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Louvre se renueva para ‘pensar en el visitante’

Casi 67 millones de dólares se han gastado para transformar el Museo del Louvre en una experiencia más cómoda. Jean Luc Martinez, presidente de este espacio parisino, está decidido a enfocarse en los visitantes, la mayoría de ellos extranjeros.
The New York Times
27 diciembre 2014 18:53 Última actualización 28 diciembre 2014 18:23
Louvre (NYT)

Louvre (NYT)

El ascenso, como de cuento, de Jean Luc Martinez comienza donde creció, en un suburbio parisino, dominado por unidades habitacionales de interés social. Termina muy adentro del opulento palacio del Museo del Louvre, donde planea lo que llama una “petite révolution”.

Martinez, de 50 años, hijo de un cartero, presidente del Louvre desde abril del 2013, se moviliza rápidamente para dejar una marca democrática en el real bastión, que tiene la mayor cantidad de visitantes de cualquier museo del mundo, 70 por ciento de los cuales corresponde a turistas extranjeros.

Se está realizando una renovación de dos años, de 53.5 millones de euros (casi 67 millones de dólares) en la amplia área de recepción, debajo de la pirámide de vidrio de I.M. Pei, donde desembocan las largas filas de visitantes a un espacio abierto y caótico que Martinez equipara con un ruidoso aeropuerto, donde la gente se desorienta y se pierde.

También está renovando las herramientas narrativas básicas del museo: casi 40 mil letreros, textos en las paredes, señalizaciones y símbolos que ahora explican sus tesoros en francés. El plan es hacer que sean más legibles y concisos, en inglés y español para la gran mayoría de visitantes que buscan los guardarropas o a la Mona Lisa en la extensión de un museo que data de 1190, cuando era una fortaleza del rey Felipe II.

En el pasado, los museos atendían a los visitantes instruidos en historia del arte, con información detallada, como un libro con “capítulos, títulos, párrafos”, comentó Martinez, quien daba zancadas vestido de traje y corbata oscuros, pasando por un centauro de mármol y una Galatea herida, de alabastro, en una galería donde, alguna vez, un rey del siglo XVII repartía órdenes. “Nuestro museo no es un libro. Es algo físico. Es necesario cambiar las cosas para tratar de incrementar la comprensión de nuestro arte”.

Su estrategia de “pensar en el visitante” también refleja una tendencia museográfica hacia la creación de narrativas que son más relevantes para los cambiantes grupos demográficos. A medida que los museos importantes se esfuerzan por ser más parte de la corriente principal y menos elitistas, la mayoría de los nueve millones de visitantes del Louvre tienden a ser primerizos y novatos en el arte, y Martinez busca formas de hacer que su experiencia sea más significativa.

“Para casi todos, los museos son espacios aterradores”, señalò James M. Bradburne, el director del Palazzo Strozzi en Florencia, quien ha dado conferencias en muchas partes sobre cómo los museos pueden hacer participar al público en forma más efectiva. “Es como llegar a un ciudad por primera vez. No hay letreros en cada punto. Es muy cierto que en el Louvre –y en cada museo– informamos mal al visitante”.

La idea es ayudar a los primerizos a descifrar el código con información clara para interpretar un vasto tesoro que incluye a la Venus de Milo, la Victoria Alada de Samotracia y la colosal estatua de Ramsés II.

Martinez también está reduciendo las exposiciones temporales para abrir un espacio educativo para las obras de arte del Louvre agrupadas en torno a temas rotativos, como mitología y los orígenes de la civilización.

Martinez, un descendiente de inmigrantes españoles que llegaron hace cinco generaciones procedentes de Almería, en el sur de Andalucía, creció en Rosny-sous-Bois, un suburbio de clase trabajadora en el este de París. Dijo que él refleja la evolución demográfica. Su primera visita al Louvre fue durante una excursión de la clase de historia cuando tenía 11 años. Cuando regresó a su casa, contó, no les dijo nada a sus padres, quienes nunca lo habían llevado a un museo.

