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Robots protagonizan carreras de camellos

La tecnología y el deporte son uno mismo hasta en las carreras de los Emiratos Árabes Unidos. En lugar de utilizar niños jinetes (lo cual generó una gran ola de crimen hace varios años), ahora son robots los que se encargan de montar camellos. 
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02 enero 2015 14:51 Última actualización 03 enero 2015 5:0
Las carreras de camellos datan del siglo VII. (NYT)

Las carreras de camellos datan del siglo VII. (NYT)

ABU DABI, EMIRATOS ÁRABES UNIDOS.– Una mañana reciente, no mucho después del amanecer, empezó aquí una carrera de camellos, como todas, con dos comienzos. Primero, la apertura esperada: alrededor de una docena de camellos presionaban la nariz contra una barrera metálica colgante, y cuando un hombre en una destellante túnica blanca dio la señal, levantaron la reja y avanzó la manada, con cuellos que oscilaban de arriba abajo y las jorobas que saltaban mientras las patas larguiruchas galopaban alejándose en la niebla.

Poco después, siguió la segunda oleada. Mientras los camellos corrían a toda velocidad hacia la primera vuelta en la pista Al Wathba, una flotilla de vehículos todo terreno, de cinco a seis de ancho, cambiaron a velocidad y pasaron zumbando tras ellos, siguiendo a los animales en los caminos pavimentados que flanquean ambos lados de la pista de tierra suave. Para los no iniciados, parecía un convoy presidencial en persecución, a baja velocidad, de un montón de beduinos. Para los más familiarizados, era, simplemente, una carrera de camellos, modernizada.

Dentro de uno de los vehículos, Hamad Mohamed observaba la acción desde el asiento del copiloto. Mohamed, quien trabaja para un jeque emiratí y entrena a numerosos camellos, seguía a su participante, la hembra Miyan, mientras que un amigo circulaba entre choferes semidistraídos que daban vueltas a la pista de seis kilómetros. Miyan se soltó de la línea de salida y rápidamente dejó la típica confusión. Adoptó una posición interna y continuó jadeante, los flancos agitados bajo sedas verdes.

El coche estaba quieto, salvo por los tonos estruendosos del anunciador de radio que narraba la carrera desde una camioneta a unos cinco metros de distancia, que también seguía a los camellos.

Conforme se acercaba la mitad de la carrera, Mohamed tomó un transceptor, recargó la cara contra la ventana y empezó a cloquear.
No eran palabras –ni en árabe ni en ningún otro idioma– sino más bien un murmullo, un ruido gutural, como el que uno podría usar para convencer a un perro vacilante. Mohamed repitió el sonido una y otra vez, y Miyan, que se encontraba a por lo menos 18 metros de distancia, respondió avanzando un poco.

“Bien”, dijo suavemente Mohamed a su amigo. “Está funcionando el robot”.

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carreras de camellos

Los deportes son importantes en esta región, tanto en los Emiratos Árabes Unidos –donde hay patrocinios de mucho dinero y actividades de la más alta calidad en todo, desde críquet y futbol, hasta rugby y golf –, y en otros países, como Qatar, que será anfitrión del campeonato mundial de atletismo en 2019 y de la Copa del Mundo 2022. No obstante, si bien gran parte de la acción aquí sí dirige a la gente de fuera, hay por lo menos un aspecto de la vida deportiva que sigue siendo, principalmente, un juego local.

Las carreras de camellos, de una forma o de otra, han sido parte de la cultura árabe por generaciones, y algunos historiadores las rastrean hasta el siglo VII.

Se percibe a los camellos como criaturas magníficas en este país
(hasta hay concursos de belleza de camellos) y se ve a las carreras como una actividad unificadora, un deporte que une a las personas de todos los historiales, ya se trate de la realeza o de indigentes, de hombres de negocios o de obreros.

Las carreras en los Emiratos Árabes Unidos se hicieron más organizadas en los 1980 y 1990, cuando Zayed bin Sultan al Nahyan, el primer presidente de la federación, supervisó la construcción de diversas pistas de carreras.


CARRERAS DESATARON EL CRIMEN

A medida que las carreras se fueron haciendo más competitivas y que aumentó el premio en dinero, muchos dueños de camellos empezaron a usar a niños de bajo peso como jockeys, algunos muy pequeños, de dos o tres años, que importaban de países como Bangladesh, Afganistán, Pakistán y Sudán. 

Eran comunes las caídas y las lesiones graves. También el comercio, las permutas y el secuestro de niños jockeys, así como las acusaciones de maltrato físico y acoso sexual eran terriblemente frecuentes. En un momento, se estimó que se estaban usando a 40 mil niños en todo el Golfo Pérsico.


