New York Times Syndicate

Violencia merma la esperanza de los hondureños

Honduras cuenta con un historial de catástrofes naturales y cuestiones políticas que han afectado su presente, haciendo que sus ciudadanos se desarrollen en un ambiente de violencia.
Randal C.
08 agosto 2014 20:10 Última actualización 10 agosto 2014 5:0
El pastor Jorge Rivas además de perder todo por la violencia, también se perdió la esperanza en Honduras. (NYT)

El pastor Jorge Rivas además de perder todo por la violencia, también se perdió la esperanza en Honduras. (NYT)

SAN PEDRO SULA, Honduras. El pastor vino una tarde para contemplar su iglesia, o lo que quedaba de ella: restos de un cartel de “bienvenida” y una tira de guirnalda de Navidad todavía clavada en la pared. La pandilla se llevó las sillas, las lámparas, las puertas.

Le habían dado a su familia 24 horas para salir y así lo hicieron, abandonando su casa y la pequeña iglesia evangélica que dirigía.

“No había otra manera”, dijo el pastor Jorge Rivas, en el porche de una casa en otra parte de esta violenta ciudad, donde la familia se ha refugiado. “Hubiéramos muerto allí.”

Cuando se mudó allí hace 20 años, Rivas imponía respeto, incluso entre los miembros de las pandillas. El barrio, Chamelecón, aún no era el más peligroso en una de las ciudades más peligrosas del hemisferio. Él pescaba en las refrescantes y tranquilas aguas del río mucho antes de que los cuerpos acribillados a balazos aparecieran a lo largo de la costa y de los campos de caña de azúcar que colindaban.

Sus seis hijos pateaban balones de futbol por las polvorientas calles y se lanzaban a la bodega del barrio por helado, mucho antes de que unas balas perdidas derribaran a un vecino frente a la tienda de enfrente.

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DESASTRES NATURALES, ECONOMÍA, DELINCUENCIA Y MIGRACIÓN


Observó el deterioro de Chamelecón, que refleja el deterioro de Honduras en conjunto en las últimas dos décadas. Golpeados por una sucesión de catástrofes naturales y de origen humano, se ha convertido en uno de los países más pobres del hemisferio y ahora una zona álgida para la crisis migratoria de niños, ya que muchos de sus jóvenes huyen a Estados Unidos, a veces solos, a menudo en compañía de familiares o vecinos. Un huracán devastador en 1998 colmó el río e inundó muchas casas. Siguió la caída libre económica. La gente no podía encontrar trabajo y los delincuentes, siempre presentes en el barrio de clase trabajadora, se endurecieron y se hicieron poderosos, ahuyentando incluso a la policía. Las fábricas de ropa cercanas que sostenía a tantas familias cambiaron muchos puestos de trabajo a la vecina Nicaragua.

Bandas en Honduras. (NYT)
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UN SUEÑO LEJANO

El gobierno se derrumbó por un golpe de Estado en 2009, y aunque el orden fue finalmente restablecido, los prometidos días mejores todavía parecen un sueño lejano.

Las pandillas iban de casa en casa pidiendo “renta” o un “impuesto de guerra” o la propiedad en sí. Noche tras noche, las familias huyeron aterrorizadas a otras partes de Honduras, a México, a Estados Unidos, muchos de ellos parte de la ola de niños y familias inmigrantes que inundan los centros de detención en el suroeste de Estados Unidos.

Atrás quedaron hileras de casas vacías, despojadas de muebles, ventanas, incluso accesorios de baño. Aun así, el pastor aguardó, porque creía en Dios y en la esperanza. Entonces unos pandilleros le apuntaron una pistola a su hijo de 15 años. “Levántate la camisa”, exigieron, inspeccionando su cuerpo de tatuajes rivales. “Yo no podía hablar,” el muchacho recordó el terror. Y, por último, la banda llegó a la casa. Ellos la querían. Y la iglesia. Han pasado casi dos años desde que se fue. El distrito Chamelecón es un laberinto de modestas casas de bloques de cemento pintadas en tonos pastel ahora cuarteadas y decoloradas.

Dos de las más poderosas bandas de Honduras, Mara Salvatrucha y Barrio 18, y sus innumerables facciones luchan por el territorio con las fronteras de su territorio, el más letal. El crimen más espectacular ocurrió hace una década, cuando 28 personas en un autobús que pasaba por el barrio fueron asesinadas por pandilleros molestos por los planes para reinstalar la pena de muerte. Pero es la rutina diaria de asesinatos y el caos es lo que más carcome a la gente de aquí.

