New York Times Syndicate

Los 500 sobrevivientes de la fabricación de kimonos

Los kimonos de Amami Oshima son famosos por el método tradicional en su elaboración cuyo proceso que puede tomar un año, sin embargo hoy en día registran un desplome en la demanda.
New York Times
27 febrero 2015 17:53 Última actualización 01 marzo 2015 5:0
kimonos Japón (New York Times News Service)

Los kimonos de Kazuhiko Kanai pueden llegar a costar más de 10 mil dólares por pieza (New York Times News Service)

AMAMI OSHIMA, Japón.– Kazuhiko Kanai usa el método tradicional para teñir los elegantes kimonos por los cuales es famosa esta pequeña isla semitropical: Lleva un fardo de seda blanca pura a un arrozal cercano y lo arroja en el lodo.

Kanai es uno de los últimos practicantes de un método conocido como “dorozome”, o “teñido con lodo”, que usa el suelo rico en hierro de la isla para volver a la seda del color del chocolate más oscuro. Este es solo un paso en un elaborado proceso de producción que puede tomar un año para producir un kimono con la seda más lustrosa y los diseños más intrincadamente tejidos en todo Japón. En una nación que estima su forma tradicional de vestir como un arte elevado, los kimonos de Amami Oshima llegan a ser algunos de los más preciados de todos ellos, alguna vez capaces de alcanzar más de 10 mil dólares por pieza.

Pero esos días de apogeo han terminado, a medida que un giro hacia las modas occidentales y la prolongada crisis económica de Japón han llevado a un desplome de la demanda, especialmente para los kimonos de lujo.

En Amami Oshima, la producción ha caído tanto en las últimas décadas que solo 500 personas en una isla de 73 mil residentes siguen empleadas de tiempo completo en la producción de kimonos, y muchas de ellas tienen más de 70 u 80 años de edad. Eso es un gran descenso respecto de las 20 mil personas de hace una generación, según la Asociación de Tsumugi de Amami Oshima Auténticos, la unión de productores de kimonos de la isla.

La unión dice que la producción de seda para kimonos de la isla se ha desplomado de manera similar, de lo suficiente para hacer 284 mil 278 kimonos durante el apogeo del auge de la posguerra en 1972, a lo suficiente para solo cinco mil 340 kimonos el año pasado.

Amami Oshima ha caído más duramente que la mayoría de los centros de producción de kimonos famosos de Japón, arrastrado por una compleja red de mayoristas, intermediarios y minoristas especializados que distribuyen y venden los kimonos de la isla. Aunque este sistema anticuado alguna vez benefició al remoto sur de la isla cerca de Okinawa al distribuir sus kimonos al resto de Japón, los isleños dicen que ahora se ha vuelto una carga, que mantiene a los kimonos prohibitivamente caros mientras hace bajar los salarios.

Sin embargo, las viejas costumbres han probado ser difíciles de desechar, pese a una creciente sensación de crisis. A muchos les preocupa que pronto queden muy pocos isleños con las habilidades para sostener cada uno de los 30 pasos separados necesarios para producir uno de los kimonos.

“Si perdemos a un eslabón de la cadena, perdemos nuestra habilidad para hacer kimonos”, dijo Kanai, de 56 años, quien es dueño de un taller de madera y piso de tierra donde la seda es teñida en burbujeantes calderos de hierro y luego colgada del techo para que se seque. “Si ya no podemos hacer kimonos, ¿qué quedará aquí?”.

Kanai dice que el proceso de teñido en lodo toma más de un mes, ya que la tela primero se colorea de bermellón con un tinte natural hecho de la pulpa de un ciruelo local. Obtener el tono correcto de rojo requiere repetir el ciclo de teñido y secado de la seda 30 veces, dijo. Solo entonces la seda está lista para ser metida en el lodo negro, cuyo hierro reacciona con taninos en el tinte del árbol para crear el codiciado color café oscuro.

