New York Times Syndicate

Surfeando bajo
las luces del norte

Debido a que la tecnología ha mejorado el aislamiento y resistencia de sus trajes, en la última década cada vez más surfistas han llegado a las playas de Alaska, Noruega e Islandia, atraídos por sus olas solitarias e inexploradas.
New York Times
11 noviembre 2016 20:34 Última actualización 12 noviembre 2016 5:5
Noruega

(https://www.visitnorway.es)

UNSTAD, Noruega _ Todo era novedoso para Tim Matley, un australiano delgado y juvenilmente rubio, quien se encontraba por encima del Círculo Ártico por primera vez en esta remota aldea con tantas tiendas de surf (dos) como granjas ovejeras.

Su itinerario habitual estaba compuesto de seis meses de surfear en Australia, luego seis meses en Indonesia. Si las olas eran altas, eso era grandioso, en tanto la temperatura también fuera más alta. Nunca había usado antes una chamarra con capucha, guantes y botas en una competencia. De hecho, rara vez había usado un traje de neopreno.

“Me gusta sentir los dedos de los pies en la cera”, dijo Matley, de 34 años de edad. “Con las botas, no puedo sentir nada”.

Su novia, Guro Aanestad, una tricampeona de surf noruega, acababa de ganar el título femenil en el Masters de Lofoten el 8 de octubre. Se le promueve como la competencia de surf más al norte del mundo. Ahora Matley esperaba la final varonil.

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Noruega


El valle a su espalda se elevaba como un anfiteatro formado por montañas. Una bahía en forma de media luna se abría ante él, con sus puntas rocosas expuestas conocidas por encerrar el oleaje del Atlántico Norte como una red atrapa peces.

“Es irreal cuántas personas surfean en condiciones como estas”, dijo Matley. “Es hermoso, pero hace mucho frío. Al menos logré ver por primera vez las Luces del Norte. Eso fue bueno”.

Los avances en el diseño de los trajes de buzo, que están hechos de neopreno, un caucho sintético, han impulsado al surf más allá de la veraniega cultura de “Gidget” y “Surf City” promovida por el Hollywood y la música pop de mediados del siglo pasado.

Desde los años 90, y especialmente en la última década, el aislamiento mejorado en los trajes ha abierto algunas de las playas más frías del mundo - Alaska, Antártida, Canadá, Groenlandia, Islandia, Noruega, Rusia, Suecia -a los surfistas que buscan aventuras aisladas, naturaleza escarpada y olas solitarias e inexploradas.

“Todos lo han practicado en los trópicos”, dijo Timothy Latte, de 25 años de edad, un sueco que ganó el Masters de Lofoten de 2015. “Surfear en aguas frías es la nueva moda”.


Los trajes de neopreno de hoy, que a menudo cuestan entre 200 y 500 dólares pero pueden ascender a mil dólares, son calientes, ligeros y flexibles. Algunos vienen con calefacción alimentada por baterías. Todo ofrece mucha más protección confiable ante el frío que el anterior equipo improvisado con suéteres de lana recubiertos de grasa; chamarras y pantalones impermeables pegados con cinta en las muñecas, la cintura y los tobillos; guantes para lavar platos; gorras de baño; y generosas untadas de Vaselina.

Unstad, con una población de 15 habitantes, forma parte de las islas Lofoten, un archipiélago que sobresale como un dedo artrítico de la costa oeste de Noruega hacia el Atlántico, más de 160 kilómetros por encima del Círculo Ártico.

Con olas constantes y la belleza agreste de las montañas que descienden hacia el mar, la aldea es relativamente accesible en auto, transbordador o avión. Y, pese a las protestas de Matley, es calentado un poco por la corriente del Golfo.

Aunque la temperatura del agua puede descender debajo de un solo digito durante el invierno, cuando el día es un crepúsculo borroso, el oleaje promedia unos 7 grados centígrados y puede ascender a entre 14 y 19 grados durante el verano.


Durante los Masters de Lofoten el 7 y 8 de octubre, la temperatura del aire alcanzó los 7 grados centígrados y la bahía 10 grados. Al salir del agua parecía sentirse mucho más frío que estando en el agua.

Los 28 competidores y ocho competidoras eran en su mayor parte semiprofesionales de Noruega, Suecia, Brasil, Australia, Sudáfrica, Rusia y Francia. La mayoría vivía en Noruega o trabajaba en empleos de temporada o seguía a un novio o novia. Rentaban cabañas en las tiendas de surf, conducían campers o dormían en tiendas de campaña bajo las Luces del Norte, atraídos por la tranquilidad, el esplendor y la fuerza de los alrededores.

