New York Times Syndicate

Kazaja, una creación post-soviética que está echando raíces

La caída de la Unión Soviética hizo de Kazajistán un estado independiente en 1991, lo cual ha hecho que desde entonces  la ciudad encarne una ansiosa riqueza cultural entre Moscú y las regiones que bordean la periferia sur de Rusia.
New York Times
16 marzo 2017 20:32 Última actualización 19 marzo 2017 4:40
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La Ópera de Astaná se eleva sobre una plaza barrida por el viento en esta capital en la estepa del Asia Central, casi una copia del neoclásico Teatro Bolshoi de Moscú, incluida la escultura de caballos galopantes en la parte superior.

Al otro lado de la avenida se ubica el cono irregular e inclinado de Khan Shatyr, un centro comercial diseñado como la tienda de campaña más grande del mundo. Su techo está apoyado por un solo pilar inclinado para evocar la historia nómada de los kazajos, un grupo étnico túrquico que lentamente reafirma su identidad tras siglos de régimen ruso.

Entre los dos se encuentra una caprichosa construcción totalmente propia de Astaná: una de las “ciudades de hielo” que salpican a la helada capital en el invierno. Los niños se deslizan por resbaladillas de hielo y, en la noche, las esculturas de hielo brillan con luces de colores pastel.

Desde que la caída de la Unión Soviética hizo de Kazajistán un estado independiente en 1991, ha estado cultivando relaciones con Rusia, su antiguo poder hegemónico, y Turquía, que invirtió temprano en la nueva nación y comparte algunas de sus raíces culturales.

Es fácil ver por qué Astaná fue la selección de Rusia para organizar una nueva ronda de conversaciones de paz sirias este año. Convocar a negociaciones a cinco zonas horarias al este de Ginebra ⎯ donde el diálogo ha estado renqueando sin progreso durante años ⎯ subrayó lo que el presidente de Rusia, Vladimir Putin, describió recientemente como el deseo de un orden internacional “post-occidental”.

Astaná también representa el éxito del líder de Kazajistán, Nursultan Nazarbayev, en manejar a Moscú. Único presidente del país desde la independencia ⎯ elegido cinco veces con 97.5 por ciento de los votos ⎯, Nazarbayev ha creado una especie de sistema “autoritario ligero” que tiene más en común con el régimen de cacicazgo en Rusia, y cada vez más en Turquía, que con Europa.

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Ha buscado alcanzar un equilibrio entre dar cabida al poder ruso y mantenerlo a raya, y Kazajistán ha evitado las disputas territoriales con Rusia y los conflictos étnicos y religiosos que han plagado a otros estados post-soviéticos.

“No tenemos esos problemas”, dijo Abzal Abdiev, de 25 años de edad, quien nos ofreció a mí y dos amigos un recorrido turístico amateur por Astaná, señalando las vistas con evidente orgullo.

La mera existencia de la ciudad encarna la ansiosa danza milenaria entre Moscú y las regiones de mayoría musulmana que bordean la periferia sur de Rusia, desde los estados y repúblicas semiautónomas de la región del Cáucaso al norte de Turquía hasta el extremo oriental de Kazajistán, mucho más al este de Katmandú.

Cuando visité Kazajistán por primera vez en 1993, Astaná no existía. Fui enviada por mi editor en The Moscow Times a acorralar a Nazarbayev en la inauguración de una planta eléctrica en el remoto norte del país, cerca de la frontera rusa. Un parlamentario nacionalista ruso, Vladimir Zhirinovsky, había estado haciendo llamados a que Rusia recuperara el área más étnicamente rusa, donde él nació.

Nazarbayev descartó la amenaza; Rusia estaba debilitada entonces y cualquier acción de ese tipo era improbable. Pero unos meses después, decretó que la capital se mudara de Almaty ⎯ la ciudad más grande del país, en el sur más poblado y más étnicamente kazajo ⎯ a la estepa norteña. La acción demostró poder y ambición, pero también colocó un marcador en el mapa, apuntalando la posesión de Kazajistán del área.

Astaná fue construida apresuradamente, rebautizando y ampliando una localidad provincial llamada Akmola (en la era soviética, Tselinogrado).

Nazarbayev estaba convirtiendo a Kazajistán en un estado rico en recursos y relevante, consiguiendo enormes campos de gas en el mar Caspio en negociaciones con Rusia y cultivando la aprobación mundial al renunciar a las armas nucleares soviéticas dejadas en su territorio.

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Reclutó a arquitectos internacionales famosos como Norman Foster para salpicar a Astaná con estructuras de su propia concepción, como una torre con un globo dorado que evoca un huevo dorado de la leyenda kazaja. Más de un edificio público tiene una huella de su palma donde los ciudadanos colocan sus manos en busca de buena suerte.