LA SOLUCIÓN: LOS ROBOTS

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Los horrores del tráfico humano dejaron una marca en el deporte que persiste aun ahora, 12 años después de que se prohibió oficialmente esa práctica en los Emiratos Árabes Unidos. Algunos dueños dijeron, en forma discreta, que todavía preferirían tener jockeys humanos
–aunque ninguno lo dijo en público– pero una mayoría, quizá por reconocer la inquietante percepción de hacer que los niños monten a los animales que miden casi dos metros de altura y pueden correr hasta 60 kilómetros por hora, elogiaron imperturbablemente a la tecnología que ahora se usa en forma generalizada: los robots.

Los primeros modelos de robots, que se produjeron por primera vez en el 2003, eran engorrosos y pesaban unos 13 kilómetros. En general, los camellos no respondían bien a ellos, y a los dueños los desalentó la dificultad de obtenerlos.

En los años que han pasado, la producción de los robots se ha vuelto más local y más simplificada. Ahora, los dueños de camellos pueden ir a diversas tiendas o mercados en los Emiratos Árabes Unidos para comprar los robots y sus accesorios que, incluso, pueden incluir sedas de lujo (los robots están hechos para que, en realidad, parezcan jockeys pequeños). La versión más reciente pesa sólo unos dos kilogramos.

EL DÍA DE LA CARRERA

La zona de espera detrás de la línea de salida en una pista de carreras de camellos es una reunión de personajes que caminan por todas partes, algunos vestidos con túnicas, algunos con pantalones, algunos llevan a los camellos, algunos hablan con los robots, o, más bien, por ellos.

Hay dueños, entrenadores, jinetes de entrenamiento y manejadores. Es muy raro que haya seguidores o turistas. Cuando Mohamed y su amigo seguían a Miyan esa mañana, lo hicieron frente a una tribuna vacía en Al Wathba. Esto no es poco común, ya que no se permite apostar en las carreras de camellos en los Emiratos Árabes Unidos. Así es que a menos que se dispute una carrera particularmente grande –una con la que se concluya la temporada tiene un premio de un millón de dírhams (272 mil dólares) para el primer lugar– por lo que las partes interesadas, incluidos los jeques, prefieren, en general, verlas por televisión.

En un día de carreras, se colocan en fila a los camellos en la zona detrás de la línea de salida y esperan la suya, arrodillados en la arena mientras sus entrenadores los ensillan con el jockey robot y vuelven a revisar el fuete y el transceptor. La duración de la carrera depende de la edad de los camellos, pero, a diferencia, de la acción en un hipódromo, las carreras son casi continuas. No hay pausas ni recesos entre carreras. Tan pronto como un grupo cruza la meta, el otro se reúne en la salida; luego, levantan la reja y empieza la siguiente carrera.

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Durante la carrera, la banda sonora es una mezcla de cláxones de coches –los dueños pitan a sus camellos por razones que batallan para articular– y porrazos fuertes, que es el sonido que emite el látigo de los robots al golpear contra las ancas del camello. Observando a Miyan, Mohamed esperó hasta que la carrera llevaba casi una tercera parte para empezar a usar el fuete, alternando con los murmullos guturales a través del transceptor y con un control remoto habilitó unos pequeños estallidos en la parte trasera.

Miyan empezó a apagarse. Cuando los camellos daban la última vuelta, Mohamed presionó el botón del látigo unas cuantas veces y emitió unos graznidos desesperados por el aparato, pero no hubo golpe ni estallido.
Suspiraron su amigo y él.

Miyan se movía con pesadez, un poco de espuma le salía del hocico al llegar dando saltos a la meta.

“Estoy decepcionado”, confesó Mohamed. “Es tan mediocre”.

Miyan llegó en séptimo lugar, bueno para unos 2 mil 500 dólares. Cuando cruzó la meta, los manejadores le quitaron el robot y la silla
–se selecciona a unos camellos y a su equipo para hacerles pruebas después de la carrera y asegurarse de que no se utilizaron drogas ni sustancias artificiales– y la condujeron por la reja. Si hubiese terminado en uno de los tres primeros lugares, le habrían frotado la cabeza y el cuello con azafrán dorado, una especia sagrada, en demostración de honor. Este día, simplemente, fue a la zona de espera para tranquilizarse.

Mohamed y su amigo descansaban en el vehículo todo terreno comentando la carrera de Miyan y quejándose por su desempeño. Después de unos momentos, el amigo aceleró y Mohamed se acomodó en el asiento.

Empezaba otra carrera, otra oportunidad. Levantaron la reja. Los camellos salieron disparados de la línea de salida. Rugieron los motores y los vehículos todo terreno avanzaron dando tumbos, mientras sonaban los cláxones y chillaban los neumáticos al perseguir a los robots entre una delgada capa de neblina matutina.

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