New York Times Syndicate

Refugiados descubren dos Estados Unidos: uno que odia, y uno que cura

Ra’ad Lalqaraghuli, un iraquí de 43 años, llegó a los Estados Unidos con su mujer y cuatro hijos huyendo de las amenazas del Estado Islámico por trabajar con los estadounidenses. Sin embargo la victoria de Trump les han traído sin sabores. 
Adeel Hassan
02 diciembre 2016 16:2 Última actualización 04 diciembre 2016 5:0
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Ra’ad Lalqaraghuli vive con su familia en Maryland. (NYT)

DUNDALK, Maryland.-  Ra’ad y Hutham Lalqaraghuli ya no están seguros de cuál Estados Unidos son parte.

¿Es el país del odio que los enfrentó unas semanas antes de la elección presidencial, cuando alguien dejó una nota en su puerta que decía: “Terroristas Váyanse nadie los quiere aquí”?

¿O es el país generoso de extraños acogedores que escucharon su odisea y les llenaron de regalos y tarjetas con mensajes positivos?

El triunfo del presidente electo Donald Trump ha intensificado su latigazo. Después de un año en los suburbios de Maryland, tras llegar con sus cuatro hijos como refugiados procedentes de Irak, se encuentran comparando las amenazas de las que huyeron con las que podrían seguir surgiendo.

 No durmieron la noche de la elección, después de ver la cobertura televisiva de los resultados.

Están “muy asustados y preocupados”, dijo recientemente Ra’ad Lalqaraghuli. “No sabemos que significará esto”.

Su confusión, y la respuesta dividida a la presencia de la familia aquí, refleja la experiencia de muchas otras familias de refugiados y estadounidenses musulmanes. En los últimos días, incluso mientras activistas reportaban un pronunciado aumento en los ataques y actos de intimidación contra afroamericanos, musulmanes e inmigrantes _ y contra mujeres que usan hijabs _, muchos de esos episodios han sido seguidos por actos públicos de apoyo y solidaridad.

Actos de odio e intimidación, según el Centro Legal de la Pobreza Sureña, ocurrieron en todo Estados Unidos durante la campaña, y aumentaron significativamente desde que Trump fue declarado presidente electo. Pero la vacilación entre la aceptación y el rechazo puede ser particularmente confuso para los recién llegados como los Lalqaraghuli.

Su nueva casa en Dundalk es un suburbio de Baltimore, una de las muchas comunidades de clase obrera donde las batallas en torno a la identidad de la nación se han vuelto más intensas. Alguna vez fue un animado centro de obreros que laboraban en las plantas de Bethlehem Steel, General Motors y otros gigantes manufactureros. Ahora está dominado por centros comerciales.

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Ra’ad Lalqaraghuli dijo que inicialmente se sentía ansioso de llamarle hogar.

“Cuando llegué a Estados Unidos, estaba muy feliz”, dijo Lalqaraghuli, de 43 años de edad. “Es mi país soñado para mis hijos”.

Ha tenido experiencias con los estadounidenses antes. Graduado de la Universidad de Mosul, en 2004 empezó a trabajar como ingeniero de grupo para contratistas estadounidenses y los Cuerpos de Ingenieros del Ejército de Estados Unidos para ayudar a reconstruir su país tras la invasión estadounidense.

Un ascenso a gerente de proyecto en 2009 lo llevó a supervisar la construcción de plantas de tratamiento de aguas y varias escuelas en Bagdad y dos ciudades al sur de la capital, Nasiriya y Basora.

Pero su trabajo para los estadounidenses también le atrajo la atención no deseada de grupos terroristas. Pasó un invierno durmiendo a la intemperie en el bosque, tratando de ocultarse, mientras su esposa e hijos permanecían con la familia de ella.

Los militantes del Estado Islámico secuestraron a dos de sus hermanos menores y un hermano mayor en su lugar. “Dijeron: ‘A cambio de ti, los regresaremos’”. Él y su padre no les creyeron, y los tres hermanos fueron asesinados.

