New York Times Syndicate

Las canchas flotantes del Amazonas

Las casas de madera en Catalao flotan sobre los troncos de árboles caídos. Los coches se guardan en Manaus, al otro lado del río Negro. El cementerio también está allá. Y el futbol debe hacer sus propios acomodos.
The New York Times
12 julio 2014 17:7 Última actualización 13 julio 2014 5:0
Jóvenes y niños brasileños juegan en la terraza de un restaurante.

Jóvenes y niños brasileños juegan en la terraza de un restaurante. (Fotos: NYT)

CATALAO, Brasil.- En este pueblo flotante, solo hay una forma de circular. Los alumnos van a la escuela en lancha. Los pentecostales van a la iglesia en lancha. Los taxis llegan en barco. Hasta la cancha de futbol es, a menudo, una embarcación.

Hay tres canchas caseras en tierra, pero ahora están sumergidas por la inundación anual del río Negro que, cerca, se une con el Solimaes para formar el Amazonas. Si la portería de madera tuviera red, solo sería útil para atrapar peces en esta época del año.

Así es que improvisan los jugadores, jóvenes y adultos. Juegan futbol en un centro comunitario que tiene techo aunque no paredes. Juegan en la terraza de algún restaurante. Y juegan en un transbordador atracado, unos cuantos con chalecos salvavidas para amortiguar las caídas sobre la cubierta metálica y mantenerse a flote cuando sacan el balón del río.

“Tenemos que seguir jugando, divirtiéndonos, donde quiera que eso sea”, comentó Jailson da Silva de Souza, de 23 años, un cortador de madera en esta aldea de unas 100 familias, al otro lado del enorme río Negro, justo frente a Manaus, una de las 12 ciudades que son sedes de los partidos de la Copa del Mundo. “De otra forma, nos saldrá panza y a las mujeres no les gusta eso”.

Las casas de madera en Catalao flotan sobre los troncos de árboles caídos. Los pollos caminan sobre ellos y sobre tablones cuando se alejan de su corral flotante. Los coches se guardan en Manaus, al otro lado del río Negro. El cementerio también está allá. Y el futbol debe hacer sus propios acomodos. Durante años, dijeron lugareños, jugaron en un barco petrolero que estaba aparcado en el río Negro, hasta que lo vendieron y se lo llevaron.

“India lo compró”, dijo Alexandro Ferreira Viana, de 35 años, el organizador de las actividades futboleras en Catalao. “Oí decir que se hundió”.

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La pasión por el futbol es evidente en todo el pueblo. Camisetas de la selección de Brasil cuelgan de los tendederos. Banderines verdes y amarillos ondean en las verandas. En un salón de clases, cada integrante de la selección de Brasil en la Copa del Mundo está representado con una estrella en la bandera nacional.

Casas en el Amazonas

Geane de Sousa, de 27 años, dueña de una tiendita de conveniencia cerca de las canchas sumergidas, tiene el nombre de su equipo favorito, el Flamengo de Río de Janeiro, en el motor fuera de borda. Ondea la bandera de ese equipo cada vez que lanza su bote.

“Mi padre amaba al Flamengo, así es que yo también”, comentó De Sousa.

Además del futbol y la escuela, no hay mucho que puedan hacer los niños en la temporada húmeda, excepto volar pequeños papalotes, algunos hechos con bolsas plásticas del supermercado, las cuerdas enredadas alrededor de latas de refresco.

“No nos gusta el dominó ni los naipes”, señaló Ferreira Viana, el organizador del futbol. “Solo nos gusta el futbol”.

La cuenca del río Amazonas, el más grande del mundo, drena un área casi del tamaño de Estados Unidos continental. Y, dado que las casas, la escuela y hasta las canchas provisionales de futbol en Catalao están hechos para flotar, la inundación anual ha tenido, históricamente, un impacto relativamente mínimo. “Entre más alta el agua, estamos más cerca de Dios”, dijo Laércio da Silva, de 43 años, un carpintero.

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No obstante, en Catalao, los habitantes se han visto confrontados por los efectos de una tendencia reciente de inundaciones y sequías, cada vez mayores, en la cuenca amazónica. Un círculo blanco pintado alrededor de un árbol señala el nivel récord al que llegó el agua en la inundación de 2012.

Casas del Amazonas

La marca elevada en el río Negro este año fue la quinta más alta en más de un siglo de mediciones que se han hecho en el puerto de Manaus, poco menos de medio metro por debajo del récord de 2012 de 30 metros, contó Jochen Schöngart, un experto en modelos para predecir las inundaciones en el Instituto Nacional de Investigaciones Amazónicas.

