New York Times Syndicate

Buzos arponeros atrapan su cena en Nueva York

Para el ruso Yuri Krainov, pescar es una de las actividades que disfruta. En las frías aguas de las costas de Nueva York, se enfunda en un traje de neopreno y con un arpón se lanza al agua, para segundos después salir con una merluza.
Benjamin Mueller
12 septiembre 2014 17:18 Última actualización 14 septiembre 2014 5:0
Buzo

Para Yuri Krainov la pesca le apasiona, pero desdeña las cañas de pescar; el traje de buzo y un arpón le acompañan en las profundidades. (NYT)

NUEVA YORK. A bordo de una embarcación conocida como Spearboat, una tarde de lunes, el chirriar de unas aletas de hule sobre el piso de fibra de vidrio, se mezclaba con el resuello de los buzos que tomaban grande bocanadas de aire.

Manos bronceadas frotaban acondicionador para cabello diluido dentro de trajes de neopreno. El capitán, un inflexible inmigrante ruso, llamado Yuri Krainov, con los ojos marcados por las líneas de los anteojos, apagó el motor dirigiéndose hacia el sitio sobre el arrecife artificial Rockaway, en aguas cercanas a Breezy Point.

Especialmente en los meses del verano, las aguas neoyorquinas son imán para los pescadores, que se juntan en los muelles o salen en botes de pesca recreativa y esperan el jalón en el sedal, con la camaradería alimentada por las cervezas y los cigarrillos. Sin embargo, los hombres a bordo del Spearboat desdeñan la caña de pescar y prefieren ir bajo el agua, usando pulmones y arpones de banda de hule.

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“Puedes decir que te sientes libre – absolutamente libre – cuando buceas”, dijo Krainov, de 50 años, con acento ruso gutural. “Por naturaleza, por reflejo, tu mente se aclara de los problemas”. Envueltos por nubes de huevos de medusas y cieno, los buzos no tienen otra opción más que concentrares en la búsqueda.

Sin embargo, antes de que el mar se cierre sobre ellos, los arponeros se unen en un segundo pasatiempo favorito: hablar sobre lo maravillosa que es el agua en todas partes, menos en la Ciudad de Nueva York. Hubo una competición en el Caribe, en la que Krainov, sin la traba de la claustrofobia inducida por la turbiedad, se sumergió a una profundidad de 60 metros.

Estaban los años de infancia, cuando Luis Alvarez, de 36 años, uno de los compañeros de Krainov, estudiaba conchas en las aguas aperladas de la República Dominicana. Hasta Jack Kuenzle, el solitario buzo, nacido estadounidense, de 18 años, que tuvo su experiencia formativa durante unas vacaciones en México.

Este día, no obstante, Krainov echó una mirada a la estela verde marrón, llena de leves burbujas blancas y supo que a los buzos les esperaba la privación sensorial.

No disminuyó su confianza: “Voy allá como si fuera por abarrotes”, comentó sobre sus lugares más fructíferos en el arrecife, una extensa pila de placas de concreto, conductos y escombros – uno de los pocos que salpican a esta costa _, donde arponea robalo, pez ballesta, lubina rayada, tautoga y besugo con inquietante facilidad.

Pesca
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INICIA LA PESCA

En la parte trasera de su barco a motor, Alvarez se ponía retorciéndose el traje de neopreno de dos piezas, junto con la capucha de hule, el visor, el esnórquel, las aletas, los guantes y el cinturón de pesas contra la flotabilidad. (Nada de tanques de oxígeno para este grupo.) Trató de calmar a Kuenzle, un buzo novato, a quien perturbaron las aguas plomizas. “Está realmente oscuro y misterioso”, dijo.

Conforme la plática subía de volumen en la popa, Krainov se calló y escaneó el sonar buscando signos – una caída en la profundidad o un grupo de peces pixelados, rojo y amarillo – de que había encontrado un sitio prometedor. Giró a la derecha el timón, grado a grado, se le cayeron las chanclas para playa de los pies bronceados, y luego: “¡Tírala, tírala, tírala!”.

Alvarez lanzó a la bahía una descolorida ancla gris, pegada a un flotador anaranjado. El propósito del flotador era recordarles a los buzos dónde es buena la pesca cuando los arrastrara una corriente, y ser una señal para que los pescadores de caña mantuvieran los anzuelos a distancia.

En estas aguas, ninguno de esos incidentes podría darse por sentado. La sopa de arena y algas es tan espesa a veces que los buzos no se dan cuenta de que descienden en ángulo, mientras la naturaleza humana deshace cualquier acuerdo.

El conflicto se acentúa porque muchos de los arponeros son inmigrantes. “¡Regresen a Rusia!”, gritó un pescador de superficie, con la panza que desbordaba de una camiseta blanca sin mangas, cuando Krainov le advirtió, otra tarde, que su barco estaba invadiendo su zona de buceo de 30 metros. Los arponeros se cuidan unos a otros. Algunos protegen sus sitios secretos por temor a atraer a las multitudes.

Sin embargo, a Krainov, un dentista que cuenta con la calma veraniega que le permite bucear cuatro veces por semana, se le conoce en internet, en los foros sobre pesca con arpón, como un espléndido guía para los novatos en la ciudad.

Pesca
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Pueden esperar absorber parte de su desenvoltura, pero sus técnicas son demasiado instintivas para explicarlas. “No hago calentamiento”, replicó cuando Alvarez lo acribilló a preguntas. Krainov se puso un delgado traje de buzo de camuflaje. Luego empezó a peinar la superficie, respirando uniformemente con el esnórquel, con un arpón italiano prendido a la cintura. Era un depredador ágil. Hasta Alvarez necesitó de unas cuantas patadas, lanzando las aletas al aire para poder sumergirse.

Sin embargo, Krainov solo desapareció, tan atléticamente como un somorgujo. Cuando salió a la superficie 62 segundos después, había una merluza negra ensartada en el arpón, con las escamas azules y verdes brillando en al sol ardiente, y golpeando la cola contra el agua como si aplaudiera.

Después, de regreso en Gateway Marina en Brooklyn, cerca de la boca de la bahía Jamaica, un coro de cuerdas de cientos de embarcaciones gemían al viento, mientras Krainov amarraba la suya al muelle. Deslizó sus presas, dos merluzas negras y una ballesta, en una bolsa plástica. El aire estaba salado y espeso. Después de una larga tarde en el mar, los pies de Krainov se movían en forma vacilante en el muelle, pero tenía un remedio para su inquietud terrestre.

Se trepó a una motoneta de muchos colores, a la que había atada una carretilla que tenía cuatro recipientes plásticos rojos para gasolina y su pesca. El solitario pez ballesta todavía resollaba, mientras Krainov pasaba a toda velocidad frente a una tienda náutica y de cervezas, rumbo a casa.

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