“Yo viví en un suburbio que era muy moderno y todo era nuevo”, recordó. “Y cuando llegué aquí, todo era antiguo. Imagínese para un niño, ver cinco siglos de arte, alguno tan antiguo de dos o tres milenios. En este espacio, sentí la profundidad de la historia humana”.

A la fecha, su padre de 82 años nunca ha visitado el Louvre, donde ha trabajado su hijo desde 1997 como curador y director del departamento griego, etrusco y romano del museo, antes de ser el presidente este año.

Es un perfil mucho muy distinto del de su aristocrático predecesor, Henri Loyrette, el hijo de un abogado que socializaba con ricos mecenas del arte, como el magnate del lujo francés François Pinault, y presidió la expansión del museo al satélite Louvre-Lens en el norte de Francia y el Abu Dhabi Louvre cuya inauguración está programada para finales del año entrante.

Y, desde la llegada de Martinez, algunos críticos lo han atacado en la prensa francesa, etiquetándolo de “anti-mondain”, incómodo en la alta sociedad, que descuida a los mecenas ricos en un momento en el que los museos franceses enfrentan reducciones en los subsidios del Estado. El Louvre, con 2 mil 100 empleados, recibirá 102 millones de euros (127 millones de dólares) en fondeo estatal el año entrante, pero su renovación se financia con dinero que proviene del satélite en Abu Dabi, en los Emiratos, que pagan al Louvre 400 millones de euros solo por usar el nombre.

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Museo del Louvre

Martinez se mofa de las críticas diciendo que los patrocinadores son vitales para la estrategia del museo. Sin embargo, señaló que es evidente que sus antecedentes familiares influyen en su misión de “buscar a nuestro público, hacer más abierto nuestro museo, más fácil de comprender y de tener acceso a él”.

Probó la experiencia de ser turista en el Louvre el año pasado. Su espera en la fila fue de más de dos horas y media, contó, una molestia que pretende reducir al ampliar los accesos de tres a cinco. Eso permitirá al Louvre controlar los altibajos del tráfico, así como facilitar la circulación en la gran entrada al reorganizar los módulos de información y los mostradores de boletos en una forma más lógica.

Sin embargo, en tanto museo global, reconoce que hay límites, como la sobreabundancia de muchedumbres que toman autofotos alrededor de la Mona Lisa.

“No hay milagros”, aseguró Martinez, y añadió que pretende guiar el tráfico a otra parte, desviando hacia un espacio educativo con exposiciones itinerantes a algunos de los más de 850 mil alumnos franceses que visitan anualmente.

Su nueva estrategia tocó un punto sensible entre los visitantes que padecen la ansiedad de perderse en el Louvre.

“No pudimos encontrar las pinturas de Miguel Angel”, comentó Berke Erat, de Turquía. “De hecho, parecía que estábamos en 'El Código Da Vinci’”.

Naama Barel, de 27 años, de Israel, volvió por el mismo camino. “Realmente me deprimí por no haber tomado la audioguía porque todas las descripciones están en francés. Aparte de eso, fue asombroso”.
Cuando Martinez camina con pasos largos por el Louvre, se convierte en el catedrático en arqueología que fue alguna vez, señalando las deficiencias.

“Mire esto”, dijo al hacer una pausa para mirar un letrero. “Está en inglés con una letrita pequeña. ¿Quién puede leer esto? ¿Quién?”.
Parte de su trabajo será atraer a más visitantes franceses, cuyos números han estado bajando, en particular de los jóvenes, como Kimberly Sebas, de 18 años, estudiante de moda, quien describió al Louvre como un laberinto.

“No es fácil encontrar el camino”, comentó. “Es realmente grande y realmente difícil, y sin nuestro profesor, nos perderíamos”.
Expertos reconocen a Martinez.

“Una institución importante como el Louvre tiene tal impulso organizativo, político e histórico que es como mover un supertanque”, dijo Bradburne, quien notó que la nueva ala de artes decorativas del siglo XVIII del Louvre es confusa porque es difícil decir si los objetos eran antiguos o de factura reciente.

“Al intentar esto, Jean Luc Martinez es un héroe”, afirmó. 

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