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La joya de los arrecifes de coral de Cuba

Descubre la vida que habita en este archipiélago, a 80 kilómetros de la costa sur de la isla. Se trata de una región tan fecunda que se le llama el Galápagos del Caribe.
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01 agosto 2015 19:10 Última actualización 02 agosto 2015 5:0
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JARDINES DE LA REINA, CUBA.– El tiburón del arrecife caribeño de 1.8 metros de longitud salió del agua agitándose, y Fabián Pina Amargós y su tripulación rápidamente lo subieron al barco de investigación.

El equipo se dispuso a trabajar, inmovilizando la boca y la cola del tiburón, vertiendo agua sobre él para mantenerlo respirando e insertando una etiqueta de plástico amarilla en un pequeño hoyo hecho en su aleta dorsal.

“¿Cuál es su estado?”, peguntó la esposa de Pina, Tamara Figueredo Martín.

“Excelente, el estado es excelente”, dijo Pina, antes de que el equipo retirara el anzuelo, levantara cuidadosamente al tiburón y lo arrojara de nuevo al océano.

Biólogo marino y director del Centro para la Investigación del Ecosistema Costero de Cuba, Pina ha pasado gran parte de su carrera estudiando la abundancia de peces y otra fauna en este archipiélago a 80 kilómetros de la costa sur del país, una región tan fecunda que se le llama el Galápagos del Caribe.

Pina tiene un profundo amor por su riqueza biológica: los frondosos manglares, los tiburones y meros, los bancos de huachinangos, peces roncadores y peces ángel de colores brillantes y el vibrante arrecife de coral, en gran medida no tocado por blanqueadores u otras agresiones, un punto brillante en una letanía a menudo deprimente de declinación oceánica a nivel mundial.

Como estudiante de la Universidad de La Habana, Pina participó en el primer sondeo oceánico en Jardines de la Reina después de que el gobierno cubano estableció una reserva marina de 950 kilómetros cuadrados aquí en 1996, restringiendo estrictamente el turismo en la reserva y prohibiendo toda la pesca excepto de langosta, una parte importante de la economía de Cuba.

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Pina ha completado muchos otros estudios desde entonces, demostrando, por ejemplo, los efectos benéficos de la reserva sobre las poblaciones de peces dentro y fuera del santuario marino. Y la investigación realizada por el centro de Pina desempeñó un papel en la decisión del gobierno de designar un área marina protegida de alrededor de 2,150 kilómetros cuadrados en 2010.

Pero Pina aún tiene una larga lista de preguntas que le gustaría responder. Por ejemplo, está ansioso por aprender más sobre la biología, los patrones de desplazamiento y los hábitos de los tiburones y el mero Goliat atlántico, grandes predadores altamente móviles que son importantes para los arrecifes de coral y un importante atractivo turístico. Y espera algún día comprender porqué el arrecife en Jardines de la Reina es tan resiliente, cuando otros arrecifes alrededor del mundo están muriendo, sucumbiendo a la pesca excesiva, la contaminación, el desarrollo costero y los efectos del cambio climático.
Realizar investigación marina en Cuba no es fácil. El país tiene solo dos barcos de investigación principales: el Itajara de nueve metros, la embarcación usada por la reciente expendición, y otro, un barco más grande perteneciente a la Universidad de La Habana.

Las barreras de viajes y comunicaciones a menudo complican la colaboración con científicos estadounidenses. Los microscopios, el equipo de pesca como redes y anzuelos, los refrigeradores para almacenamiento, las cámaras y el GPS escasean. E incluso necesidades mundanas como las cuerdas deben ser cuidadosamente racionadas y frecuentemente reparadas.

