New York Times Syndicate

Soldados afganos que ‘mueren’, resucitan y terminan endeudados por sus funerales

Las familias pasaron por el trauma de la notificación de la muerte, la tristeza de sepultar cuerpos, dañados para identificarlos y tras la emoción de enterarse de que sobrevivieron, deben regresar el dinero de la compensación que les otorgó el gobierno.
Mujib Mashal
06 mayo 2016 17:0 Última actualización 07 mayo 2016 5:0
Afganistán

Los soldados habían sido declarados muertos, pues es imposible que las autoridades identifiquen los cuerpos de las víctimas de la guerra contra el talibán. (NYT)

BEHSUD, Afganistán.- La primera vez que murió Noor ul-Haq, su puesto de avanzada del ejército afgano fue completamente aislado por el talibán en un desolado campo de batalla sureño. Cientos de combatientes insurgentes llegaron, y todo lo que le quedó por hacer al gobierno fue enviar los cadáveres a sus casas.

Su esposa y sus 10 hijos sepultaron el cuerpo, apilando piedras en un montículo sobre la tumba en un cementerio que rápidamente se llenó con otros muertos de la guerra aquí en el distrito de Behsud, en el este de Afganistán. Como a otras familias, les dieron un pago gubernamental de 2 mil 300 dólares _ aproximadamente un año de salario para un soldado _ para pagar el sepelio y mantenerse por un periodo breve.

Nadie supo a quién habían puesto en esa tumba, pero no fue Ul-Haq. Él y otro miembro de su unidad, Imamuddin Ibrahimkhel, estuvieron entre los muy pocos soldados que fueron tomados prisioneros por el talibán en agosto y eventualmente liberados por las fuerzas especiales afganas.

Sus familias pasaron por el trauma de la notificación de la muerte, la tristeza de sepultar cuerpos demasiado dañados para ser identificables, luego la repentina emoción de enterarse de que sus hombres de algún modo habían sobrevivido.

Luego llegó otro golpe: el gobierno quería de vuelta el dinero de la compensación. A los hombres les dijeron que siempre podían inscribirse por otro periodo en el ejército para ayudarse, dijeron.

“Nos hicieron pasar por el día del juicio final”, dijo Ibrahimkhel. “Mi corazón llora debido a lo que está ocurriendo aquí: lo que pasamos, dónde prestamos servicio, y todo lo que les interesa es el dinero del funeral”.

Las familias de Ul-Haq, un recluta de 39 años de edad con un contrato de tres años, e Ibrahimkhel, de 31 años y tres hijos, están entre las miles que han quedado atrapadas en el horrible giro que tomó la guerra afgana el año pasado. La supervivencia de los hombres fue reportada por primera vez por el canal afgano 1TV.

En la provincia de Helmand, donde ambos hombres estaban acantonados, al menos 3 mil miembros del ejército afgano y la Policía Nacional han muerto en los últimos 11 meses, dicen funcionarios afganos, casi el total del recuento estadounidense durante toda la guerra.

El hijo mayor de Ul-Haq, Zia ul-Haq, de 23 años de edad, estaba trabajando como jornalero en Jalalabad, en el este de Afganistán, el verano pasado cuando recibió la llamada diciendo que su padre había muerto. Acompañado por dos parientes mayores, Zia ul-Haq tomó un autobús a Kabul, la capital, y recogió el cuerpo en un hospital militar.

En el ataúd estaban los detalles oficiales de la vida de Ul-Haq: Noor ul-Haq, hijo de Said Amir Jan. Compañía de Artillería, Segundo Batallón, Tercer Regimiento, 215 Cuerpo de Maiwand.

Fecha del martirio: 28 de agosto de 2015.

El cuerpo fue subido en una camioneta pagada por el gobierno, y una multitud de deudos estaba esperando cuando llegó a la casa de adobe de tres habitaciones de la familia en el distrito de Behsud de la provincia de Nangarhar. El cuerpo fue depositado por solo unos minutos en el cuarto lleno de mujeres. El ataúd apestaba, y fue rápidamente transferido al cementerio. Más de 300 personas ofrecieron la oración final, y el hombre fue puesto a descansar.

“Temíamos que perderíamos también a nuestra madre”, dijo Zia ul-Haq. “Pasaron seis o siete días antes de que ella empezara a comer de nuevo”.

PRISIONERO DEL TALIBÁN

La familia del otro soldado, Ibrahimkhel, no fue tan afortunada. Un día después de que llegó el cuerpo al distrito natal de la familia de Charbolak, en la provincia norteña de Balkh, murió la madre de Ibrahimkhel de un ataque cardíaco. Tres de sus cuatro hijos habían prestado servicio en el ejército, todos en gran parte en la provincia de Helmand, y ahora, pensó la familia, ella se uniría a uno de ellos en el cementerio familiar.

En los días posteriores al funeral de Ul-Haq, su hijo Zia regresó a Kabul a recoger el pago de compensación del gobierno en efectivo: 162 mil afganis, el equivalente de 2 mil 300 dólares. Un tercio del dinero estaba separado en billetes pequeños, 10 montones de ellos. Parte de los billetes más grandes estaban tan gastados que el banco se negó a aceptar el depósito. El banco también rechazó los billetes pequeños, diciendo que ya tenía demasiado dinero de pequeñas denominaciones.

