New York Times Syndicate

Esquizofrénicos en Venezuela, sin medicamentos y empeorando

Venezuela alguna vez produjo la mayor parte de sus propios medicamentos pues Hugo Chávez nacionalizó empresas para producir medicinas más baratas. Compañías como Pfizer y Eli Lilly llenaban los huecos faltantes. Hoy con la crisis no hay medicamentos para enfermos mentales.
Nicholas Casey
14 octubre 2016 15:57 Última actualización 15 octubre 2016 5:0
Venezuela

El Hospital Psiquiátrico El Pampero reflejan la pesadilla que viven los enfermos mentales por la falta de medicamentos. (NYT)

MARACAY, Venezuela _ Las voces que atormentaban a Accel Simeone se volvían cada vez más fuertes.

Los últimos suministros de medicamentos antipsicóticos del país habían desaparecido, y Simeone había pasado semanas sin la medicina que controla su esquizofrenia.

La realidad se desintegraba conforme cada día que pasaba. Los sonidos en su cabeza pronto se volvieron personas, con nombres. Estaban creciendo en número, atestando la diminuta casa que compartía con su familia, escuchando obscenidades al oído.

Ahora las voces demandaban que matara a su hermano.

“No quería hacerlo”, recordó Simeone, de 25 años de edad.

Tomó una pulidora eléctrica del taller de reparaciones de la familia. La encendió.

Pero, luego, para salvar a su hermano, se agredió a sí mismo, pasando la pulidora por su propio brazo hasta que su padre corrió a quitársela de sus ensangrentadas manos.

El colapso económico de Venezuela ya ha diezmado a su sistema de salud, dejando a los hospitales sin antibióticos, a los cirujanos sin guantes y a los pacientes muriendo en las mesas de examinación de las salas de emergencias.

Ahora, miles de pacientes de salud mental, muchos de los cuales habían estado llevando vidas relativamente normales bajo la medicación, están a la deriva, desesperados y presas de la psicosis porque en el país se ha agotado la enorme mayoría de medicinas psiquiátricas, dejando a las familias y los médicos impotentes para ayudarles, dicen expertos médicos.

Las instituciones mentales han dado de alta a miles de pacientes porque ya no pueden atenderlos, según los médicos. Los pacientes que aún son atendidos por ahora sufren en salas de hospital deterioradas en las que apenas se les puede alimentar. Los médicos y las enfermeras temen ataques violentos y dicen que tienen poca opción salvo atar a sus pacientes a las sillas, encerrarlos o quitarles la ropa para evitar suicidios.

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En la ciudad de Barquisimeto, las escenas en el Hospital Psiquiátrico El Pampero reflejan esas pesadillas.

La escasez de alimentos había dejado a un anciano esquizofrénico famélico, como un esqueleto andante en un campo de concentración.

Un hombre epiléptico privado de sus medicinas caía en ataques repetidos, mientras otro paciente sin tratamiento yacía atado a una cama, amarrado de los tobillos. Una anciana sin medicinas para controlar su esquizofrenia se arrastraba por el piso, pasando frente aun paciente hambriento que comía frutas que habían caído en un charco formado por las aguas de un drenaje abierto.

Pero la mayoría de los pacientes en todo el país están en manos de familias como la de Simeone, dicen los doctores. Los familiares deben elegir entre ir a trabajar o cuidar de sus seres queridos. Es una vida de búsqueda de medicamentos cada vez más raros, de esperar con angustia que sus parientes no se dañen, o lastimen a otros, en el momento en que alguien se descuide.

“Cuando oí que podía herir a su hermano, eso me quebró”, dijo Evelin de Simeone, la madre de Accel, relatando el día en junio en que su hijo tomó la pulidora eléctrica.

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Venezuela, el país con las reservas petroleras más grandes del mundo, alguna vez produjo la mayor parte de sus propios medicamentos. A principios de este siglo, el presidente de entonces, Hugo Chávez, empezó una amplia nacionalización de las empresas farmacéuticas venezolanas en un esfuerzo por producir medicinas más baratas. Compañías extranjeras como Pfizer y Eli Lilly llenaban los huecos enviando medicamentos.

Luego los precios del petróleo colapsaron. El gobierno empezó a quedarse sin divisas duras, lo que le dejó incapaz de importar materias primas para las fábricas de propiedad estatal que surtían a los hospitales venezolanos. Muchas compañías farmacéuticas extranjeras dejaron de enviar medicinas porque el gobierno les debía demasiado dinero.

La consecuencia: un 85 por ciento de las medicinas psiquiátricas no está ahora disponible en Venezuela, según el principal grupo comercial farmacéutico del país.

