New York Times Syndicate

Este McDonald's en Nueva York es más que un restaurante 

El Times Square de hoy parece, con frecuencia, un parque temático, una mezcla de espectaculares luminosos y turistas que congestionan las calles. Sin embargo, el McDonald's de la Octava Avenida, entre las calles 34 y 35, es una vuelta a una época más sórdida de Nueva York.
Kim Barker
01 agosto 2015 15:58 Última actualización 02 agosto 2015 5:0
McDonald's de la Octava Avenida, en Nueva York. (NYT)

McDonald's de la Octava Avenida, en Nueva York. (NYT)

NUEVA YORK.- Algunos clientes se sirven cerveza en vasos de plástico transparente McCafé y la beben sin esconderse. Un hombre llamado Shamrock le da tragos a un vodka solo, servido de una botella de agua Dasnai, sentado a una mesa cercana a la entrada.

El otro día, un hombre se dirigió directo al baño, hizo una pausa para abrir la mochila y sacar un bolsa de heroína, conocida como “alimento para perros”. Otro día, a una mesa lateral, una pareja compartió una malteada de vainilla de McDonald’s y tragó “varitas”, el fármaco ansiolítico Xanax, cuya venta requiere receta médica, y “prendedores”, la píldora ansiolítica Klonopin.

Un miércoles reciente, apareció una ambulancia para llevarse a un parroquiano al que habían apuñalado en la entrada adyacente, y había sangre por toda la acera.


El Times Square de hoy parece, con frecuencia, un parque temático, una mezcla de museos de cera, espectaculares escandalosos y turistas que caminan con lentitud y congestionan las calles. Sin embargo, este McDonald’s cercano, en la Octava Avenida, entre las calles 34 y 35, es una vuelta a una época más sórdida de Nueva York, un lugar donde esos mismos turistas se sentaban en medio de drogadictos, buscando un toque o gesticulando con la cabeza hacia mesas después de haber ingerido metadona, o, quizá, alguna otra cosa.

“Los turistas no saben nada”, dijo Nichole, de 29 años, quien solía usar heroína y vive en un refugio, va con regularidad al McDonald’s con su novio.

Me encanta cuando entran y miran a su alrededor y todos gesticulan hacia una mesa. Porque no tienen ni idea de lo que está pasando. Pareciera que se preguntan: '¿Por qué todos están durmiendo aquí?'.


¿Por qué allí? Porque a tres minutos caminando hay una clínica en la que se dispensa metadona, el sustituto del opiáceo utilizado en el tratamiento de la adicción a la heroína; dos programas de abuso de sustancias para pacientes externos, y cambio de agujas.

En el barrio existen pocas opciones baratas para pasar el rato. El White Castle solo permite que los clientes que consumen entren a los baños. La administración en un Subway y dos Dunkin’s Donuts dicen que no funcionan los suyos.

Solo queda McDonald’s, el restaurante de las masas, el gran democratizador, el sustituto de la plaza comunitaria, donde es posible leer mientras se chiquitea una taza de café barato durante horas, o se duerme la siesta después de tomar la dosis diaria de metadona.

En la Ciudad de Nueva York, cada McDonald’s tiene su propio sabor. En uno en Brooklyn, el mismo grupo de mujeres latinas de más edad, una con el cabello pintado de bermellón, se reúnen cada tarde; mientras que en otro, en Queens, coreanas mayores se juntan a tomar café la mayoría de los días.

Algunos parroquianos hacen la broma de que el que está en la Octava Avenida es el “McDonald’s zombi”; otros, lo llaman el “McDonald’s junkie”. Las evaluaciones de los clientes en Yelp describen a “un paraíso para los drogadictos” y aconsejan a otros a que “no se acerquen a los pastilleros”. (Para ser justos, de hecho, los adictos allí no son pastilleros, o gente que usa metanfetaminas, un estimulante. La mayoría prefiere calmantes.)

Nadie de ese McDonald’s, ni de las oficinas corporativas respondió a las solicitudes para hacer comentarios.

Muchos de los parroquianos recorren un circuito, van de la clínica de metadona al frente del cambio de agujas y luego siguen por la calle hasta el restaurante para estar ahí unas horas hasta que se les baje el efecto de la metadona, pasar el rato con amistades y, quizá, estafar a alguien.