“El bloqueo, lo que ustedes llaman el embargo, ha tenido un impacto enorme, especialmente en la ciencia ambiental”, dijo Pina.
Como otros investigadores, espera que la reciente cordialidad en las relaciones entre Cuba y Estados Unidos fomente más colaboración e intercambio científicos, un paso crítico para dos países cuyos ecosistemas están estrechamente interconectados, y los éxitos o fracasos ambientales de uno afectan a la salud y productividad del otro.
“Cuando se tienen dos áreas a 145 kilómetros de distancia, no solo es posible sino probable que un número considerable de huevecillos y larvas se estén moviendo entre los arrecifes cubanos y estadounidenses”, dijo Jake Kritzer, un experto en el océano y la pesca en el Fondo de Defensa Ambiental que participó en la expedición. “No solo son los meros, ni solo los huachinangos, sino el pez loro, el pez damisela, los corales, los camarones, todos los pequeños invertebrados y todos los peces que viven en un arrecife”.

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“Lo que significa es que lo que hacemos en términos de gestión pesquera de los arrecifes cubanos puede tener efectos en la abundancia de las diferentes poblaciones en los arrecifes estadounidenses, y viceversa”, comentó. 

En una mañana reciente a fines de mayo, la tripulación subió al Itajara con suministros para un día de trabajo: pesadas líneas de pesca, anzuelos y carnada, equipo de buceo, café, agua y cerveza.

El barco estaba atracado en la estación de investigación en los manglares frente al cayo de Anclitas, una austera estructura de madera construida sobre una plataforma anclada por pilotes. Con sus estrechas pasarelas, la estación parecía tanto en el agua como sobre ella. Los sábalos pasaban veloces bajo la cubierta posterior, al igual que un banco de peces sargento mayor. Un cocodrilo hembra, un viejo residente, reposaba inmóvil bajo un mangle.

Hoy, los blancos eran peces más grandes, como el mero Goliat, que puede pesar más de 450 kilos – “como un auto pequeño”, dijo Pina – y, por supuesto, los tiburones: los tiburones del arrecife caribeño, los tiburones sedosos, los tiburones limón y otras especies que frecuentan las aguas que rodean al arrecife de coral aquí.

Los tiburones son un atractivo turístico –en dos de los muchos sitios de buceo en los Jardines, son alimentados para asegurar mayores cantidades– pero para científicos como Pina y Kritzer, su mera presencia aquí es un indicador de la solidez del arrecife de coral.
La investigación ha vinculado la salud de los arrecifes con la habitación de grandes peces, y la ausencia de tiburones y otros depredadores importantes a menudo es un signo de un arrecife en declive.
“Si le gustan los arrecifes de coral, tienen que gustarle los tiburones”, dijo David E. Guggenheim, un científico marino que ha trabajado extensamente en Cuba y dirige viajes a Jardines de la Reina a través de su organización, Ocean Doctor. “Son vitalmente importantes para mantener el equilibrio de la población. Si se van, las algas crecen en exceso y sofocan al arrecife”.

Sin embargo, la reserva por sí sola no puede asegurar la protección de los tiburones y otros grandes predadores, especies que recorren grandes distancias y es poco probable que respeten los confines de los santuarios. Aunque la pesca está prohibida en la reserva marina más pequeña, sigue estando permitida en el área marina protegida más grande que Cuba ha designado como parque nacional.

Rachel Graham, una experta en tiburón ballena y directora ejecutiva de Maralliance, una organización de conservación, dijo que los tiburones seguían siendo pescados activamente en el parque nacional, afuera de los límites del santuario. “Hay muchas filtraciones en los bordes”, dijo Graham, quien ha trabajado en Jardines de la Reina.

Y más allá, en el Golfo de Ana María, “todo está permitido”, compartió.
Los sondeos regulares del tamaño, número y ubicación de los tiburones en un área determinada ofrecen información que eventualmente puede ayudar a forjar nuevas estrategias para reducir la pesca; Cuba está en proceso de desarrollar un plan nacional para los tiburones.
En tanto los tiburones y otros peces grandes permanezcan en Jardines de la Reina, los turistas vendrán también, muchos de ellos para hospedarse en la Tortuga, un pequeño hotel flotante cerca de la estación de investigación operada por Avalon, una compañía italiana, según un contrato con el gobierno.

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