New York Times Syndicate

Regresan a Donetsk por cese al fuego, pero no se sienten en casa

Tras el anuncio del cese al fuego, la gente regresa a Donetsk a intentar recuperar su vida, pero aún hay negocios cerrados y pocos autos en las calles e incluso algunos tiroteos. Esperan que la calma regrese o de lo contrario tendrán que volver a irse.
Carlotta Gall
19 septiembre 2014 18:10 Última actualización 20 septiembre 2014 5:0
Donetsk

Los habitantes de Donetsk regresaron tras el anuncio del cese al fuego; pero aún no se sienten en casa. (NYT)

DONETSK.- La estación de autobuses bulle otra vez, con familias que bajan a niños, mascotas y estorbosas maletas para esperar y hacer las conexiones. Muchos regresan a Donetsk y sus alrededores tras escapar del intenso bombardeo de los últimos meses; lo hacen debido al anuncio de un cese al fuego, pero también por cosas más prosaicas, como sacar la ropa caliente y volver a la escuela.

“Oímos del cese al fuego”, dijo Oksana, una madre con una bebita que se reunía con su marido y la familia tras un mes de estar fuera. “Dijeron que está tranquilo. Que ya no hay tiroteos”.

“Ya está haciendo frío y los niños tienen que ir a la escuela”, dijo otra mujer, quien, al igual que otras entrevistadas, se negó a proporcionar su apellido por temor a las represalias. “Prometieron que habría clases”.

A pesar del regreso tumultuoso reciente, Donetsk todavía parecía vacía, como una ciudad en guerra. Es el centro del movimiento separatista, la autoproclamada República Popular de Donetsk, y ha sido blanco de repetidos ataques con artillería, tanto del ejército ucraniano como de las fuerzas rebeldes, en los dos últimos meses.

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La mayoría de sus habitantes huyeron a partes más seguras de Ucrania o a Rusia, y los habitantes en la ciudad estiman que los que todavía permanecen, quizá un tercio de la población de alrededor de un millón antes de la guerra.

Hay pocos coches en las calles y están cerradas la mayoría de las tiendas, incluida una cadena de supermercados; las ventanas están tapeadas como protección contra explosiones y saqueos. Están cerrados los bancos y los cajeros automáticos, excepto los paraestatales en el centro de la ciudad, en los que hay largas filas.

Por todas partes hay hombres armados, con uniformes de camuflaje, protegiendo edificios públicos, pero también platicando en grupos en las calles o los cafés. Hay toque de queda a las 11 de la noche pero los rebeldes circulan toda la noche, a altas velocidades, pasándose los altos y estrellando, a veces, los vehículos en los bulevares vacíos. Llenan el bar y restaurante Havana Banana, un sitio muy concurrido en el centro.

Los tiroteos pueden estar en suspenso, pero son pocos los habitantes dispuestos, o que pueden, reanudar la vida anterior a la guerra.

“No salimos de noche”, dijo Irina, una periodista que perdió el trabajo cuando los rebeldes cerraron su periódico en mayo. “Dejamos de hacer planes”. Su novio, Evgency, también se quedó sin empleo, cuando quebró su empresa de seguridad, pues colapsó cuando los rebeldes confiscaron el dinero del banco central y los vehículos blindados de los otros bancos, lo que provocó el cierre. Recurrió a su negocio secundario, el de arreglar motocicletas, pero le ordenaron a punta de pistola que arreglara unas robadas para los rebeldes.

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“Llegué a la conclusión de que no tiene caso”, dijo. “Empiezas un negocio y tienes algo de éxito, y dos semanas después, hombres armados llegan y te dicen: 'Adiós, lárgate’”.

No obstante, fue el fuego de artillería, que golpeó casi a diario a su barrio en el lado suroeste de la ciudad, lo que cambió su forma de vivir. “Era casi todos los días y, de hecho, durante cuatro días cayó en nuestra calle”, contó Irina. Murió al menos una persona en su cuadra y otras resultaron terriblemente heridas. Lo raro, dijo, es que los habitantes que regresan no comprenden el peligro.

“Regresan muchas personas bronceadas, llegan como si hubieran salido a una excursión”, comentó Evgeny. “Van por ahí viendo la destrucción como si se tratara de monumentos egipcios”.

“Estamos acostumbrados a estar atentos para oír la artillería todo el tiempo, y ellos siempre tocan música”, un signo, dijo ella, no solo de ignorancia de los recién llegados, sino del agotamiento nervioso de los que se quedaron en Donetsk.

La afluencia de personas está tensando el suministro de alimentos en la ciudad, y se está acumulando la presión sobre el gobierno de la República Popular de Donetsk para satisfacer sus necesidades. Los empleados municipales han mantenido abierta el agua y la luz, pero las escuelas, los juzgados y muchos otros servicios públicos siguen cerrados. No han pagado las pensiones en tres meses.

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Así es que, mientras regresan algunos, otros se van. Otra madre, también llamada Oksana, viajaba a Kiev para ver a su hijo de 16 años, a quien inscribió en una escuela allá.

“Tenemos una muy buena escuela aquí, y el director pensó que era una gran lástima que lo cambiara”, contó. Sin embargo, el hijo quiere ir a la universidad en Kiev. “Su futuro está en Kiev, en Ucrania”, notó. “No quiero que estudie en ruso, ni en una escuela de la RPD”.

Su empleo en la planta metalúrgica de Donetsk, la más grande de Ucrania, era otra inquietud, porque casi está detenido el trabajo. “La situación es peor que la de la Segunda Guerra Mundial”, señaló. “Apagaron dos de los hornos”.

La otra Oksana, quien llegó a su casa con su hija de siete meses de edad, tampoco estaba segura de quedarse. “Queremos que toda la familia esté junta, y decidiremos”, dijo. “A la mejor nos vamos a Rusia”.

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