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Extravagante empresa de arte de 200 mdd resulta ser el boleto para Tasmania

La isla de Tasmania en Australia, tierras que en el siglo XIX se convirtieron en una de las cárceles más duras del impero, ahora se ha transformado en un espléndido museo de arte de 200 millones de dólares al que más de un millón de personas han visitado.
Jane Perlez
04 abril 2015 18:41 Última actualización 05 abril 2015 5:0
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Lonely Planet catapultó a Tasmania al Top 10 de los lugares que hay que ver en el mundo este año. (New York Times)

Durante la mayor parte de su existencia, Tasmania fue conocida como una isla remota en el fondo de Australia, un sombrío reducto del siglo XIX donde los oficiales coloniales británicos encarcelaron a los convictos en las más duras de las cárceles del imperio y mataron a gran parte de la población aborigen.

Así que quizá no fue totalmente sorprendente cuando un rico apostador y matemático local abrió un espléndido museo de arte aquí hace tres años y anunció con ostentación que estaría dedicado a los temas del sexo y la muerte. La empresa, albergada en un laberinto subterráneo de arenisca y localizada en un terreno río arriba de esta letárgica ciudad portuaria, conjuró más oscuridad.

Pero luego su dueño y creador, David Walsh, modificó ligeramente su premisa original, optando más bien por un museo idiosincrático de 200 millones de dólares que mezcla arte contemporáneo internacional destacado con bares bien provistos y áreas de descanso. Para consternación de los aristocráticos de Tasmania, algunos de los cuales remontan su linaje a los primeros colonos, y para sorpresa de la mayoría de los 500 mil residentes principalmente de clase obrera de la isla, el Museo del Arte Nuevo y Antiguo ha sido un enorme éxito.

Más de un millón de personas han visitado el sitio de exhibición al que es difícil llegar. Lonely Planet catapultó a Tasmania al Top 10 de los lugares que hay que ver en el mundo este año. Curadores de Nueva York y París se han maravillado con la forma en que el museo desdeña las convenciones: No hay carteles explicativos colocados en las paredes, y a los visitantes se les alienta a vagar por los espacios subterráneos a voluntad.

Pueden detenerse en el “Fat Car”, un brillante Porsche rojo esponjado con fibra de vidrio para convertirlo en un bulboso símbolo del consumo ostentoso por el escultor austriaco Erwin Wurm. Pueden admirar la gran instalación de fajos de acero gris del artista alemán Anselm Kiefer, albergada en su propio edificio. Pueden hacer gestos ante la “Cloaca Professional” del artista belga Wim Delvoye, quien ideó seis máquinas suspendidas del techo que cada día duplican la defecación humana, y sus olores.

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“El museo nació del riesgo, al igual que la vida anterior de David como apostador”, dijo Leigh Carmichael, cercano colaborador de Walsh y director creativo del festival de invierno del museo. “Privo al antiguo museo de espacios en blanco e interpretación y creó un material de inmersión para que uno no se sienta culpable si no está aprendiendo algo”.

Para muchos, el primer atisbo del museo – conocido coloquialmente por su acrónimo en inglés, MONA – es un catamarán de gran potencia que se desliza desde el puerto de la ciudad más abajo por el río Derwent hacia la entrada del museo. En el camino, tres bares sirven champaña, vino y cerveza (uno se llama Posh Pit) acompañados por deliciosos pays y pasteles preparados por chefs a bordo. El catamarán, pintado de camuflaje para indicar que está protegiendo al río alguna vez contaminado, ofrece un cómodo sofá estilo barroco para la relajación en la cubierta inferior posterior y bancos en forma de ovejas en el bar superior al aire libre.

En el muelle del museo, los visitantes ascienden 99 escalones como si fueran a un templo. En la cima, sin embargo, se encuentran con una cancha de tenis de superficie dura bien cuidada; Walsh vive en el sitio y le gusta jugar, explica el guía. También le gustan los omelets. Por ello, hay gallinas vagando por el lugar. Y le gusta el vino, así que también hay un pequeño viñedo, lo cual hace del museo una especie de palacio del placer personal que su creador comparte con muchos otros.

Una pared interior con espejos rodea a la entrada. Dentro, guías sonrientes entregan dispositivos estilo iPod, llamados máquinas O, que usan tecnología de detección de ubicación ideada por una compañía australiana para decir a los visitantes qué obras de arte están viendo.

Un visitante puede recorrer tres niveles de salas escasamente iluminadas que muestran arte (definitivamente ninguna pared blanca) y un corredor de arenisca tallado 18 metros por debajo del suelo. Sillones victorianos se alinean en una pared opuesta a la piedra desnuda, un área llamada el Void Bar donde en un día reciente la gente estaba sentada charlando, bebiendo champaña y revisando sus teléfonos celulares.

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En los extensos terrenos, un austero quiosco de mármol y acero del artista estadounidense James Turrell sirve como lugar de contemplación. Cerca, una mezcladora de cemento fabricada por Delvoye con acero de cortes láser de patrones intrincados parece como lo máximo en juguetes para niño.

En total, unas 200 de la colección de Walsh de mil 500 obras de arte están en exhibición, dijo Delia Nicholls, curadora de investigación del museo. No expuesta por el momento: “The Holy Virgin Mary” de Chris Ofili, la pintura de una madona negra que incorporó excremento de elefante y causó furor políticos cuando fue exhibida en el Museo de Arte de Brooklyn en 1999. Walsh la adquirió hace algunos años en la Saatchi Gallery en Londres.

El museo atrae a todo tipo de personas: amantes del arte tradicionales, jóvenes estudiantes de arte, turistas que han venido a Tasmania por la belleza natural de la isla. Sin embargo, aun con el turismo que el museo ha generado para la economía de Tasmania en apuros, Walsh, de 53 años de edad, es un personaje al que los residentes locales no pueden aceptar del todo.

Creció en una familia pobre no lejos de donde se ubica ahora el MONA. Su padre entrenaba galgos. Él habla en una autobiografía de odiar la escuela y ocultarse en el Museo y Galería de Arte de Tasmania del siglo XIX para poder leer lo que él quería.

La Universidad de Tasmania, donde estudió, estaba cerca de un casino, donde Walsh aplicó su aptitud en las matemáticas para apostar en grande. Formó un grupo, Bank Roll, y viajó por el mundo ganando.
En el primer catálogo para el MONA, explicó su motivación para el museo: “Inventé un sistema de juegos de azar. Gané dinero. Resulta que no es tan grandioso ser rico . ¿Qué hacer? Mejor construir un museo; hacerme famoso. Eso cautivará a las muchachas”.

Debajo de la audacia, dice que desde hace tiempo le ha interesado por qué la humanidad siempre ha hecho arte. Sospecha, dice, que el impulso tiene bases biológicas, una adaptación evolutiva.

“Entonces la pregunta se convierte en '¿cómo el arte nos ayuda a sobrevivir?'”, escribió en un correo electrónico. “Esta me parece la pregunta sobre el arte más importante disponible (excepto posiblemente, '¿Qué es arte?'). Probablemente hay varias respuestas posibles, ya que la evolución es oportunista”.

Para explorar la cuestión del arte y la evolución, Walsh ha invitado a dos expertos estadounidenses en sicología evolutiva, Steven Pinker y Geoffrey Miller, y al científico cognoscitivo y neurólogo Mark Changizi, quienes han visitado el museo, a organizar exhibiciones en el MONA en 2016.

“También soy oportunista, y aprovecharé cualquier oportunidad para hacer una buena pregunta mientras coloco algunas imágenes grandiosas en la pared”, afirmó.

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