Hoy, Astaná es a veces apodada la “Dubái del Norte”, desbordante de viajeros de negocios y ofreciendo a los turistas y residentes entretenimiento bajo techo en un clima amenazador. Su respuesta a la pista de esquí bajo techo del vaporoso Dubái es un club de playa, con todo y arena, en el nivel superior del centro comercial Khan Shatyr.

Cuando imaginó la ciudad, Nazarbayev había estado enfrentando un desafío potencialmente explosivo: la población estaba dividida casi uniformemente entre rusos étnicos, muchos poco entusiasmados por ser repentinamente ciudadanos de Kazajistán, y kazajos, separados por el régimen soviético de su idioma y de una tradición islámica basada en el más antiguo chamanismo.

Astaná insinúa su enfoque ante el problema. Nazarbayev ha buscado forjar una identidad nacional separada de Rusia pero no demasiado excluyente para los rusos, ahora una gran minoría. Y ha llevado al restablecimiento de la identidad kazaja e islámica, incrustada firmemente en la moderación impuesta por el estado; con una dosis de culto a la personalidad.

El Museo Nacional recibe a los visitantes con un retrato de dos pisos de Nazarbayev cubierto de medallas y flanqueado por murales de la historia kazaja. Las exhibiciones destacan las artesanías y la destreza en la equitación de los kazajos, las batallas con la Rusia zarista, los momentos de orgullo en la historia soviética (el programa espacial, la victoria de la Segunda Guerra Mundial). Pero también documentan el hambre y las privaciones en un campamento carcelario para las esposas e hijos de los disidentes donde ahora se ubica Astaná.

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Abdiev, nuestro guía, nació un año después de la independencia, pero sus mayores, dijo, recuerdan los días soviéticos como “malos tiempos”, cuando la comida estaba racionada y “no se podían conseguir buenos zapatos”.

Las cosas son mejores ahora, dijo, y señaló a las jugueterías con iluminación neón, las tiendas de ropa turca asequible, los modestos pero fuertes bloques de departamentos, las encristaladas torres de lujo y un CrossFit Astana.

Abdiev creció en un área agrícola más al sur, domando potros y montando a pelo; su familia, kazajos étnicos, criaba caballos para equitación y para producir carne, la exquisitez nacional. Sus primeros compañeros de juegos, dijo, fueron sus vecinos rusos, y todos los niños hablaban los dos idiomas.

En la Mezquita Sultán Hazrat, la más grande en el Asia Central, las detalladas instrucciones sobre cómo orar están escritas en kazajo ⎯ aunque no en ruso ⎯ para la gente que sigue aprendiendo la religión, dirigiendo a Muslim.Kz para más información. Su elevado domo e intrincada decoración son reminiscentes de la Mezquita Azul de Estambul, pero con azules más claros, que recuerdan el turquesa de la bandera kazaja.

Funcionarios kazajos a menudo hablan de temas de coexistencia religiosa e islamismo moderado, lo cual es tranquilizador para la vecina Rusia, que alberga a 20 millones de musulmanes. Putin recientemente señaló que cuatro mil ciudadanos rusos y cinco mil ciudadanos de otros estados post-soviéticos se habían unido a los insurgentes islamitas en Siria, una preocupación citada como una razón para la intervención de Rusia ahí.

Nazarbayev ha prometido reformas políticas para incorporar a un nuevo presidente menos poderoso. Sin embargo, Kazajistán se queda corta en democracia y buena gobernanza, clasificándose mal en los índices de corrupción y libertad de prensa. En las ciudades más pequeñas y menos favorecidas, las condiciones pueden ser mucho peores, con infraestructura deteriorada y contaminación debida al carbón.
Por ahora, Astaná, una ciudad creada artificialmente, está echando algunas raíces de una real.

En la Ópera de Astaná una noche, la sala dorada y de terciopelo rojo estaba llena. Los últimos en llegar patinaban en el piso de mármol para evitar perderse el inicio. Los bailarines, mayormente kazajos pero también de otras repúblicas ex soviéticas interpretaron fragmentos de ballets clásicos rusos. Carteles anunciaban nuevas producciones basadas en relatos folclóricos kazajos.

En el intermedio, los asistentes lucían atuendos tan elegantes como cualquiera en Moscú. Las parejas posaban con maniquíes con vestuarios diseñados para óperas y ballets rusos clásicos pero que incluían telas, sombreros y joyería del Asia Central. Las niñitas daban vueltas como bailarinas.

Al preguntarle porque estaba conduciendo un taxi en la helada Astaná en vez de estar criando caballos en el sur, Abdiev, el guía, respondió como cualquier joven buscador de fortuna.

“Bueno”, dijo sencillamente, “es la capital”. 

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