New York Times Syndicate

La nueva realidad fragmentada de Irak en el camino a Samarra

Irak actualmente es un mundo de milicias chiitas, donde muchos de los hombres que portan armas en nombre del gobierno apenas si tienen algunos vínculos muy tenues con las fuerzas de seguridad iraquíes.
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18 julio 2014 22:2 Última actualización 20 julio 2014 5:0
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La sociedad iraquí se encuentra divida en varios grupos los cuales luchan por dominar algunas zonas. (NYT)

La sociedad iraquí se encuentra divida en varios grupos los cuales luchan por dominar algunas zonas. (NYT)

SAMARRA, Irak.- Alrededor de 30 kilómetros más allá de la entrada norte a Bagdad, camino a la asediada ciudad de Samarra, sitio de uno de los santuarios más sagrados del islam chiita, el camino se vacía como si se hubiese puesto una barrera invisible.

A partir de este punto, los límites cambian constantemente y el control del gobierno iraquí se extiende sólo un poco más allá de la lateral del camino y, a veces, ni siquiera hasta allí.

La distancia de 120 kilómetros que hay entre Bagdad y Samarra sumerge al viajero en la nueva y precaria realidad de Irak. Es un mundo de milicias chiitas, donde muchos de los hombres que portan armas en nombre del gobierno apenas si tienen algunos vínculos muy tenues con las fuerzas de seguridad iraquíes. Y es un mundo donde los extremistas sunitas, que avanzaron hasta estar a 80 kilómetros de Bagdad en su primer arranque antes de perder impulso, es frecuente que estén a no más de unos cuantos kilómetros de distancia.

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SEÑALES DE SEGURIDAD O PELIGRO

Los viajeros deben interpretar signos que serían invisibles para un recién llegado: las banderas y los uniformes pueden significar seguridad o peligro.

“Está usted entrando en una zona álgida”, dijo un artillero en un retén cercano al pueblo de Balad, a unos 40 kilómetros al sur de Samarra.
Llevaba puestos pantalones cargo, camiseta, sombrero de la policía federal y chaleco para municiones. No había forma de saber para quién trabajaba, pero una bandera amarilla con letras verdes ondeaba en un camión picop estacionado cerca.

Era la bandera de Kataib al Hizbulá, una milicia entrenada y fondeada por Irán.

Las milicias chiitas marcan su presencia con banderas. En Dujail, al norte de Bagdad, está la bandera de Asaib al Haq: fondo blanco con un esbozo de Irak en verde, atravesado con un Kalashnikov y enmarcado por dos espadas.

Asaib al Haq se enorgullece de ser, quizá, la más dura de las milicias apoyadas por Irán. Como Kataib, sus combatientes, endurecidos por la lucha, ya que han peleado con las fuerzas del presidente Bashar Asad en Siria, y están mejor preparados para esta guerra que la mayoría de los demás. Más al norte, en los límites de Samarra, ondea la bandera de una nueva milicia organizada por el clérigo radical chiita Muqtada al Sadr, la cual tiene una paloma y su retrato.

Irak. (NYT)
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ZONA EXTREMADAMENTE VITAL

En el reverenciado santuario Askariya en Samarra están las tumbas de dos imanes chiitas, y los chiitas han jurado que lo van a proteger. El objetivo de los extremistas sunitas es destruirlo o dañarlo, como lo hicieron en 2006, lo que desencadenó una feroz matanza que duró hasta 2008.

En ese entonces, los chiitas, tras más de dos años de padecer los bombazos suicidas, se volvieron en contra de los sunitas. Fuerzas de seguridad occidentales dicen que la organización de los extremistas sunitas que dirige el asalto actual, el Estado Islámico de Irak y el Levante o ISIL, por sus siglas en inglés, espera que vuelva a suceder, así como atraer a su causa a la comunidad sunita más grande.

“Esta zona es extremadamente vital”, dijo el teniente general Sabah al Fatlawi, quien encabeza el Comando de Fuerzas Especiales de Samarra, el cual dirige los combates ahí y que hoy incluye a cientos, si no es que a miles de voluntarios y milicianos chiitas.

Si bien se ha hecho retroceder a los extremistas sunitas a las afueras de la ciudad, continúan lanzando proyectiles de mortero contra ella con la esperanza de dañar su magnífico domo dorado. Una descarga lanzada a principios de julio explotó justo a 15 metros de la entrada al santuario.

Irak. (NYT)
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NÚMERO CRECIENTE DE VOLUNTARIOS

Pasa una picop repleta de jóvenes en uniforme de combate beis. Si van armados, no se nota y su rostro de aspecto inocente sugiere que son voluntarios. Parecen terriblemente vulnerables en el transporte abierto.

En un año diferente, habrían sido jóvenes de excursión para disfrutar la sombra de los vastos palmares que flanquean cada lado de la carretera.

La ofensiva del ISIL y el subsecuente llamado a las armas por parte del gran ayatolá Ali al Huseini al Sistani, el principal clérigo chiita de Irak, conllevó un aumento en los voluntarios para el ejército iraquí y las milicias chiitas. A los voluntarios de esta zona se los entrenaba en un campo muy dentro de Balad, donde es escasa la electricidad y banderas negras o verdes – dos de los colores que es frecuente que prefieran los chiitas – cuelgan de rejas y ventanas.

El ánimo en el campo está crispado. A pesar del calor que debilita al alma, los voluntarios se alienaron en formación. Casi todos los 200 a 300 hombres consiguieron algo con aspecto militar para ponerse para el entrenamiento.

Apenas saliendo de Balad, hay señales de combates recientes por todas partes. Hay lugares en los que el pasto está negro y las carrocerías chamuscadas de los camiones yacen volcadas, como si las hubiese levantado y lanzado un feroz tornado. Con poca estabilidad, los retenes están ubicados en la mediana, son poco más que pequeñas torretas con un arma hasta arriba y los muros agujereados por las balas.

En esta zona, conocida como Ishaki, las banderas pertenecen a Kataib al Hizbulá. Cuando el coche se detiene en los retenes, hay silencio total en la carretera, excepto por el viento en los pastos altos y las palmeras. Las miradas cautelosas de los gatilleros y la falta de cualquier otro signo de vida dejan una sensación siniestra, como si todos estuvieran esperando, observando, temiendo que algo, alguien, todavía anduviera por allí.

Unos cuantos kilómetros más adelantes, se relaja el ambiente. Hay unas cuantas tiendas, se ven algunos melones bajo el sol, mientras el dueño está dentro de la suya. En una rotonda, unos 20 coches y camiones picops blancos tienen las banderas blancas de la nueva milicia de Al Sadr, las Brigadas de Paz o Saraya al Salam.

A pesar de que el santuario chiita está en plena ciudad, Samarra es principalmente sunita, así es que la llegada de miles de milicianos chiitas se considera algo sospechoso. La ciudad misma parece desierta y los peregrinos que solían llenar las calles dejaron de llegar hace meses.

Como parte del esfuerzo para no apesadumbrar a los habitantes, se mandó a los milicianos de Al Sadr a las afueras de la ciudad, donde es menos factible que los habitantes mayoritariamente sunitas se topen con ellos, comentó Hakim al Zamili, el dirigente de la milicia de Al Sadr.

Ahora, solo están los voluntarios que han llegado a proteger el santuario. En el calor del medio día, todos, salvo por un par, están tumbados en el vestíbulo de la entrada, durmiendo profundamente, como si los hubiesen drogado.

Irak. (NYT)
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