New York Times Syndicate

Los tecnócratas
más jóvenes

Ryan Orbuch fue a la South by Southwest Interactive, la conferencia sobre tecnología en Austin para presentar la aplicación “Finish” que construyó junto con Michael Hansen que ayuda a las personas a dejar de posponer las cosas.
Matt Richtel
16 marzo 2014 15:18 Última actualización 27 marzo 2014 17:0
chavos.

Están entre los muchos adolescentes con mentalidad de emprendedores y habilidades tecnológicas. (New York Times)

ESTADOS UNIDOS.- Ryan Orbuch, de 16 años, empujó una maleta a la puerta de entrada, en la casa de su familia, en Boulder, Colorado, un viernes por la mañana de hace un año. Se dirigía a la parada del autobús, luego al aeropuerto y luego a Texas.

“Me voy”, le dijo a su madre. “No me puedes detener”.

Stacey Stern, la madre, se preguntaba si él tenía razón. “Pensé por un momento: ¿hago que lo aprehendan en la salida?”.

Sin embargo, la verdad es que sentía que había entrado en conflicto. ¿Debería detener a su hijo y evitar que saliera en su primer viaje de negocios?

Ryan iba al South by Southwest Interactive, la conferencia sobre tecnología en Austin. Ahí, planeaba presentar una aplicación que habían construido un amigo y él. Llamada “Finish”, está orientada a ayudar a las personas a dejar de posponer las cosas y estaba en su punto máximo en el sitio número uno en la categoría de productividad en la tienda Apple App. Ryan también estaba ansioso por ir porque, como lo expresó:

“Había gente realmente de información, y realmente me gusta la densidad de la gente inteligente”.

A Stern le encantaba la pasión de su hijo, pero le dijo que podía ir a Austin solo si terminaba el trabajo escolar que había dejado de hacer por terminar la aplicación. Sin embargo, Ryan no cumplió con eso y, como los padres cansados de pelear en todas partes, lo dejó ir de cualquier forma.

Ryan tiene 17 años ahora y cursa el último año del bachillerato en Boulder. Está entre los muchos adolescentes con mentalidad de emprendedores y habilidades tecnológicas, que se esfuerzan por hacer grandes negocios.

Su trabajo es posible por las herramientas gratuitas o de bajo costo para hacer aplicaciones o diseñar juegos, y los animan las compañías de tecnología y adultos en el campo que los exhortan a acelerar su transición al mundo real, a veces, con apoyo financiero.

Este aumento en la innovación y el espíritu emprendedor juveniles parece no tener precedente, dijo Gary Becker, un economista y laureado con el Nobel, de la Universidad de Chicago.

Becker evalúa este tema desde un punto de vista particularmente íntimo. Su nieto, Louis Harboe, de 18 años, es amigo de Ryan, un adolescente tecnológico que hace parecer a éste como una flor tardía. Louis, se pronuncia Lui, consiguió su primer trabajo independiente a los 12 años, diseñando la interface para un juego de iPhone.

A los 16, Louis, quien vive en Chicago con sus padres, aceptó una pasantía de verano en Square, una compañía de pagos en línea y móviles en San Francisco, ganando mil dólares semanales más un estipendio de mil dólares para vivienda.

Ryan y Louis, quienes se conocieron en línea en la red informal de jóvenes desarrolladores, estuvieron juntos en marzo, en South by Southwest en Austin. También esperan tener noticias de universidades a las que presentaron solicitudes en el otoño; parte del universo paralelo en el que también viven, el tradicional con calificaciones y exámenes, y responsabilidades de adolescentes.

Sin embargo, a diferencia de sus pares, para quienes la educación superior es un centro singular, ellos han ponderado si siquiera quieren ir.

Becker, quien estudia macroeconomía y educación, le ha dicho a su nieto: “Ve a la universidad. Ve al a universidad”. La universidad, le dice, es el paso claro al éxito económico. “La evidencia es abrumadora”.
Sin embargo, la idea del “hazlo ahora”, evangelizada en el púlpito digital, puede parecer más inmediata que el empirismo académico.

"La universidad no es un prerrequisito”, dijo Jess Teutonico, quien maneja TEDxTeen, una versión de las pláticas y conferencias TED para jóvenes, en las que habló Ryan hace unas semanas. “Estos chicos están motivados para hacerse cargo del mundo”, comentó ella. “Necesitan que sea rápido. Necesitan que sea ahora”.

PROCRASTINACIÓN PRODUCTIVA

Ryan y su socio de negocios, Michael Hansen, de 17 años, se conocieron en séptimo grado. Cada uno tenía un lagarto como mascota y les gustaban las computadoras. Eran como nerds pero sin serlo; y se complementaban: Michael es preciso y, como su corte de cabello al ras, nada llamativo.

En la sociedad, él es el programador. Ryan tiene mucha energía; habla con tuits verdaderos, estallidos hábiles de ocurrencias hipercasuales, espolvoreadas con lenguaje vernáculo. Sin embargo, Michael y Ryan compartían un objetivo: “Desde la secundaria”, dijo Michael, “queríamos hacer una aplicación”.

Ryan estudiaba para las finales del décimo grado en diciembre de 2011 cuando pensó: me gustaría que hubiera algo que me ayudara a dejar de posponer las cosas. Entonces, procrastinó bosquejando el diseño de una aplicación de lista de pendientes que permitiera meter tareas en tres marcos temporales: corto, mediano y largo plazos. La idea era ayudar a la gente a priorizar y no sentirse abrumada.