“Las cosas más elementales han desaparecido”, dijo Robert Lespinasse, ex presidente de la Sociedad Venezolana de Psiquiatría. “Es como ser impotente”.

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En el Hospital El Pampero, los gritos de Emiliana Rodríguez, una paciente esquizofrénica, hacían eco. Tenía poca comida y nada de medicinas para su glaucoma, el cual difícilmente le permitía ver. Apenas pudo reconocer a quienes la rodeaban, salvo por un momento de lucidez.

“No estoy loca”, dijo. “Tengo hambre”.

Para Accel Simeone, la casa de bloques de cemento de la familia en la ciudad de Maracay sigue siendo un refugio, incluso después de se lastimó el brazo con una pulidora.

Poco después, un psiquiatra le prescribió un medicamento diferente _ uno que podía encontrarse, al menos ese mes _ y las voces que acosaban a Accel se acallaron.

Eso habría llevado la calma al hogar si Gerardo Simeone, el hermano de Accel, no fuera también esquizofrénico.

Los Simeone eran verdaderos creyentes en Chávez y su revolución de inspiración socialista.

Mario Simeone, el padre, era hijo de un refugiado de la Italia de la Segunda Guerra Mundial que se había casado en Venezuela, pero el trabajo duro de sus padres hizo poco por elevar sus propias perspectivas. Cuando él y Evelin se casaron a fines de los años 80, su primera casa, en un barrio en ruinas, no tenía mesa ni cama.

Luego Chávez asumió en 1999, prometiendo atención médica, educación y empleos para reorientar al país y su riqueza petrolera hacia los pobres. Los Simeone se volvieron simpatizantes leales.

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Evelin de Simeone se tituló en derecho en una universidad gratuita financiada por el Estado, y empezó a litigar especializándose en demandas y testamentos. Su esposo, un reparador curioso, abrió un taller para arreglar vehículos. En 2005, los dos compraron una nueva casa y la llenaron de electrodomésticos.

“Nuestro refrigerador siempre estaba lleno”, dijo Evelin de Simeone.

Pero algo estaba mal con Accel. El afable joven, apodado “El Gordo”, había cumplido 18 años y estaba empezando a sentirse ansioso, con una sensación constante de ser perseguido. Las voces le decían que era gay, o que querían matarlo por su dinero.

A los 19 años, Accel atacó a su padre con un palo. Un psiquiatra en Caracas de inmediato reconoció los síntomas de la esquizofrenia y prescribió varios medicamentos, fáciles de obtener.

“La medicina era la única forma de ganar”, dijo Evelin de Simeone.

Pero la batalla apenas estaba empezando, el hermano menor de Accel, Gerardo, había sido siempre el más comunicativo, un contador de chistes que se lanzaba a largos discursos sobre la historia que había aprendido en la escuela. Luego “El Negro”, como su familia lo llamaba por sus rasgos oscuros, repentinamente se volvió silencioso.

“Qué sorpresas te da la vida”, dijo Mario Simeone de la esquizofrenia de Gerardo. “¿Quién habría sabido que atacaría a los dos muchachos?”

Afuera de la casa, otros cambios estaban en marcha. Chávez, que tenía cáncer, murió en 2013, dejando a un sucesor menos conocido, Nicolás Maduro. Al año siguiente, los precios del petróleo empezaron a declinar drásticamente. El país se encontró incapaz de pagar por los productos, servicios e importaciones.

Las filas para conseguir comida se volvieron terriblemente comunes en el barrio de los Simeone. Los artículos básicos como harina de maíz y arroz eran difíciles de encontrar. Para 2015, la inflación alcanzó los tres dígitos, diezmando los ahorros de la familia y a menudo dejando a Evelin y Mario sin clientes.

La escasez de medicinas golpeó duramente. Evelin de Simeone pasaba largos periodos de la semana recorriendo farmacias en busca de olanzapina, un medicamento antipsicótico, con poca suerte. Para abril, estaba dividiendo las píldoras restantes entre sus hijos, y reduciendo las dosis para hacerlas durar más tiempo.

“Dije: ‘Dios mío, ninguno de ellos las tendrá pronto’”, recordó.

Evelin, que difícilmente había podido trabajar para cuidar de los dos hermanos, ha renunciado al trabajo por completo. Mario arregla autos para pagar los medicamentos de sus hijos, cuando pueden encontrarlos, lamentando cuánto ha caído la fortuna de la familia.

Quería culpar a alguien.

“Este es un Estado fanático”, dijo. “Si realmente amas a un país, ¿cómo pudiste dejarlo sin comida, trabajo o medicamentos?”

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