New York Times Syndicate
deportes

La discriminación no juega en este equipo

El ASF Fratia Bucharest es un equipo rumano de futbol con tan bajo presupuesto que sus jugadores deben criar pollos y puercos para sobrevivir. Sin embargo, ello no les impide entregar el alma en cada partido: su pasión por el futbol es inefable.
The New York Times
02 mayo 2014 18:47 Última actualización 03 mayo 2014 5:0
Las instalaciones del club ASF Fratia están en muy malas condiciones. (NYT)

Las instalaciones del club ASF Fratia están en muy malas condiciones. (NYT)

BUCAREST, RUMANIA.- Aime Lema llegó primero. Era más temprano de lo que Lema – el entrenador del ASF Fratia Bucharest, un equipo a mitad de la clasificación en la quinta división rumana – llegaría normalmente para un partido. Sin embargo, este día era diferente, era su primer día como encargado.

Estaba parado, solo, en medio de la cancha dispareja y arruinada, en el estadio del equipo. A un lado estaba una grúa obsoleta, que tenía mucho tiempo de estar ahí y los restos rojizos, en descomposición, de la herrería Vulcan, otrora próspera, ubicada en las afueras de Bucarest, la capital de Rumania.

Del otro lado, los campos pantanosos, sin cercas, desaparecían a la distancia. Un pastor hacía avanzar a su rebaño de ovejas. Un corral hecho de alambre, con gallinas, un gallo y un cabrito compartían el terreno con una caseta metálica azul que se estaba desplomando y una casa club en mal estado y sin electricidad.

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ASF Fratia Bucharest

Lema, de 45 años de edad, tocaba con los pies los tramos pelones en el pasto, mientras les hablaba a los jugadores por celular. Era una mañana fría y ellos preferían pasar el Florii, o el Domingo de Palmas, en la iglesia ortodoxa rumana, con su familia.

“Por favor, ven”, pedía con suavidad Lema. “Hoy es un día importante para el Fratia. Es un día importante para mí”.

Fratia - que significa hermandad en rumano - es especial porque es el único club en la liga que funciona bajo los principios de igualdad y no discriminación. La edad, la raza, la religión, el origen étnico y la discapacidad no son barreras para integrar sus listas; la determinación y un poco de talento son todo lo que se necesita.

Por ejemplo, Lema, es el primero y el único entrenador negro en el futbol rumano.
También está el portero, quien nació con una mano, así como el dueño, quien también funge como encargado de la cancha.

El mediocampista del equipo es un hombre de 46 años, barrigón, que se está quedando calvo y el cabello que le queda es entrecano. Muchos de los jugadores del Frati son romas, el grupo étnico al que se ha calumniado en Rumania, así como en otras partes de Europa.

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Futbol Rumano

En ese domingo, el portero Tudorel Mihailescu, de 47 años, cuyo brazo izquierdo no se extiende más allá del codo, fue el primer jugador en llegar. “Siempre soñé con ser portero”, dijo. “Siempre me gustó controlar la portería y decirles a los demás qué hacer”.

Mihailescu era más rápido en la cancha que otros guardametas, distribuía mejor los pies y se enseñó solo a lanzar la pelota con precisión y potencia con el brazo derecho. Sin embargo, durante el gobierno comunista, que cayó en 1989, las autoridades le prohibieron jugar debido a su discapacidad.

“Tuve que ir con los médicos para que me permitieran jugar”, contó. “Me llevó un año conseguir el permiso. En ese entonces era casi imposible jugar futbol con un brazo”.

Mihailescu encontró un hogar en Fratia. El club tiene tres equipos: uno en la cuarta división, uno en la quinta y un equipo de séniores. Mihailescu es el portero sustituto del equipo de cuarta división y titular en los otros dos.
Lema dijo sobre el club: “Somos la hermandad, que es la razón por la cual los jugadores han llegado, porque hemos estado jugando durante años y somos amigos”. Lema nació en Kinshasa, en la República Democrática de Congo, y llegó a Rumania en 1991, después del colapso del comunismo, para estudiar química industrial. Se casó con una mujer nativa, empezó una familia, aprendió el idioma y se quedó.

“El problema aquí fue la época comunista, cuando el país estaba cerrado”, señaló Lema cuando se le preguntó por qué sólo hay un entrenador negro en Rumania. “No he sufrido de ninguna discriminación porque soy negro. Tenían una mentalidad diferente porque no crecieron como lo hicieron otros”.