Le envió por texto el dibujo en bruto a Michael. Para ese marzo, cuando ambos tenían 15 años, “tuvimos nuestro primer modelo a escala”, contó Ryan. Para junio, trabajaban horas diarias, puliendo el diseño, y Michael escribía miles de líneas de código usando Objective-C, un lenguaje informático que aprendió en clases en la red. Ryan pulió el diseño y estableció los contactos.

El 15 de enero de 2013, el día previo al lanzamiento de la aplicación, Ryan se trasnochó por primera vez enviando notas de publicidad a TechCrunch, Forbes y otras agencias de noticias. En cuestión de días, la aplicación, con un precio de 99 centavos de dólar, era la número uno en ruta a tener 50 mil descargas pagadas. Después de que Apple se quedó con su 30 por ciento, los chicos se dividieron cerca de 30 mil dólares.

La dedicación de Ryan le costó en las calificaciones. La primavera anterior, había sido un estudiante casi de puras A; el otoño anterior al lanzamiento, ocupado con el negocio, obtuvo cuatro B y dos C.

EL PRIMER EMPLEO A LOS DOCE AÑOS

De niño, a Louis le encantaba dibujar y a los 10 años, se metió en el Photoshop. Armó un portafolio de diseños con íconos para usar en lugar de los informáticos para el escritorio en las computadoras; los compartió en su sitio web y en Twitter, buscando retroalimentación de diseñadores y desarrolladores.

No reveló su edad; su imagen en el perfil en línea era una carita sonriente. “No quieres decirles a todos que tienes 11”, dijo, “porque nadie te contrataría”.

Su primer empleo fue diseñar la imagen para un rompecabezas. Se llevó una semana de trabajo. El fabricante de juegos preguntó a Louis cuánto cobraba. Sin embargo, tenía 12 años. No tenía ni idea. “Um”, recuerda Louis que se detuvo. “¿150 dólares?”.

“Les dijo. '¿Qué tal un poco más porque realmente me caen bien?'”. Louis consiguió 350 dólares.

Consiguió un puñado de esos trabajos y preguntas por correo electrónico sobre empleos de tiempo completo, incluido el interés de Mozilla y Spotify cuando tenía 14 años. Al año siguiente, le llegó un correo electrónico de un buscador de talentos de Apple. En esa ocasión, Louis dijo su edad y recibió esta respuesta: “Eres el segundo estudiante de secundaria al que le mando un correo electrónico. ¿Qué les enseñan en educación media hoy día?”.

En el verano posterior al décimo grado, Square, la compañía de pagos, lo contrató; dice que oyó los predecibles “chistes sobre la ley de trabajo infantil”. Lindsay Wiese, una portavoz de Square, dijo que su programa de pasantías se centra en el “talento, no en la edad”, y que busca dirigentes como Louis, que aportan diversidad de perspectivas.

En San Francisco, Louis veía a tecnos que no iban a la universidad o se habían salido, y les iba muy bien en la vida real. De regreso en Chicago, su papá sugirió que Louis presentara solicitud en la Universidad Carnegie Mellon y recordó que su hijo dijo: “¿Quieres que vaya a dónde; a Pittsburgh?”.

EN ESPERA DEL FUTURO

“Me da miedo que mis padres tuvieran razón cuando querían que me concentrara totalmente en la escuela, pero creo profundamente que he hecho lo correcto”.

Ryan escribió en su solicitud para obtener la beca Thiel, en respuesta a una pregunta sobre las verdades importantes en su vida. También presentó otras 11 solicitudes, incluida una para Stanford, la universidad de sus sueños. Sus calificaciones, no obstante, habían bajado todavía más; en otoño pasado, recibió dos D.

La solicitud a Thiel, que otorga anualmente 100 mil dólares a 20 jóvenes para que sigan innovaciones o negocios, era para algo que denomina “fixschool.org”, un concepto para inspirar y motivar a los estudiantes “en formas que nunca antes habían sido posibles” con tareas del mundo real en comparación con las tareas escolares.

No tiene claro lo que hará después. Depende, dijo, de a dónde pueda ingresar. Entre tanto, Michael y él siguen avanzando con “Finish”.

En las últimas semanas, la relanzaron como aplicación gratuita – pero con funciones pagadas para agregar – y hubo más de 50 mil descargas nuevas en solo 48 horas.

Louis está comprometido con la universidad, un punto de vista que consolidó en el otoño, en parte, al presenciar la experiencia de amigos en el mundo laboral. “Sus publicaciones en Facebook son sobre el trabajo”, dijo. “Su vida no parece tan interesante”.

Hubo otro jalón a la realidad. En el verano, después de pasar la mayor parte de un año diseñando una hermosa aplicación para mostrar las tendencias cambiantes, Apple cambió las especificaciones para el diseño y Louis tuvo que desechar su proyecto.

Así es que, en otoño, se tomó un descaso del pesado trabajo de diseño – aunque todavía quiere que sea una gran parte de su vida y planea desarrollar aplicaciones en la universidad – y tomó la guitarra de su papá y se enseñó a tocarla. Presentó solicitud para Carnegie Mellon. También lo hizo para el Tecnológico de Georgia, sin intervención de sus padres. “Quiero divertirme”, dijo Louis. “Todavía me siento como un niño; más o menos”.

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