New York Times Syndicate

Farjunda: de paria a mártir y símbolo de los derechos de las afganas

Farjunda fue acusada falsamente de quemar el Corán y asesinada con lo que se encendieron numerosas protestas. Activistas decidieron recrear la escena de su muerte para presionar al gobierno, pues un mes después de los hechos no había nadie acusado. Y unas horas después ya había 49 acusados. 
Rod Nordland
08 mayo 2015 17:9 Última actualización 09 mayo 2015 5:0
Farjunda

Farjunda nunca quemó el Corán; sólo discutió con un vendedor en un templo, pues ella consideraba que no era islámica la venta de amuletos. (NYT)

KABUL, Afganistán – Mataron a Farjunda de nuevo, pero esta vez hubo lágrimas en lugar de gritos, en la multitud.

Hombres la apalearon con rocas y adoquines, la derribaron, la patearon, le arrancaron el pañuelo de la cabeza, y todo el tiempo le gritaban lemas y denunciaban que era una blasfema. La sangre le enredó el cabello e hizo de su rostro magullado una máscara roja.

Debido a que se trataba de una recreación del crimen real, faltaron algunos detalles de la muchedumbre de hombres afuera de una mezquita en el centro de Kabul, las partes en las que los atacantes verdaderos arrastraron a Farjunda detrás de un coche o que la lanzaron desde un puente, entre otros actos. Sin embargo, sí empaparon a la actriz Leena Alam, quien interpretó a Farjunda, con un líquido que simbolizaba la gasolina y la enterraron en un montón de cenizas.

Hasta estuvieron presentes verdaderos policías, haciendo lo que habían hecho sus colegas el 19 de marzo en el mismo lugar: estar parados a un lado. No obstante, esta vez se vio que algunos de ellos tenían los ojos llorosos.

El asesinato de Farjunda, de 27 años, estudiante de la ley islámica, a quien acusaron falsamente de quemar el Corán, encendió numerosas protestas y movió a las activistas más que casi cualquier otra cosa que haya sucedido desde los días de las ejecuciones públicas de mujeres de los talibanes. Además, la oficina del fiscal general anunció que se habían levantado cargos formales contra 49 participantes en el asesinato, 19 de los cuales son policías acusados de no haber tratado de detenerlos.

El ataque, así como la recreación que se le encargó a una coalición de organizaciones de derechos, se llevó a cabo en la mezquita Shah-do Shamshira, famosa por sus parvadas de palomas y legiones de personas que las alimentan, así como en el templo adyacente, del mismo nombre, que significa rey de dos espadas. Cientos de transeúntes documentaron ambos hechos con sus teléfonos celulares; después del asesinato real, los atacantes publicaron muchos de esos videos en YouTube y en sitios de medios sociales porque se sentían orgullosos de haber participado en el crimen.

Todo eso cambió cuando las autoridades admitieron que no se había quemado ningún Corán y que, de hecho, Farjunda había sido una musulmana devota que discutió con un vendedor en el templo porque ella consideraba que no era islámica la venta de amuletos de la buena suerte. Ese vendedor, Zainudin, inició las acusaciones en su contra y estuvo entre los primeros detenidos.

Desde entonces, se ha transformado a la propia Farjunda otrora una paria y ahora mártir – y muchos defensores de los derechos de las mujeres dicen que se han vigorizado con la forma en la que su muerte ha atraído a muchos hombres a su causa.

“No queremos que se olvide este caso”, señaló Alema, una integrante del Comité Justicia para Farjunda, quien, como muchos afganos, solo usa un nombre. “Queremos que el nombre de Farjunda siga vivo en la historia”, añadió.

Mohamad Sayid Arghandaiwal, otro activista, dijo: “Farjunda sacrificó su vida por los derechos de otras mujeres. Es el comienzo de una revolución”.

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El Comité Justicia para Farjunda concibió la recreación como una forma de mantener la presión sobre el gobierno, ya que a los activistas les preocupaba que todavía no se levantaran cargos formales un mes después de los hechos. Unas horas después de la recreación, las autoridades anunciaron las acusaciones en contra de 49 sospechosos.

“Hay rayos de esperanza en este caso”, dijo Ramin Anwari, uno de los organizadores. “¿Pero por qué se tardaron tanto en iniciar los procedimientos judiciales?”.

La mañana de la recreación, Alam se despertó con mariposas en el estómago. Si bien es una experimentada actriz de cine, dijo que estaba resultando ser un papel duro. Para empezar, Alam había estado en el entierro de Farjunda y fue el primer cadáver real que había visto en su vida, contó.

Después, Alam se preparó viendo tantos videos del ataque real como pudo, y lo que verdaderamente la impactó fue cómo Farjunda nunca lloró durante todo el prolongado maltrato del que fue objeto. “Seguía pensando cuán poderosa y valiente fue, y nunca de los nuncas lloró, con todo ese dolor, con tantos ataques”, observó Alam.

Sus compañeros actores y ella acordaron que no habría lágrimas en su actuación, pero en los ensayos, todos rompían en llanto a cada rato. “Los trabajadores, mi director, todos, solo nos mentalizamos”, dijo. Si una persona lloraba, ella también. “Repetía: 'No me hagan débil, no quiero llorar’”.

Farjunda

Durante la recreación, algunos de sus compañeros actores se metieron demasiado en el personaje, contó ella, y si bien sus piedras y garrotes eran de esponja o espuma, le empezó a arder la cara de tantos golpes, y salió algo magullada. Los espectadores daban gritos ahogados con frecuencia porque parecía muy real e, incluso, se vio llorar a algunos de los policías.

“Honestamente, yo mismo no podía detener las lágrimas”, dijo Anwari, aunque había visto los ensayos. “La muchedumbre realmente se puso emotiva, gente a mi alrededor estaba llorando, literalmente, estaba temblando, estaba muy emocionada”.

Es probable que algunos de los nombres que surgen en el caso de Farjunda sean polémicos, como el de Sharaf Baghlani, quien se dijo que inmediatamente después del ataque entró en Facebook para alardear de su papel en él, y se describió como un funcionario del Directorio Nacional de Seguridad, el servicio de inteligencia afgano. “Me siento orgulloso al decir que yo soy el que personalmente mató a Farjunda”, se dice que escribió, según quienes vieron la publicación antes de que la quitaran.

El Directorio desconoció a Baghlani a pesar de las fotografías en las que aparece con la pistola estándar de la dependencia bajo el saco del traje oscuro. Después, publicó en Facebook que alguien había pirateado su cuenta y que él no había publicado el mensaje.

Baghlani admitió, no obstante, que lo habían acusado por el asesinato de Farjunda. “Sería injusto que me dieran más de dos años de cárcel porque solo la patee dos veces”, escribió en una entrada que publicó cuando supuestamente estaba en la cárcel.

Al final de la recreación, entierran a Alam en cenizas que simbolizan la forma en la que murió Farjunda, mientras se escuchaba, a todo volumen, una grabación del ataque real por los altavoces. Ella se levantó para sacudirse las cenizas y se unió a un grupo de mujeres que avergonzaron a los hombres.

Después, Alam hizo lo que se había esforzado tan duro por no hacer. “Ya no pude evitarlo”, contó. Estalló en llanto, llorando inconsolablemente mientras la ayudaban a bajar del escenario.

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