New York Times Syndicate

La australiana que tiene
el futuro de Intel en sus manos

Sin ser ingeniera ni programadora, Genevieve Bell es una pieza clave dentro de Intel, pues sus aportaciones han influido en el rumbo de la compañía, en sus productos y en cómo la gente los utiliza.
New York Times News Service
21 febrero 2014 18:51 Última actualización 23 febrero 2014 12:5
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Genevieve Bell es directora de investigación en experiencias del usuario en Intel Labs. (NYT)

Genevieve Bell es directora de investigación en experiencias del usuario en Intel Labs. (NYT)

Detrás de las paredes grises, a prueba de ruidos, de las oficinas de Intel Corp., en Hillsboro, Oregón, los investigadores que hacen las proyecciones del futuro de la informática pueden sentir cuando llega.

Retumbando por el pasillo, llega una enfática voz australiana y el golpeteo rítmico de botas con tacones puntiagudos sobre la alfombra. Y luego, Genevieve Bell, una antropóloga que es la intelectual tecnológica residente en Intel, se materializa con el cabello caoba, e iba dejando enormes nubes de perfume Chloé al pasar. Es posible que ella todavía se perciba como “solo una chica salvaje de Australia”. Sin embargo, para Intel, ella personifica algo más grande: las aspiraciones de la compañía a que se la considere como algo más que sólo fabricante de chips.

El puesto de Bell en Intel, el productor más grande del mundo de semiconductores, es de directora de investigación en experiencias del usuario. Ella maneja un equipo especial de unos 100 científicos sociales y diseñadores que viajan por todo el mundo para observar cómo utilizan las personas la tecnología en sus hogares y en lugares públicos. Sus hallazgos ayudan a alimentar el proceso de desarrollo de productos de la empresa y también los comparten a menudo con los diseñadores de computadoras portátiles, fabricantes de coches y otras compañías que incorporan procesadores Intel a sus productos.

Hace unos años, por ejemplo, el equipo de Bell entrevistó a un grupo de padres en China que consideraban a las computadoras domésticas como distracciones de las tareas escolares de sus hijos.

Intel desarrolló un prototipo de “PC para aprender en el hogar en China” que, al final, fabricó un cliente de Intel con una clave que los padres podían activar para evitar que sus hijos jugaran en la red cuando tenían que hacer la tarea.

“Mi mandato en Intel ha sido siempre el de traer adentro del edificio las historias de todos afuera del edificio, y hacer que cuenten”, dice Bell, quien considera que está entre la gente de fuera. “Tienes que entender a las personas para construir la siguiente generación de tecnología”.

Por “fuera”, no se refiere sólo a los consumidores fuera de Estados Unidos. Bell y su equipo son responsables de calar los atributos que le encantan a las personas en todas partes, o que desearían tener, en sus PC, televisores y así sucesivamente. En los últimos años, se han concentrado en los apetitos de los consumidores por la tecnología hiperpersonal, como sistemas de reconocimiento de voz y registros de la condición física. En esencia, impulsan a Intel hacia una era de la informática personal más centrada en las personas.

A últimas fechas, ese trabajo se ha vuelto mucho más importante para la compañía. Ello se debe a que Intel, que ha dominado desde hace un buen tiempo el campo de los procesadores para computadoras portátiles, fue sorprendentemente lenta en reconocer el pujante mercado de los chips para teléfono inteligentes.

De hecho, Bell y su equipo, entre otros, proyectaron la tendencia móvil desde un principio, dice Diane M. Bryant, gerente general del grupo de centros de datos de Intel, pero ésta no la priorizó en ese momento. Si bien introdujo hace poco chips nuevos para aparatos móviles, los fabricantes de PC siguen siendo la base de clientes más grande de Intel, que representa 33 mil millones de dólares de sus 52 mil 700 millones de dólares en ingresos el año pasado.

Ahora, atribuible en parte a los esfuerzos de Bell y su equipo, Intel trata de ponerse al día ingresando en reinos como gadgets usables que pudieran exhibir sus chips nuevos, ultrapequeños, que requieren poca energía.

Desempacar el automóvil

Hace unos años, Bell pensaba en un usuario final en particular: el dueño de un coche. Si se ha de creer en el marketing, los automóviles ya no son sólo aparatos para transporte, sino sistemas móviles de entretenimiento.

A Bell nunca la ha impresionado demasiado semejantes visiones idealizadas de la tecnología, así es que cuando tales nociones empiezan a ser parte de la sabiduría popular, ella quiere patear llantas, por así decirlo. Esta ansia no es mero inconformismo. Si Intel quería innovar para sus clientes fabricantes de coches, creía Bell, la compañía necesitaría comprender mejor cómo las personas reales cambiaban constantemente de tecnologías integradas y de aparatos personales que metían a sus vehículos.

Así es que Bell y Alexandra Zafiroglu, una colega antropóloga en Intel, emprendieron una expedición. Viajaron por todo el mundo examinando, conectándose y fotografiando lo que la gente lleva en el coche.

