New York Times Syndicate

Transportar a los muertos de ambos lados en una guerra cruel

Malik Abdul Hakim es el transportador de la muerte. Recoge los cuerpos de los soldados y agentes policiales y los lleva de vuelta con sus familias, sorteando caminos sembrados de bombas.
Azam Ahmed
25 enero 2015 19:10 Última actualización 25 enero 2015 19:25
(NYT)

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KANDAHAR, Afganistán.- En las manchadas planicies del sur de Afganistán, Malik Abdul Hakim es el transportador de la muerte. Recoge los cuerpos de los soldados y agentes policiales muertos en las áreas bajo dominio del talibán y los lleva a casa.

Desde los centros gubernamentales, lleva a los insurgentes asesinados de vuelta a sus familias, sorteando caminos sembrados de bombas.

Hakim, un delgado hombre de 66 años de edad con una barba blanca que le cuelga hasta el pecho, ríe cuando se le pregunta qué lo impulsa. Nunca imaginó que tendría esta vida, cruzando las líneas fronterizas en busca de extraños.


Pero encuentra significado en su labor, ofreciendo cierta dignidad a las familias afectadas por la guerra. Sin embargo, ora por que un día se quede sin trabajo. “Cada vez que veo un cadáver, rezo por que no haya otro”, dice con una voz suave y extrañamente juvenil. “Estaré agradecido cuando haya paz y estabilidad, y yo ya no tenga trabajo”.

Hasta entonces, dice, no se dejará desanimar. Ni por el horrible olor de los cadáveres, las demandas físicas de levantar los cuerpos o el precio sicológico que representa estar en la primera fila ante las atrocidades de la guerra.

Ni siquiera por la muerte de sus dos hijos a manos de los insurgentes. “Todos estos años, he hecho esto por Dios”, dice. “Llamo a ambos bandos mis hermanos porque son afganos y musulmanes.

No quiero favores o una posición. Mi única intención es ayudar a quienes lo necesitan”. Que un hombre pueda soportar tal carga es un aspecto triste de la prolongada guerra en Afganistán, que se vuelve más mortal cada semana.

Las fuerzas de seguridad afganas perdieron más hombres el año pasado que en cualquier año anterior, al igual que el talibán. Desde que empezó hace siete años, Hakim ha transportado 713 cadáveres, incluidos 313 solo en el último año.

Sus esfuerzos han seguido a la violencia desde los restos causados por los ataques aéreos hasta los vehículos hechos pedazos por las bombas al lado de los caminos y el agitado paisaje de los intensificados combates entre el gobierno afgano y el talibán ahora que la presencia de las tropas estadounidenses se ha reducido a una fuerza simbólica.

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“Ha permanecido neutral, no está contra nosotros y no está contra el talibán”, dijo Mohammad Masoom Khan Qadiri, el jefe de la policía de distrito en Zhare, en la provincia de Kandahar. “Es muy querido por la gente a la que le ha ayudado en todos estos años”.

Esmatullah, cuyos dos hermanos fueron devueltos por Hakim el año pasado después de que el talibán los ejecutó, dijo que su familia veneraba al hombre. “Mi madre anciana no reza primero por sus hijos”, dijo Esmatullah, quien usa un solo nombre. “Primero reza por él. Tanto así admira su trabajo”.

La labor de Hakim comenzó por casualidad después de la muerte de un famoso comandante talibán en Zhare, su distrito nativo. Los insurgentes querían que el cuerpo de su líder regresara, y los vecinos sugirieron que se lo pidieran a Hakim, quien era voluntario de la Media Luna Roja afgana en ese entonces.

Hakim decidió hacer la prueba. Condujo hasta el centro del distrito e hizo su petición. Mientra esperaba, el comandante de policía del distrito tuvo una pregunta propia para Hakim: ¿Por qué nunca se había ofrecido a recoger los cadáveres del gobierno? “Les dije que nunca se me había ocurrido algo de esto”, dijo con una sonrisa irónica. “Ni siquiera estaba seguro de querer hacer eso por el talibán”.

