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Guerreros centenarios se convierten en cadeneros

Los hombres fuertes de la aldea de Fatehpur Beri en la India son descendientes de los habitantes originales de la ciudad, una línea genética que se fortaleció en el transcurso de siglos porque eran hombres que defendían a su aldea contra las oleadas de invasores que iban camino a la sede del imperio.
Ellen Barry
27 febrero 2015 18:27 Última actualización 28 febrero 2015 5:5
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Estos guerreros son sometidos a una dieta vegetariana con muchísimas proteínas. (NYT)

GURGAON, India – En un centro nocturno lleno de humo, en el tercer piso del Centro Comercial Sahara, soltando vapor al ritmo de una estrepitosa línea de bajos, en una mezcla de Bollywood hecha para bailar, se encuentran los habitantes de la nueva India, los representantes de ventas, los desarrolladores de los programas informáticos y los moradores de los cubículos en los centros de atención al cliente, todos los que bailan vertiginosamente, con los brazos hacia arriba.

En medio de la estridencia, es casi imposible no fijarse en la media docena de hombres fortachones que circulan lentamente entre ellos, observando desde los extremos para captar cualquier signo de que puede haber problemas.

Si se los examina con cuidado, queda claro que los guardias son todos de un solo tipo físico, con el pecho y los bíceps con una complexión parecida al parachoques delantero de una camioneta todo terreno.

Si parecen primos se debe a que lo son. Una cantidad asombrosa de ellos comparte el apellido Tanwar y, cuando cierran los centros nocturnos, muchos regresarán a la misma aldea cercana, un sitio donde las mujeres caminan por los polvorientos carriles con el rostro oscurecido por una tela, equilibrando en la cabeza pilas de excremento de vaca seco, en gran parte, como lo hacían sus antepasadas hace tres siglos.

Son pocos los lugares en India donde los periodos históricos se estrellan unos contra otros con bastante fuerza, como lo hacen en la periferia de Delhi. Los hombres fuertes de la aldea de Fatehpur Beri son descendientes de los habitantes originales de la ciudad, una línea genética que se fortaleció en el transcurso de siglos porque eran hombres que defendían a su aldea contra las oleadas de invasores que iban camino a la sede del imperio.

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Los hijos y nietos de los pastores de vacas y cabras, nacieron en un asentamiento base, rodeado por todas partes de tierras de cultivo. A medida que la ciudad en expansión absorbió a Fatehpur Beri, sus hombres, fuertes y espartanos, siguieron entrenando en la forma tradicional, vestidos solo con taparrabos y luchando dentro de un círculo de lodo. Sin embargo, se vieron obligados a buscar otra línea de trabajo.

Hay un elemento del guerrero en los Tanwar”, notó Ankur Tanwar, quien abrió el primer gimnasio en la aldea hace como una década. "Peleamos con los invasores musulmanes. Peleamos con los británicos.

“Mucho ha cambiado en los últimos 20 años”, agregó tras hacer una pausa para reflexionar. “Nunca pensamos que estaríamos trabajando en bares”.

El hombre que dijo que había guiado a los Tanwar al negocio de la seguridad es Viyay Tanwar – conocido como Viyay Pehalwan o Viyay el Luchador – y cuando saluda de mano, parece apretar con la abrazadera de un carpintero. Cuando era niño, lo pusieron bajo la tutela del entrenador de lucha de la aldea, un brahmán que tiene un pecho fuerte y grueso, y se comunica, en su mayor parte, por medio de parábolas de las épicas hindúes. A sus estudiantes les da una dieta vegetariana con muchísimas proteínas, que consiste de frutos secos, suero de mantequilla (durante el entrenamiento, un luchador puede consumir medio kilogramo de una sentada) y litros de leche fresca.

Tanwar creció esperando criar cabras, pero en 1996, un restaurantero se le acercó para decirle que quería que “muchachos fuertes” se pararan en la puerta de su nuevo establecimiento. La escena fue particularmente impactante para los hombres de aldeas como Fatehpur Beri y la cercana Asola, lugares tan conservadores que las mujeres adultas no salen de la casa sin permiso de su esposo o su suegra.

“Al principio, nos resultaba muy difícil ver; esta nueva tradición de beber licor, la comida no vegetariana y las chicas”, contó. “Somos gente sencilla. No tenemos mucho dinero”. Encogió los hombres mientras lo pensaba. “Ahora pienso que son los ricos, ellos tienen el derecho a divertirse”.

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Entre sus compañeros de trabajo, los guardias de centros nocturnos son famosos por su disciplina. “Hay algo en sus genes”, comentó Bishar Singh, de 29 años, quien trabajaba en la puerta de un club llamado Prisión. “No beben. No fuman nada”.

De vuelta a las afueras de Fatehpur Beri, hombres de más edad bebían un té lechoso y dulce en tacitas pequeñas, mientras asentían con la cabeza en reconocimiento; por eso es que se conoce a su familia, miembros de un subgrupo de la casta Gujar. Omprakash Tanwar relató una leyenda local que data de mediados del siglo XIX, cuando dos británicos que pasaban a caballo les hicieron comentarios groseros a mujeres de la aldea que levantaban la cosecha en un campo de mostaza.

Indignados, se dice que los aldeanos tumbaron a los extranjeros de los caballos, los enyugaron al arado y los obligaron a arar la parcela. Cuando llegaron los refuerzos británicos, dice la leyenda, rodearon a la aldea y les dispararon a todos los jóvenes que encontraron.

“Esta en nuestro ADN; luchar por nuestros hogares y el honor de nuestras mujeres”, dijo Omprakash Tanwar. “Porque tenemos una tradición de proteger a las mujeres, hacemos lo mismo en los centros nocturnos”.

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Viyay Tanwar, el guardia emprendedor, dirige hoy una compañía llamada Grupo Tormenta, la cual coloca a un contingente de alrededor de 50 aldeanos fortachones en restaurantes, hoteles, hospitales y con políticos que contienden por algún cargo de elección popular.

El mercado, notó, solo sigue creciendo. “Conforme aumenta el dinero, se incrementa el crimen”, dijo. “Y a medida que aumenta el crimen, se incrementa nuestro negocio”.

Una medida de este éxito es que, si bien sus dos hijos han estado luchado desde la edad de ocho años, él espera que sean parte de la primera generación de su familia que tenga un empleo de escritorio.

Miró con orgullo cuando su hijo mayor, un chico de espalada amplia, llamado Kunal, respondía unas cuantas preguntas en un inglés titubeante y reconocía, con una sonrisa tímida, que le gustaría, algún día, llegar a ser un contador.

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