“Cuando uno ve por primera vez las montañas y el valle y el poderío de las olas, es intimidante”, dijo Thiago Martins, un brasileño de 40 años de edad que jugó fútbol soccer colegial y profesional en Estados Unidos y surfea cuando no está dando clases a niños con necesidades especiales o entrenando a un equipo noruego semiprofesional.

“La primera vez que estuve aquí, mi corazón latió fuerte”, dijo. “Me sentí pequeño y asustado. Pero uno también se conecta con la naturaleza, y esta te abraza”.

Torsteint Krogh, un líder comunitario de 68 años de edad que nació en Unstad, dijo que los surfistas -las estimaciones anuales varían entre 2 mil y 5 mil o más- generalmente eran bienvenidos. Pero, añadió, “deberíamos prepararnos para recibirlos” con baños, espacio de estacionamiento más amplio y conexiones eléctricas para los campers.

Se está considerando un impuesto turístico para mejorar las instalaciones en Lofoten. Sin embargo, algunos residentes locales en Unstad, un lugar aislado con una población principalmente mayor, evidentemente necesitaban ser convencidos de que más surf es mejor, como lo evidenció un letrero hecho a mano de “no pasar” colgado cerca de la playa durante los Masters de Lofoten.

“Los ancianos no quieren cambiar”, dijo Krogh. “Son dinosaurios. Pero la ley número uno de la naturaleza es la naturaleza”.

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noruega


Los competidores en los Masters de Lofoten usaban trajes de neopreno que los pioneros del surf de Unstad nunca habrían imaginado: delgados recubrimientos de titanio diseñados para atrapar y reflejar el calor corporal; forros interiores que se dice transforman el calor corporal en energía infrarroja que mejora el calentamiento y el flujo sanguíneo; costuras de alta tecnología que impiden que el agua fría penetre en el traje con uniones de cinta a prueba de agua, pegamento y uretano líquido y una técnica ingeniosa llamada costura ciega.

La mayoría de los competidores usaban lo que se llama trajes de buzo 6/5/4 o 5/4/3, en referencia al grosor del neopreno en milímetros. Los trajes son más gruesos en el torso y más delgados y más flexibles en las extremidades para facilitar el movimiento de brazos y piernas.

En el primer día de competencia, un ligero viento costero soplaba perpendicular a la playa. Las olas que llegaban a la altura de la cabeza se formaban rápidamente y luego colapsaban. Los surfistas las tomaban con calma. La mayoría habían estado en condiciones mucho más desafiantes.

En el segundo día de los Masters de Lofoten, las olas eran más pequeñas pero más definidas y eran perfectas para ejecutar trucos. Aanestad, la campeona noruega de 29 años de edad, quien es arquitecta, ganó la competencia femenil. Fue una de las pocas surfistas, quizá la única, en la competencia que poseía un chaleco calentador.


La final varonil incluyó a tres ex campeones. Uno era Latte, el sueco. Otro era Gil Ferreira, de 30 años, originario de Brasil, y ganador cuatro veces.

En su primer viaje hacia Unstad hace siete años, trató de surfear sin guantes y botas. “Mis piernas se sentían como muñones”, dijo Ferreira. “No podía mantenerme en pie en la tabla”.

Otro ganador anterior, Shannon Ainslie, de 32 años y procedente de Sudáfrica, surfeó con una energía y cierta temeridad que había sido terroríficamente ganada.

En un incidente ampliamente publicitado, captado en video, Ainslie fue atacado por dos grandes tiburones blancos mientras surfeaba en East London, Sudáfrica, el 17 de julio de 2000. Fue arrastrado bajo el agua por su mano derecha, cuya curación requirió 30 puntadas.

“Quizá esa es otra razón por la cual vine aquí”, dijo Ainslie, quien trabaja en Lofoten Surfsenter. “Para alejarme de los tiburones”.

En la final, sin embargo, nadie igualó la velocidad, fluidez y empeño de Matley, el australiano que, contra los pronósticos, se convirtió en campeón.

Antes, se paró afuera del sauna, queriendo pasar unos minutos dentro pero preocupado de calentarse demasiado. Usaba un traje más delgado que la mayoría de los competidores. Y sentía que su pie delantero se aferraba a su tabla demasiado firmemente con las botas de neopreno.

Pero, en la final, Matley fue un modelo de ambición, poderío y control, técnica y estilísticamente seguro con sus giros instantáneos, floaters al parecer ingrávidos a lo largo de las crestas de las olas y una maniobra de 360 grados llamada reversa en el aire.

Después, Matley tiritaba mientras era anunciado como ganador y rociado de champaña. “Nunca ha estado en un lugar tan frío en su vida”, dijo Aanestad, su novia, riendo.

Al día siguiente, Matley regresaba a Australia. No planeaba usar un traje de neopreno durante casi un año. “Debería quemarlo”, bromeó.
Esa no sería una opción para alguien que continuara surfeando en Unstad.

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