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Tal vez tus parásitos no sean tan malos como piensas

Los parásitos no siempre son causantes de enfermedades, estudios han encontrado que algunos también ayudan a prevenir enfermedades, luego de que nuestro cuerpo evoluciona para ser más fuerte.
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15 abril 2016 21:42 Última actualización 16 abril 2016 5:0
bacteria

bacteria (Tomada de YouTube)

El kakapu, un perico grande, que no vuela, puede vivir 95 años y quizá hasta más, está peligrosamente cerca de la extinción. Antes se encontraban por toda Nueva Zelanda, pero su población ha disminuido a menos de 150 individuos.

Biólogos conservacionistas están haciendo todo lo que pueden para evitar que desaparezcan los kakapus. Así es que cuando, hace unos años, descubrieron que un par de kakapus en cautiverio estaban infectados con solitaria, hicieron lo obvio: desparasitaron a las aves.

Hamish G. Spencer, un genetista de la Universidad de Otago en Nueva Zelanda, piensa que fue imprudente hacerlo. Si las especies en peligro han de escapar a la extinción, argumenta, es posible que necesiten de parásitos para sobrevivir.

“Algunos de estos parásitos podrían resultar ser bastante buenos para sus anfitriones”, notó Spencer.

Tendemos a pensar en las especies que viven dentro de un anfitrión como enemigos que causan enfermedades. Eso puede ser cierto, pero solo hasta cierto punto. Estudios médicos han mostrado que los humanos han desarrollado una relación íntima, quizá hasta necesaria, con muchos de estos inquilinos.

Hace cinco décadas, los investigadores empezaron primero a encontrar evidencia de un aspecto positivo de los parásitos. En 1968, por ejemplo, Brian M. Greenwood de la London School of Hygiene and Tropical Medicine observó que las personas en Nigeria tenían niveles más bajos de artritis y otras enfermedades relacionadas con el sistema inmunitario, que la gente en Gran Bretaña. Sugirió que la infección crónica con lombrices intestinales u otros parásitos modera al sistema inmunitario en los nigerianos, lo que reduce el riesgo de que el organismo ataque a sus propios tejidos.

Al paso de las décadas, se acumuló evidencia de lo que llegó a conocerse como hipótesis de la higiene. Sus partidarios arguyen que en los dos últimos siglos, la civilización moderna ha cambiado radicalmente nuestra relación con los habitantes internos.

Durante millones de años, nuestros organismos en evolución tuvieron que conseguir un equilibrio engañoso. Dependíamos de un potente sistema inmunitario para mantener a raya a las infecciones letales. Sin embargo, si el sistema inmunitario atacara en forma indiscriminada, podría destruir a las bacterias benéficas para el organismo, por ejemplo, o dañar sus tejidos con incesantes inflamaciones.

Según la hipótesis de la higiene, nuestros antepasados llegaron a tolerar niveles bajos de infecciones. Hasta llegaron a depender de los parásitos para ayudar al sistema inmunitario a desarrollarse adecuadamente.

Eso no quiere decir que los parásitos se convirtieran en un genuino bien. Nuestra relación con ellos es, más bien, una complicada compensación

“Tener lombrices puede significar que tendrás menos alergias cuando crezcas, pero también podría detener tu crecimiento”, comentó Marlene Zuk, una bióloga evolucionista en la Universidad de Minnesota. “Nadie te prometió que esto iba a funcionar realmente bien”.

En el siglo XIX, cambió esta antigua relación. Gracias a los alimentos y el agua limpios, un creciente número de personas quedaron libres de parásitos. La Revolución Industrial también alejó a la gente de las granjas, así es que llegó a tener menos contacto con la tierra y el ganado cargado de parásitos. Experimentaron menos infecciones por virus, bacterias y lombrices intestinales.

Los proponentes de la hipótesis de la higiene argumentan que no es ninguna coincidencia que las personas en los países industrializados también empezaran a experimentar más alergias, asma, enfermedad de Crohn y otros trastornos relacionados con el sistema inmunitario.

Al escribir en la revista “Trends in Ecology and Evolution”, Spencer y Zuk señalan que lo que es cierto en los humanos bien puede ser cierto para otros animales, también. Es posible que, sin darse cuenta, los biólogos conservacionistas, notan, estén realizando un experimento con las especies a las que están tratando de salvar de la extinción.

En su hábitat natural, es posible que un animal sano esté plagado de lombrices intestinales y otros habitantes. “Todo tiene parásitos y, por lo general, múltiples especies de parásitos que viven en todo tipo de lugares”, explicó Spencer.

Para cuidar a las poblaciones que se reproducen en cautiverio, es típico que los biólogos traten a las infecciones con medicamentos agresivos. Mientras que esos tratamientos pueden salvar la vida de algunos animales, también tienen su aspecto negativo. Las medicinas agresivas pueden poner en peligro a los animales en cautiverio al quitarles los parásitos que ayudan a sus sistemas inmunitarios a desarrollarse con normalidad. Y, arguyen Spencer y Zuk, estos animales podrían terminar no estando preparados para las enfermedades que podrían encontrar en caso de que los regresaran a su hábitat natural.

En la naturaleza, una especie puede volver a tener la vieja relación con sus parásitos. Sin embargo, la agresiva intervención humana también puede romper para siempre los vínculos entre los anfitriones y los parásitos.

“Resulta que si se examinan los organismos, se descubre que una cantidad sorprendente de ellos tienen parásitos que solo ocurren en esas especies o, quizá, esa especie y un par de parientes cercanos, y hasta ahí llega”, comentó Spencer.

Tratar las infecciones en animales en cautiverio puede ayudar a acelerar la desaparición de estos parásitos y, con ellos, el mecanismo que necesitaba la especie en peligro para su ajustar sistema inmunitario.

La extinción de parásitos no es solo una posibilidad teórica. Cuando biólogos de California llevaron al cautiverio a todos los cóndores californianos sobrevivientes en los 1980, terminaron por erradicar a Colpocephalum californici, una especie de piojo de las plumas que solo se encontraba en estas aves.

Spencer sospecha que hemos eliminado a otros parásitos sin darnos cuenta. Nadie sabe cuántas especies de solitarias estaban infectando a los kakapus, pero es factible que al haberlos desparasitado se hayan extinguido.

Es posible, dijo Spencer, que la falta de parásitos pueda ayudar a explicar por qué han sido decepcionantes algunos proyectos de restauración de especies. “Hay diversos casos en los que la reintroducción de poblaciones no ha salido bien”, añadió. “Podría ser que su sistema inmunitario no está muy bien”.

Albrecht I. Schulte-Hostedde, el director del Centro de Ecología Evolutiva y Conservación Etica en la Universidad Laurentiana en Sudbury, Ontario, dijo que era importante para los biólogos conservacionistas y los veterinarios apreciar esta perspectiva evolutiva. Sin embargo, esperaba que sería difícil cambiar sus actitudes.

“Va resultar difícil convencerlos”, anotó.

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