Su trabajo a nombre del gobierno estadounidense los hizo a él y a su familia elegibles para la protección humanitaria bajo visas de inmigrantes especiales.

Abogados en Nueva York apoyaron su solicitud, y obtuvo la aprobación rápidamente. Luego, el año pasado, una milicia hizo volar en pedazos la casa de la familia.

“Perdí todo”, dijo Lalqaraghuli.

En el aeropuerto de Bagdad, en camino a Estados Unidos, seguía preocupado de que lo estuvieran siguiendo. Todo lo que tenía era su boleto de avión, su pasaporte, 100 dólares y su esposa y cuatro hijos.

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Betsy Fisher, la subdirectora de política del Proyecto Internacional de Asistencia a Refugiados con sede en Nueva York, que reubicó a la familia, dijo que se sentía consternada por enterarse de su nueva ansiedad, especialmente después de los muchos intentos contra la vida de Lalqaraghuli durante muchos años por parte de diferentes grupos en Irak.

“La gente que entra en este país como refugiados está huyendo del terrorismo”, dijo. “No pueden vivir en un país con violencia”.

Y al referirse sobre el mensaje pegado en la puerta de la familia, dijo: “Una nota como esta no solo es horrorosa, también debería ser profundamente vergonzoso para todos los estadounidenses que esta familia sea amenazada, porque la razón de que estén en este país es porque él prestó servicio a nuestro país”.

Activistas _ como el Consejo sobre las Relaciones Estadounidenses-Islámicas, que está ayudando a la familia _ dicen que muchas familias de refugiados se muestran renuentes a presentar denuncias cuando se vuelven víctimas de crímenes de odio porque temen una reacción negativa mayor.

Pero después de que apareció la nota _ con un burdo dibujo de una mujer con hijab _, Lalqaraghuli notificó a la policía, informando a un agente en el vecindario que resultó estar en patrullaje a pie cerca de su departamento.

La policía dijo que la nota había sido escrita por una vecina de 14 años de edad, y que los agentes habían hablado con ella y sus padres pero decidido que no se había cometido ningún delito.

La familia de la vecina no respondió a un mensaje solicitando comentarios.

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Criminal o no, el episodio fue suficiente para producir una respuesta; un esfuerzo por contrarrestar la intolerancia.

Alta Haywood, una maestra retirada que vive en Perry Hall, Maryland, envió a la familia una enorme canasta de fruta e incluyó una nota que decía en parte: “Espero sinceramente que otras personas en el área les demuestren que pueden ser amables y tolerantes”.

Otra persona que envió un regalo, la doctora Lindsay Fitch, dijo que la noticia de lo que había sucedido a la familia “me llegó más personalmente”. Mientras hablaba con sus dos hijos al respecto, dijo, decidió enviar a la familia el más estadounidense de los gestos de bienvenida: un pay de manzana y un pay de calabaza horneados en casa.

Incluyó en su tarjeta una fotografía de su familia y una invitación a que las familias se reunieran. “Quisiera darles la bienvenida al área de Baltimore”, escribió. “Hay muchas personas aquí que quieren darles la bienvenida con los brazos abiertos. Con suerte, encontrarán esa bienvenida. Recuérdenos cuando se topen con la fealdad”.

Lalqaraghuli, quien trabaja como chofer, dijo que apreciaba en gran medida las muestras de apoyo.

Pero después del triunfo de Trump, dijo, era difícil confiar en que la aceptación emergería como la fuerza dominante del país.

Faltó dos semanas al trabajo después de que dejaron la nota, porque dijo que sus hijos se sentían más seguros con él cerca. El más pequeño, Abdullah, de cinco años, ya no duerme en su propia habitación. Se queda con sus padres.

“Porque vio cuando las milicias llegaron a mi casa, llegaron con las armas”, dijo Lalqaraghuli.

Se estaba refiriendo a su vida en Bagdad. Pero tan pronto como sea posible, dijo, su familia estará buscando mudarse de Dundalk y empezar de nuevo en otra ciudad o estado.

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