Quienes todavía se drogan recorren un circuito diferente: a veces, compran drogas en el baño y las usan de inmediato en un urinario. En ocasiones, compran en McDonald’s, pero luego doblan la esquina para pincharse en el Wendy’s, donde hay tres baños individuales en la parte de arriba, cada uno con chapa, lo cual ofrece mayor privacidad que los baños de McDonald’s. Sin embargo, regresan después.

El restaurante bien iluminado, remodelado hace unos tres años, está decorado en un estilo que se describe en forma más acertada como una mezcla de Jackson Pollock, la casa de juguete de Pee-wee y Dinamarca. Algunas de las paredes son verde limón con volutas en negro. Otras son negras con franjas blancas en diagonal. Hay inexplicables divisiones de tablones de madera.

Las dos mesas principales están al frente, grandes y redondas, con sillas con brazos y cojines . Los parroquianos pasan el rato ahí o se apoltronan en mesas en la parte de atrás o salen a fumar cigarrillos.

“Estos tipos, tienen su cosa aquí”, comentó Ray Flonard, de 53 años, observando desde una mesa en la parte de atrás. “Se apoderan del frente. Se apoderan de la acera. No puedes moverte por la acera con todos ellos. Pero eso no le hace daño a nadie, supongo. Se visten de gala y vuelan y solo pasan el rato unos con otros, todo el día”.

Se ganaron este McDonald’s. Ganaron con los puros números y porque siempre regresan. Han ganado a pesar del “letrero de prohibido merodear” que establece un límite de tiempo de “30 minutos mientras se consumen alimentos”.

Han ganado a pesar de la policía, que se presento allí 200 veces el año pasado, principalmente, en respuesta a llamadas por alteración del orden público, pero también para aprehender a personas que vendían drogas. Han ganado a pesar del guardia de seguridad, un hombre en contra de docenas, que tiene más de 20 años en el empleo y, a veces, ahuyenta a los clientes que se desmayan sobre las mesas. Un parroquiano lo apuñaló en la pierna hace unos cuatro años.

“Cada día, vivo un infierno”, dijo hace poco, recargado contra una pared en la parte de atrás. No quiso proporcionar su nombre.
De cualquier forma, todos saben que se va a las 2 p.m.

Después de que se va el guardia de seguridad, es mucho más fácil hacer negocios. Se vende casi cualquier cosa. Se venden cigarrillos sueltos en 50 centavos de dólar cada uno. Un iPod cuesta 40 dólares. Un paquete de seis calcetines sale en 3 dólares. Audífonos elegantes, todavía en su empaque de la cercana Duane Reade, se venden en 8 dólares.

Una tarde reciente, un hombre con un chaleco verde neón de seguridad vial, puesto sobre el torso desnudo, pregonaba de mesa en mesa una nueva rasuradora Norelco, todavía en su caja. Aceptaría lo que le dieran.

“Quiero cinco dólares por cada uno”, dijo un hombre que vendía botes de spray corporal para hombres Axe, en bolsas de plástico. Tuvo poca suerte; cinco dólares no es un gran precio.

“¿Quiere una loción?”, preguntó una mujer en voz alta, sentada a una mesa del frente con tres frascos de Aveeno frente a ella.

Un parroquiano dijo que una bolsa de heroína cuesta 10 dólares en el baño. Una varita sale en cinco dólares. Un prendedor vale 2 o 2.50 dólares. Sin embargo, esos precios varían dependiendo del cliente. Era común que un hombre de Wall Street pagara 25 dólares la bolsa.

Otros tipos de parroquianos, los denominados normales, frecuentan este McDonald’s, como el reportero de televisión vestido con traje, que sólo va porque está cerca de su oficina. Y la monja de 70 años que, a veces, se sienta en la parte de atrás, donde le gusta observar cómo se desarrolla la escena, como si fuera un espectáculo de Broadway.

“Compro un barquillo de helado por un dólar”, dijo la monja Elaine Goodell, de 89 años, quien vive en un convento cercano y trabaja como capellana en un hospital. “Luego, por lo general, compro papas fritas a la francesa, medianas. Me encanta lo salado y lo dulce. Y eso es lo que obtienes aquí, también, lo salado y lo dulce de la humanidad”.

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