres que han abandonado sus carreras profesionales para llevar vidas precarias en el extranjero.

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“Estamos al inicio de una crisis humanitaria sin precedentes en esta parte del Amazonas”, dijo el coronel Edvaldo Amaral, el jefe de defensa civil del Estado. “Ya estamos viendo a abogados venezolanos trabajando como cajeros de supermercados, a mujeres venezolanas que recurren a la prostitución, venezolanos indígenas que mendigan en las intersecciones de tráfico”.

Algunos están pagando a los contrabandistas más de mil dólares por persona para llegar a ciudades como Manaos y Sao Paulo, dicen funcionarios, mientras que otros simplemente se las ingenian para cruzar la frontera hacia Brasil. En Pacaraima, una pequeña localidad fronteriza brasileña, cientos de niños venezolanos están ahora inscritos en escuelas locales y familias enteras duermen en las calles de la ciudad.

“Es difícil ver una solución a este problema porque el hambre está involucrada”, dijo el alcalde, Altemir Campos. “Venezuela no tiene suficiente comida para su pueblo, así que algunos están viniendo aquí”.

Las pequeñas islas caribeñas vecinas de Venezuela son mucho menos hospitalarias, y dicen que simplemente no pueden absorber la oleada. Las más cercanas a la costa de Venezuela, Aruba y Curazao, efectivamente han sellado sus fronteras a los venezolanos pobres desde el año pasado haciéndoles mostrar mil dólares en efectivo antes de entrar; el equivalente a más de cinco años de ingresos en un empleo con salario mínimo.

Ambos países han incrementado los patrullajes y las deportaciones, y Aruba incluso ha dedicado un estadio a dar cabida a unos 500 migrantes venezolanos después de que son atrapados, según las autoridades.

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Es un cambio drástico de la fortuna para los venezolanos, quienes alguna vez iban a Curazao a gastar dinero como turistas, no a rogar por un empleo.

“Todos dicen: ‘Eres de Venezuela. Eres de un país rico que tiene todo’”, dijo Bello de sus encuentros en la isla. “Y yo les digo: ‘Ya no’”.

_ Al otro lado de mares y fronteras

La travesía hacia Curazao los lleva a cruzar 97 kilómetros llenos de oleaje agotador, pandillas de bandidos armados y embarcaciones de la guardia costera que esperan capturar a los migrantes y enviarlos de vuelta.

Luego, después de ser arrojados sobre la borda y dejados a su suerte para que naden hasta la orilla, se ocultan en la maleza para reunirse con contactos que los animen a incorporarse a la economía turística de esta isla caribeña. Limpian los pisos de restaurantes, venden chucherías en las calles, o incluso ofrecen sexo a los turistas holandeses, forzados por los contrabandistas a pagar su pasaje trabajando en un burdel, dicen las autoridades en Curazao.

Incontables familias en Venezuela están como los Bello ahora. Incapaces de hacer más de una comida al día, se dispersan a través de los mares y las fronteras.

El hermano de Bello, Rolando, trabaja en la construcción en Curazao y su esposa se le unió recientemente, dejando a su hija de siete años con familiares en su país. Un tío no tuvo tanta suerte: está en una prisión de Curazao, acusado de contrabandear a migrantes como sus parientes.

Luego está Wilfredo Hidalgo, el primo de 27 años de edad de Roymar Bello, quien estudió administración de empresas en Venezuela pero nunca encontró empleo. Hace dos años, fue deportado de Curazao después de venir por avión. Ahora está tratando de regresar por barco, tras ahorrar la mitad de los 350 dólares que necesita para pagar a los contrabandistas.

“¿Qué podemos hacer?”, dijo.

También está el hermano de Roymar Bello, Roger, cuya novia de 19 años de edad, Yaisbel, está embarazada de seis meses. Él también dijo que iría a Curazao para sostener a su hijo. Yaisbel dijo que se quedaría pero tomaría un préstamo de los contrabandistas para pagar la travesía de su novio, usando la casa de su madre como garantía. Con suerte, dijo, su madre nunca lo descubriría.

“Solo estoy viendo su vientre”, dijo Roger Bello. “Antes de que el niño esté aquí, yo estaré en Curazao”.

Y, finalmente, está la madre de Roymar Bello, María Piñero, quien había dado a su hija un chaleco salvavidas justo antes de partir, a sabiendas de que no sabía nadar. Pero el contrabandista se lo arrebató a su hija justo antes de arrojarla al mar, diciendo que el oleaje era tan alto que era mejor que nadara bajo las olas.

Ahora, pese a la odisea de Roymar Bello, su madre prometió hacer el recorrido en barco también.

“Estoy nerviosa”, empezó. “Me voy sin nada. Pero tengo que hacerlo. De otro modo, simplemente moriremos aquí de hambre”.

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