El primer giro en la historia se dio una mañana tres meses después del sepelio. Zia ul-Haq recibió una llamada telefónica de un hombre con un acento sureño, preguntando si él era el hijo de Noor ul-Haq. Al principio, Zia ul-Haq pensó que era una broma. Pero el hombre tenía información real: Noor ul-Haq no estaba muerto, dijo, sino en una prisión del talibán en el distrito Now Zad de Helmand.

“Mi madre estaba horneando pan y dije: ‘¡Encontraron a papá!’”, recordó. “Todos empezaron de pronto a llorar de nuevo, de felicidad”.

La travesía de 15 días de Zia ul-Haq para encontrar a su padre lo llevó a lo profundo del territorio talibán, en el cinturón de cultivo de amapola de opio en el sur. Tuvo que esperar afuera de un tribunal del talibán en una mezquita en Now Zad, mientras un líder insurgente corpulento resolvía disputas de tierras y robos, antes de que aprobaran su visita.

Después de rogar, a Zia ul-Haq le permitieron visitar brevemente a su padre en el antiguo edificio escolar que el talibán había convertido en prisión. Noor ul-Haq estaba encorvado, y apenas podía caminar. Pero a cientos de kilómetros de distancia de su tumba en el cementerio de Behsud, ahí estaba, respirando, hablando con su hijo.

El talibán no le permitió irse, y Zia ul-Haq regresó solo a casa.

Después de que la base de los soldados fue tomada, en el distrito de Musa Qala de Helmand, Noor ul-Haq y su camarada Ibrahimkhel estuvieron entre 10 soldados que fueron tomados en cautiverio por el talibán, dijo Ibrahimkhel en una entrevista telefónica.

Los nuevos cautivos se unieron a otros prisioneros de las fuerzas de seguridad, 87 en total, dijo Ibrahimkhel. Cada mes, eran trasladados a una prisión diferente, en ocasiones en un distrito diferente, por temor a una incursión del gobierno.

Después de cuatro meses de cautiverio, cuando el mundo los creía muertos, Ibrahimkhel dio un número telefónico a un visitante que había acudido a ver a un prisionero civil. El visitante escribió el número en su pierna, debajo de su pantalón, y posteriormente lo usó para llamar a la familia de Ibrahimkhel para hacerle saber que estaba vivo. Uno de los hermanos de Ibrahimkhel hizo el viaje y finalmente encontró la prisión en Now Zad.

“No nos permitieron acercarnos, solo nos reunimos con 20 metros de separación, para demostrar que ellos me retenían y yo estaba vivo”, dijo Ibrahimkhel.

Cuando las fuerzas especiales afganas tomaron por asalto la prisión en Now Zad en diciembre, Zia ul-Haq tuvo la esperanza de que su padre hubiera sido liberado. Hizo llamadas, pero las noticias no fueron buenas: su padre no estaba entre los rescatados. Le dijeron que Ul-Haq quizá había sido acribillado por el talibán antes de la incursión.

La familia de nuevo perdió a Noor ul-Haq. Pero esta vez sus parientes no tuvieron que esperar tanto tiempo para que se diera otro giro en la historia.

Un mes después, otra incursión de las fuerzas especiales afganas en un distrito adyacente liberó a Ul-Haq, Ibrahimkhel y otros 60 más. Los dos hombres posteriormente se enteraron de los detalles de la odisea que habían pasado sus familias.

El ejército demandó que los dos hombres regresaran el dinero del funeral. Ambos se sintieron insultados, y presionados.

Funcionarios del ejército dicen que realmente no se puede culpar a nadie. Los puestos de avanzada sitiados son remotos, y en ocasiones toma meses antes de que los cuerpos finalmente puedan ser embarcados de regreso, muy dañados y en avanzado estado de descomposición. Puede ser imposible determinar quién murió, quién desertó y quién pudiera haber sido tomado prisionero vivo.

El general Dawlat Waziri, un vocero del Ministerio de Defensa afgano, describió los casos de Ul-Haq e Ibrahimkhel como la “miseria de la guerra en marcha”. Insistió en que Ul-Haq e Ibrahimkhel se reunirían con el ministro de defensa pronto para que este elogiara su valentía y les ofreciera asistencia.

“No tienen que pagar nada”, dijo Waziri.

Pero ahora ambos hombres están de regreso en la provincia de Helmand, tratando de recuperar los salarios atrasados que fueron confiscados para pagar la compensación por la muerte. En entrevistas telefónicas, ambos dijeron que no veían signos de que su deuda hubiera sido borrada.

En su tercer día en casa, Noor ul-Haq caminó hasta el cementerio con ayuda de uno de sus hijos. La zona estaba llena de tumbas de soldados y policías, muchos de los cuales habían muerto en Helmand, y la bandera afgana ondeaba sobre ellas. Se acuclilló al lado de la lápida de la que se suponía era su propia tumba, ofreciendo una oración por el hombre desconocido sepultado ahí.

Pero dos meses después, Ul-Haq estaba de regreso en Helmand, tratando de obtener su salario restante y, quizá, inscribirse para otros tres años en el ejército.

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