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La ‘vida normal’ en una villa en la Antártida

En Villa Las Estrellas, en la Antártida, viven poco menos de doscientas personas; todas las transacciones se realizan con pesos chilenos y, al igual que tú, en este lugar pueden descargar apps para el iPhone. Así es la vida en la Antártida.
New York Times
23 enero 2016 19:20 Última actualización 31 enero 2016 5:0
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Antártida, (NYT)

VILLA LAS ESTRELLAS, Antártida.- Los niños de la escuela aquí estudian bajo un retrato de Bernardo O’Higgins, el líder de la independencia de Chile. El gerente del banco recibe depósitos en pesos chilenos. El servicio de telefonía celular de la compañía telefónica chilena Entel es tan poderoso que descargar aplicaciones de iPhone funciona como por encanto.

Los habitantes aquí dicen que pudiera ser cualquier aldea chilena. Excepto que Villa Las Estrellas está en la Antártida.

Menos de 200 personas viven en este puesto de avanzada fundado en 1984 durante la dictadura del general Augusto Pinochet, cuando Chile buscaba reforzar sus reclamos territoriales en la Antártida. Desde entonces, el diminuto caserío ha sido el centro de uno de los experimentos más notables de la Antártida: exponer a familias enteras al aislamiento y condiciones extremas en un intento por llegar a algo que se parezca a la vida normal en el fondo del planeta.

“Se pone un poco intenso aquí en invierno”, dijo José Luis Carillán, de 40 años de edad, quien se mudó a Villa Las Estrellas hace tres años con su esposa y sus dos hijos para ocupar un empleo de maestro en la escuela pública. Describió desafíos como caminar en medio de tormentas de viento castigadoras para llegar a la escuela oculta por montones de nieve, y soportar largos periodos con solo unas cuantas horas de luz solar cada día.

“Pero este lugar es único”, dijo Carillán. “Sólo pocas personas en la Tierra ponen un pie en la Antártida, y menos aún viven aquí por periodos largos”.

Estados Unidos, China, Rusia y la mayoría de las otras naciones con estaciones de investigación en la Antártida tienden a fruncir el ceño ante la idea de mandar a alguien, salvo investigadores y equipos de apoyo, al continente más frío y más ventoso del planeta. Pero Chile y un vecino en Sudamérica, Argentina, han tomado un camino raro para asentar sus reales aquí, nutriendo pequeños asentamientos antárticos que incluyen a familias con niños.

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Antártida. (NYT)


Argentina fundó su puesto de avanzada antártico incluso antes, en 1953. El asentamiento, en Graham Land en el extremo norte de la Península Antártica, lleva el nombre de Base Esperanza. También tiene una escuela, un cementerio e incluso una tropa de exploradores que afirman ser la que está más al sur del mundo. El lema de Base Esperanza resume lo que es que alguien se haya mudado a la Antártida: “Permanencia, un acto de sacrificio”.

Villa Las Estrellas, en las islas Shetland del Sur frente a la punta de la Península Antártica, ha surgido como un codiciado centro para los vuelos hacia un continente en cambio constante a medida que varias naciones impulsan su investigación científica.

La fuerza aérea chilena transporta a investigadores de varios países en aviones militares Hercules C-130 que hacen el viaje de tres horas a Punta Arenas, una ciudad de casi 125 MIL habitantes cerca del extremo sur de Chile, varias veces al mes. Un letrero en la base aérea cerca de Villa Las Estrellas señala que la ciudad de Iquique en el norte de Chile está a solo 4 mil 675 kilómetros de distancia.

La mayoría de los estudiantes en la pequeña escuela de la aldea, que generalmente llegan a menos de una docena, son hijos de oficiales de la fuerza aérea que opera la base; algunos de los padres dicen que la experiencia de aislamiento fortalece los lazos familiares. Que Villa Las Estrellas sea tan remota - su nombre evoca que la falta de la contaminación de luz artificial aquí mejora el avistamiento de los cielos - les sienta bien a muchos de los que viven aquí.

“La gente en el resto de Chile teme tanto a los ladrones que construye muros en torno a sus casas”, dijo Paul Robledo, de 40 años de edad, un electricista de Iquique. “No aquí en la Antártida. Este es uno de los lugares más seguros del mundo”.

Sin embargo, lo que Villa Las Estrellas gana como santuario contra el crimen, lo pierde en algunas otras comodidades.

Animales como los pingüinos Adélie y elefantes marinos pueden ser vistos alrededor de la aldea, pero los acostumbrados a la compañía de los perros no tienen suerte. Todos los perros están prohibidos porque podrían producir enfermedades caninas en la vida silvestre antártica.

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Antártida. (NYT)


Las familias de la fuerza aérea viven en pequeñas casas aquí, mientras que los investigadores se hospedan en el austero albergue operado por el Instituto Antártico Chileno, durmiendo en literas no diferentes a las que se encuentran en un portaaviones. Una mesa de ping-pong en la sala de estar ofrece algo de diversión. Toman sus alimentos juntos en un comedor estrecho.

Recientemente, el menú para el almuerzo era un plato que contenía puré de papas, pollo y carne molida, acompañado de un refresco de naranja Fanta. Para la cena ese día: lo mismo, aunque la Fanta fue reemplazada por Coca-Cola.

Después de que un científico chileno sugirió que podría necesitarse un nutriólogo aquí, Enrique Nicoman, de 59 años de edad y el cocinero de Villa Las Estrellas, puso en claro que esos comentarios no eran bienvenidos.

“No es que tengamos un mercado cerca con verduras frescas”, dijo Nicoman, quien trabajó durante años como cocinero en la Armada chilena antes de mudarse aquí. “Quiero decir, estamos en la Antártida, donde todo necesita llegar por avión o barco”.

Pese a los desafíos, muchos chilenos aún anhelan la oportunidad de vivir en Villa Las Estrellas. “Esta es una de las últimas fronteras del mundo”, dijo Macarena Marcotti Murúa, de 25 años, una veterinaria que llegó en noviembre para trabajar en la oficina postal.

Algunos se sienten atraídos aquí por una sensación de aventura, otros por los salarios más altos que en Chile para empleos comprables. Los residentes de Villa Las Estrellas parecen tener sus propias razones para mudarse a la Antártida.

“Tomo esto como unas vacaciones”, dijo Robinson Montejo, de 59 años de edad, el gerente, y único empleado, de la sucursal aquí del chileno Banco de Crédito e Inversiones. Inevitablemente, pasa mucho tiempo solo, esperando al cliente ocasional que viene del frío. “Este es el lugar ideal para tener un poco de paz y quietud”.

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