Aunque los fabricantes de coches han integrado sistemas de comando de voz y cosas parecidas a sus vehículos con la idea de reducir las distracciones al manejar, las investigadoras encontraron que, cuando los choferes se aburren en el tránsito, es frecuente que tomen sus aparatos personales.

“Quedaron claras un par de cosas: qué tanta tecnología mete la gente a sus coches, cuánta de la tecnología integrada estaban ignorando y cuánta de ella les estaba fallando”, comenta Bell.

Esta perspectiva más fundamentada y matizada del comportamiento del conductor les sirvió a Intel y a sus clientes como una revisión de la realidad. En otoño, Intel anunció la colaboración con Jaguar Land Rover para desarrollar, entre otras cosas, mejores formas para que los consumidores sincronicen sus aparatos personales con los de sus vehículos. Intel tiene un convenio similar con Toyota para desarrollar sistemas de interacción del usuario que implican voz, gestos y tacto.

El objetivo es hacer que la tecnología integrada sea más suave y remplace el reflejo del conductor a tomar un aparato.

Irritante en la ostra sectorial

Bell impartía cátedra en el departamento de antropología de Stanford en 1998, cuando un emprendedor en tecnología al que conoció en un bar de Palo Alto, le sugirió que solicitara trabajo en Intel.

En ese entonces, la compañía tenía un puñado de científicos sociales en su personal. Sin embargo, ejecutivos habían estado buscando a un antropólogo que realizara investigación sobre cómo la gente utiliza la tecnología en el hogar.

Durante la entrevista de trabajo, Bell comunicó a sus potenciales jefes que no podía verse dentro de Intel. Después de todo, no era tecnóloga, no manejaba el PowerPoint, utilizaba una Mac y era, les dijo, “una feminista radical y neomarxista retrógrada”. La contrataron.

En Intel, Bell empezó a realizar viajes de investigación por todo el mundo para ver como utilizaban las personas la tecnología en la cocina y la sala, en actividades deportivas y observancias religiosas. Cuando sus colegas y ella retornaron, imprimieron carteles con fotografías y comentarios de personas a las que entrevistaron, y los colocaron por todas las oficinas de Intel. A los empleados les interesaron tanto las imágenes, recuerda, que se hacían cuellos de botella en los pasillos.

También descubrió que los ingenieros de Intel recibían mejor a los detractores que muchos profesores que ella había encontrado.

“En Stanford, no les gustaba cuando les decía al profesorado que estaban totalmente equivocados, mientras que aquí, eso era un valor cultural”, explica Bell. “Aquí decía: 'Están totalmente equivocados, y aquí hay 17 razones del porqué y seis fuentes de datos’, y me respondían: 'Es muy interesante; dígame más’”.

Un robot llamado Jimmy

Bell ha reflexionado sobre un problema contemporáneo: la ansiedad ante la posibilidad de que computadoras inteligentes y sensatas pudieran tener vida propia.

En 1818, nota, la publicación de “Frankenstein”, de Mary Shelley, atizó temores de que los inventos podrían cobrar vida y matarnos; un tema que se repitió después en películas, como “The Terminator”.

Vuelve a ser relevante ahora, dice. Con la llegada del Internet de las Cosas, se equipa a un creciente número de objetos, como termostatos y semáforos de tránsito, con chips de sensores que pueden recolectar y transmitir información sobre su entorno. Bell ve a esos objetos conectados como precursores de aparatos que tendrán relaciones con personas, en lugar de meras interacciones.

“Quizá el Internet de las Cosas se trate de deleitarnos o de cuidarnos, y no de semáforos de tránsito”, Bell reflexionó durante la comida con Brian David Johnson, un futurista en su laboratorio.

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Jimmy, el robot.

Jimmy es un robot creado por Intel, que podrá detectar incluso el estado de ánimo de las personas. (NYT)


Johnson coordina un proyecto para desarrollar un robot personal llamado Jimmy que se relacionaría con las personas. Blanco y escultural, Jimmy es un sistema que se puede personalizar, de altura hasta las rodillas – como un teléfono móvil con piernas-, al que los clientes podrían descargar aplicaciones.

“Jimmy es una plataforma informática que puede caminar por todas partes”, explicó Johnson. “Tiene suficiente potencia informática para detectar cuál es tu ánimo, dónde estás, tener un entendimiento basado en una relación”.

Jimmy tiene el propósito de mostrarles a los clientes corporativos de Intel lo que se puede lograr con su forma de concebir al diseño – y los chips. Sin embargo, también se basa en la creencia de Bell de que el futuro de la informática está en los aparatos personalizados, centrados en los individuos. De hecho, Intel planea hacer público el programa informático esta primavera para que la gente que tenga acceso a las impresoras 3D pueda crear su propio Jimmy. “Básicamente, se tratará de las cosas de las personas”, dice Bell, “y Jimmy hace que las cosas de las personas sean evidentes de inmediato”.

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