Ese no es el paso más elaborado. Aun antes de que la seda llegue al taller de Kanai, primero es tejido en un lienzo temporal como parte de un método único que los isleños han ideado para crear patrones minuciosamente detallados.

Después de que este lienzo temporal ha sido teñido en lodo, es desenredado a sus hilos de seda originales. Cada hilo coloreado ahora tiene miles de diminutos trozos blancos donde se traslapó con otro hilo, lo que bloqueó que el lodo lo tocara en ese punto.

Cuando los hilos son tejidos de nuevo en un nuevo lienzo por mujeres isleñas de dedos ágiles, revelan lentamente los patrones perfectamente formados que van desde asombrosas formas minimalistas hasta elaboradas escenas de huertos de bambú y cigüeñas volando.

“La tejedora tiene una responsabilidad enorme”, dijo Mifuko Iwasaki, de 70 años, quien ha estado enseñando a jóvenes isleñas cómo tejer estos patrones perfectamente alineados en telares de mano durante 35 años. “Si cometemos un error, deshacemos todo el duro trabajo de quienes pasaron tanto tiempo preparando este hilo”.

Iwasaki dice que cuando empezó a enseñar sus clases de un año, típicamente tenía 40 estudiantes, que eran atraídas por el hecho de que tejer ofrecía salarios más altos que la pesca, la agricultura y la explotación forestal, las otras industrias de la isla en ese entonces.

En estos días, dice que tiene suerte de recibir a más de dos o tres estudiantes, porque el tejido ya no se paga tan bien. Cada uno de la veintena de intermediarios en el engorroso sistema de distribución toma su tajada, haciendo más difícil reducir los precios al mismo ritmo que otros artículos en el deflacionario Japón. Peor aún, la carga de las reducciones de precios que inevitablemente se han hecho recae en los teñidores y las tejedoras de la isla. Como resultado, aunque un kimono nuevo de Oshima puede costar aún entre tres y seis mil dólares en Tokio, las tejedoras dicen que tienen suerte si reciben más de 400 dólares por el trabajo agotador de un mes. Otros artesano en el proceso de producción reciben incluso menos.

Sin embargo, los isleños dicen que se sienten renuentes a eludir al anticuado sistema de distribución, diciendo que se sienten atados por compromisos que datan de generaciones y el temor al cambio. Esto les convierte en un microcosmos de Japón en general, que ha sido lento en renunciar a su obsoleto modelo económico de posguerra pese a años de estancamiento.

“Es irónico que ya no podamos ganar lo suficiente produciendo algo tan caro”, dijo Shigehiko Furuta, de 67 años de edad, quien usa plumas de colores y papel cuadriculado para diseñar los patrones minuciosamente detallados.

Shinichiro Yamada, de 83 año, el jefe de la unión de productores, dijo que los patrones ornadamente tejidos de la isla tienen sus raíces en la cultura colorida del reino de los Ryukyus, centrado en el Okinawa actual. Gobernaron Amami Oshima hasta principios del siglo XVII, cuando la isla fue conquistada por los samurái japoneses, que reclamaron los kimonos de la isla como tributo.

El teñido en lodo empezó cuando isleños desobedientes enterraron los kimonos en el suelo para ocultarlos, solo para descubrir al sacarlos de nuevo que los lienzos habían tomado un hermoso color oscuro, dijo Kanai, quien posee el taller de teñido en lodo.

Su hijo, Yukihito, ahora usa esas mismas técnicas de teñido centenarias para colorear nuevos tipos de artículos, incluidas playeras, jeans e incluso cuerpos de guitarra. Está experimentando vendiéndolos por Internet, para evitar al oneroso sistema de distribución.

“Necesitamos volvernos más como los artesanos en Europa o los artistas en Nueva York”, dijo Kanai hijo, de 35 años, quien afirmó que es uno de los pocos “sucesores jóvenes” en la industria del kimono de la isla. “Incluso las tradiciones tienen que evolucionar”.

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