En Fratia hay poco dinero, nada de cámaras de televisión y solo unos cuantos aficionados van al estadio. El fundador y dueño del equipo es Constantin Zamfir, un exjugador de 50 años, quien alguna vez llegó tan alto como la segunda división rumana. Les paga a los jugadores 150 leus rumanos (unos 46 dólares) por partido, una cantidad nada despreciable en un país donde se les paga a los médicos recién titulados poco más de 200 dólares mensuales.

Zamfir paga mil euros (aproximadamente mil 400 dólares) mensuales por concepto del funcionamiento del club. También perforó el pozo del que sale el agua (fría) para las duchas, niveló la cancha con arena y plantó la semilla del pasto que cubre el campo (la mayor parte).

“Yo quería empezar un equipo para probar que puedes tener éxito con el mejor ejemplo posible, que nuestra puerta está abierta para todos, sin importar la raza, la edad o la discapacidad”, explicó.

Notó que espera que el equipo de cuarta división pueda llegar a la tercera o, incluso, hasta la segunda división.

“Voy a probar que podemos hacer algo positivo”, comentó. “No robando y golpeando, sino siendo hermanos”.

Muchos de los jugadores tienen poco dinero y hasta la comida es un lujo. “Por eso tengo pollos y chivos”, dijo Zamfir, señalando hacia el corral hecho en casa. “Los crío y se los doy a los jugadores al final de la temporada, cuando tienen hambre. De esto es de lo que se trata Fratia, de compartir el pan”.

Zamfir estableció el club en 2001 y compró el terreno en 2003, cuando privatizaron la fábrica Vulcan – que, entre otras cosas, hacía bombas para los pozos de petróleo – y la dejaron prácticamente abandonada. Zamfir hipotecó su casa y utiliza las ganancias de su tienda de abarrotes, así como el dinero de su trabajo como cantante de bodas en las noches, para cubrir los costos del club.

Justo antes de empezar el partido contra Stefimar ese domingo, Zamfir arregló los agujeros en las redes de la portería, llenó una máquina vieja con polvo y pintó las líneas blancas en la cancha porque estaban muy tenues.

“Cuesta demasiado que alguien más lo haga”, dijo mientras maniobraba con la máquina que repiqueteaba.

Los 22 jugadores estaban alineados en el centro de la cancha 15 minutos después de lo planeado: el chivo de Zamfir se había escapado del corral y anduvo como loco por toda la cancha antes de que lo atrapara un jugador del Fratia.

En un momento, el Fratia iba perdiendo 1-0, cuando un tiro bajo esquivó a Mihailescu. Lema guardó silencio en la banda; el entrenador del Stefimar gritó a sus jugadores como si los rezagados fueran ellos.
Sin embargo, el gol movió al Fratia, cuyos delanteros fueron al ataque. Cuando Stefimar presionó hacia adelante, Mihailescu fue impenetrable, deteniendo todo lo que llegaba hasta él. Hizo una parada estelar con una mano en un tiro libre. Cuando un saque de esquina se acercó al área, golpeó la pelota con el puño.

Tal es la fe del equipo en Mihailescu que, para el final de la segunda mitad, Fratia jugaba con un solo futbolista a la defensiva. En el último minuto del partido, el equipo logró pasar. El portero del Stefimar golpeó ligeramente la pierna de Nita Soare del Fratia, quien saltó hacia adelante. Le dieron un tiro de penalti e Iulian Moga estrelló el balón contra la red en la parte de atrás de la portería. El partido terminó con un marcador de uno a uno. Lema no estaba contento con su primer juego como encargado.

“Yo debí de haber jugado hoy”, afirmó. “Habría anotado tres goles, a la mejor cuatro”. Sin embargo, Zamfir estaba contento. Encendió la parrilla y empezó a asar pollo y arenque para sus jugadores. La hermandad comió y planeó su siguiente partido.

Mihailescu tenía otras preocupaciones. Se había lesionado el portero titular del equipo de cuarta división del Fratia. La semana siguiente, Mihailescu lo reemplazaría.

“Voy a entrenar toda la semana”, comentó con emoción mientras bebía una cerveza y su bolso de deporte y los guantes colgaban de su brazo incompleto. “Es un sueño el solo estar en la cancha. Aquí es donde pertenezco, con la hermandad”.

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Futbol rumano
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