Oscar Ramón, 20, que ayuda a su padre a cultivar un pedazo de tierra a lo largo del río, dijo que al menos 20 cadáveres habían sido arrojados al río y a los campos de caña en el año pasado. Perdió la cuenta.

“Creo que aquí no es para mí”, dijo en el inglés chapurreado que aprendió en una escuela al que su padre lo envió en la capital, para estar a salvo. Muchos jóvenes están de acuerdo y se han ido, pero muchos más se han quedado, viviendo encerrados en sus casas y albergando sueños de escape.

Escuelas en Honduras. (NYT)
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PASADO GRIS

Aunque Honduras se salvó de las guerras civiles de sus vecinos en los años 80 y 90, la inestabilidad regional sentó las bases para un aumento de la migración que se aceleró rápidamente después que el huracán Mitch devastara el país en 1998. La tormenta mató a miles de personas en Honduras, dejó 1 millón sin hogar y destruyó lo que quedaba de una decadente industria bananera, que en un tiempo fue el alma del país, así como otras cosechas vitales. Para el 2000, el número de inmigrantes hondureños en Estados Unidos, en su mayoría sin visas apropiadas, se duplicó de una década antes, a 283 mil, y en la actualidad se sitúa en torno a los 500 mil, según un informe del Instituto de Política Migratoria.

Después de la Guerra Fría, Honduras acogió con fuerza el capitalismo, invirtiendo mucho en la fabricación para la industria de exportación, comúnmente conocido como maquiladoras, y la base industrial de San Pedro Sula prosperó cosiendo ropa interior, camisetas, pantalones vaqueros y otros productos de bajo costo para consumo en Estados Unidos y otros países.

Pero el golpe de Estado en 2009, junto con la recesión mundial tuvo un precio, y la onda de choque económica se dejó sentir profundamente en Chamelecón, dijeron los residentes. Familia tras familia hablaron de despidos y menos horas de trabajo. Cada vez más, al parecer, uno necesita conocer a alguien para conseguir y mantener un trabajo. La angustia económica y la migración han preparado el terreno para el surgimiento de poderosas bandas callejeras, y la disfunción del gobierno les dio poder de permanencia. Ellos tienen raíces en Los Ángeles, entre los refugiados de guerra salvadoreños que huyeron durante la guerra civil.

Violencia en Honduras. (NYT)
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RAZONES SOBRAN

Después de la guerra, los pandilleros fueron deportados y, aprovechando la debilidad de las instituciones después de la guerra, volvieron a surgir en su propio terreno, con poco para mantenerlos bajo control. Durante mucho tiempo, Honduras ha tenido estrechos lazos sociales con El Salvador y, al menos en la primera ola de migración, muchos hondureños se establecieron en comunidades salvadoreñas.

Los analistas del crimen dicen que esta es la razón por la que las pandillas hondureñas tienen un gran parecido con las pandillas salvadoreñas, pero en Honduras, con la inestabilidad política, una pobreza más profunda y una historia de débiles fuerzas judiciales y de seguridad conscientes de ello, las pandillas se han disparado hacia el poder y adquieren fácilmente armamento militar.

Para hacer las cosas aún más volátiles, las organizaciones de tráfico de drogas en los últimos años, frente a crecientes obstáculos en el Caribe, comenzaron a mover más cocaína a través de Centroamérica y a establecer alianzas con las pandillas como soldados de a pie.

Violencia en Honduras. (NYT)

Una tarde, Rivas llegó a su pequeña iglesia abandonada para inspeccionar los daños. Casi todos los muebles habían desaparecido. La realidad es que ya no pueden pagar el alquiler de la casa en otra parte de la ciudad, por lo que pueden verse forzados a volver.

Rivas dijo que iba a salir para Estados Unidos si había una manera legal de hacerlo. Pero la larga espera y el costo de la visa hacen esa idea poco práctica, dijo. Y él no tiene el dinero para pagar a un contrabandista. Su hijo Jorge sueña con la vida en Estados Unidos o incluso en otra parte de Honduras. Se debate sobre la idea de regresar a la zona; extraña a sus amigos, pero ni siquiera está seguro de cuántos siguen ahí. Pero teme que se repita lo peor en el barrio. “Siempre teníamos que tirarnos al suelo y rezar para que no te alcanzara una de las balas”, dijo. ''Siempre estábamos encerrados allí. No era muy divertido". La tarde se prolongó. Veía a su sobrina de 7 años dibujar en un cuaderno. Ella dibujó una casa, una de Halloween color naranja. Gotas de colores la rodeaban. Un largo camino cortaba entre los brotes de un césped verde. Un sol sonriente con gafas brillaba en una esquina del cielo. No era la casa que ella conocía. “Es en la que me gustaría que viviéramos”, dijo la chica, Astrid.

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