Eventualmente, el gobierno aceptó liberar el cuerpo, pero a condición de que el talibán hiciera lo mismo. “Yo no esperaba que esta guerra se prolongara tanto o transportar tantos cadáveres”, dijo Hakim, pasando los dedos por una sarta de cuentas de oración verdes. "Pensé que solo serían estos pocos del principio.

“¿Quién pensaría en hacer este trabajo de locos?”, preguntó. Conforme la guerra se intensificaba, también lo hizo su trabajo y el peligro que le acompañaba.

Demandó que ambas partes le dieran documentos que lo identificaran como una parte neutral, de manera que ninguna lo atacara sin querer.

Porta los documentos todo el tiempo. Hace unos años, comenzó a recibir asistencia del Comité Internacional de la Cruz Roja. Su área también se amplió para incluir parte de las provincias de Helmand, Zabul y Oruzgan.

Un día en el verano pasado, transportó a 28 cadáveres del talibán después de un combate excepcionalmente brutal en Zhare. Días como ese le preocupan. El tiempo no ha hecho nada por debilitar la voluntad de ambas partes. Como las tropas extranjeras están totalmente fuera del campo de batalla, el número de muertos está aumentando.

“Han estado en guerra durante 13 años, y si combaten otros 13 años no verán la paz”, dijo. “Deben sentarse y dialogar unos con otros”.

Ese consejo no le ha resultado barato a Hakim. Ha perdido dos hijos y un yerno en la guerra. Hace cinco años, su yerno, Ismatullah, conducía una cisterna de agua para una cuadrilla de construcción de carreteras.

Una mañana, se llevó a dos de los hijos de Hakim con él a Khakrez, un distrito directamente al norte de la ciudad de Kandahar. Los hombres nunca regresaron.

Hakim conocía el área. Mees antes, había entregado dos cuerpos del talibán a un comandante ahí. Pero el comandante se negó a divulgar algo, diciendo solamente que el destino de su familia estaba en manos del tribunal del talibán. Hakim esperó cuatro días, luego partió. Desconsolado, Hakim condujo hasta Quetta, Pakistán, para reunirse con un destacado miembro del talibán para rogarle por información.

Regresó a casa con una carta oficial que instruía a otro comandante local para que lo llevara ante sus hijos. Unos días después, se reunió con el comandante al lado de un tramo de la carretera en Khakrez. El hombre se mostró receloso. Preguntó al chofer de Hakim si los hijos de éste, Azizullah y Ruhullah, habían estado trabajando para el gobierno.

Después de conducir por una hora, el convoy se detuvo en una llanura desolada, donde el talibán lanzó un insulto final antes de perderse en el camino. “Nos dijo que oliéramos en el área y encontraríamos los cuerpos”, recordó Hakim, llorando suavemente. Después de buscar por una hora en el calor sofocante, Hakim encontró a sus hijos muertos en una tumba superficial.

Excavó por dos horas con sus manos. Condujo de vuelta directamente al cementerio de su familia en Zhare. No se detuvo en su casa en la ciudad de Kandahar para que su esposa pudiera despedirse. Sus muchachos ya no estaban reconocibles. “Ella me dice que los enterré vivos”, dice, con su voz cargada de tristeza.

“Hasta hoy, mi esposa llora reprochándome que nunca le mostré el rostro de sus hijos”. Podría haberse negado a seguir ayudando al talibán y encontrado otro empleo o continuado labrando sus tierras. Pero enterró su amargura con sus hijos. “Si me llevó tanto tiempo encontrar a mis hijos, imagine cuánto tiempo le debe tomar a la gente común”, dijo, reprimiendo las lágrimas. “Me dije que tenía que continuar con lo que estaba haciendo, para ayudar a los desvalidos”. 

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