Antes de la Copa del Mundo, fuertes lluvias causaron la inundación del aeropuerto de Manaus. Se declaró estado de emergencia local como medida preventiva, aunque no se afectó a ninguno de los cuatro partidos efectuados en Arena Amazonia.

Tres años consecutivos de inundaciones graves alrededor de Manaus siguieron después de que hubiera el nivel más bajo registrado en el río Negro en 2010, dijo Schöngart. A medida que los científicos estudian el impacto de la deforestación en la cuenca amazónica, así como el enfriamiento y el calentamiento del océano Pacífico, los patrones extremos que se han observado en los últimos 25 a 30 años plantean una importante pregunta sin respuesta, dijo Schöngart: “¿Estas tendencias en el cambio climático son inducidas por el hombre o se pueden explicar con la variabilidad natural?”.

En Catalao, los aldeanos dijeron que, ocasionalmente, las embarcaciones que pasan derriban postes de electricidad en los periodos de agua excepcionalmente elevada. Y si bien, en general, las canchas de futbol están disponibles más o menos la mitad del año, a últimas fechas, la tierra ha estado suficientemente seca solo para jugar entre cuatro y cinco meses.

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“No tenemos ningún lugar para que jueguen los niños”, observó De Sousa, la dueña de la tienda. “Están metidos en las casas, aburridos”.

Los más aventureros, no obstante, encuentran un partido en alguna parte.

Hace poco, en un día festivo escolar, siete niños jugaron en un pequeño piso de madera en el centro comunitario, que tiene techo, pero solo barandillas para mantener en juego el balón.

Casas del Amazonas

Los escritorios escolares estaban apilados en un rincón, encima de una polvosa mesa de billar. Un barrera de madera estaba colocada estratégicamente a lo largo de un hueco en la barandilla. Un pedazo de madera, largo y angosto, bloqueaba otra abertura.

Descalzos, los jugadores corrían con destreza alrededor de los postes que sostenían al techo, driblaban en forma experta en el estrecho espacio y lanzaban fuertes disparos contra las barandillas que servían de porterías. Cuando el balón caía al agua, lo que era frecuente, los jugadores lo atraían hacia ellos con un palo o, si se alejaba demasiado, la perseguían en una canoa.

Finalmente, no obstante, los jugadores se echaban alegremente al río para ir por la pelota. A medida que escurrían agua, el piso del centro se hacía tan resbaloso como una pista de hielo. Los jugadores se caían riendo mientras trataban de mantenerse en pie, a menudo, inútilmente.

“Me gusta aquí pero la tierra es mejor porque cuando te caes no te lastimas”, comentó Aldenei Texeira, de 14 años.

Cuando estaba por oscurecer, los adultos iban regresando de trabajar en Manaus y se cambió el partido informal a una terracita del restaurante Paracambi.

“Es como dos deportes en uno – natación y futbol”, dijo Raimunda Ferreira Viana, de 51 años, presidenta comunitaria y madre del principal organizador del futbol.

Hace cuatro o cinco años, el dueño de una constructora local empezó a ofrecer el uso de otras canchas improvisadas: transbordadores para transportar vehículos y equipo pesado por el río.

Se colocan pequeñas porterías en la terraza y algunos jugadores usan zapatos con tacos. Los partidos se realizan, en general, ya entrada la tarde porque la superficie de hierro puede ser abrasadora en el calor ecuatorial.

Un sábado reciente, se reunieron tres equipos de cinco jugadores en un viejo y oxidado transbordador, de unos 60 metros de largo y alrededor de 15 metros de ancho. Se usó una lata de gasolina abandonada para sacar el agua de lluvia de la cubierta.

Daniel Camilo Viana de 22 años, un cortador de madera, llevaba puesto un chaleco salvavidas. Si tenía que lanzarse al río Negro por el balón, comentó, “no quiero caer demasiado profundo”.

Gilcivane da Silva, de 24 años, un ama de casa que lleva apenas un mes viviendo en Catalao, jugó en el transbordador por primera vez y ganó tres partidos como defensa. “Muy bien”, dijo, pero nada de perseguir al balón hasta el agua. “Creo que algún animal me agarraría”.

No hay que preocuparse, dijo Ferreira Viana, la presidenta del centro comunitario. “Los caimanes no nos muerden”, dijo. “Somos amigos. Vivimos en las mismas aguas”.

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