New York Times Syndicate

'Ermitaño de la selva' custodia una ciudad

Shigeru Nakayama dejó la isla de Kyushu en el sur de Japón y llegó a  Airão Velho, ciudad que floreció a la par del auge del caucho en el Amazonas a fines del siglo XIX y principios del XX; ahora con su portugués con acento japonés está dispuesto a contar la historia de la zona a visitantes y es fiel guardián de sus secretos.
Simon Romero
22 mayo 2015 16:13 Última actualización 24 mayo 2015 5:0
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Shingeru Nakayama, fiel vigilante de Airão Velho. (NYT)

AIRÃO VELHO, Brasil – Shigeru Nakayama, el guardián de esta ciudad fantasma en el bosque tropical amazónico, contempla el río Negro, un enorme tributario de aguas oscuras. Desde algunos ángulos, parece más un mar que un río, lo que le hace recordar a Japón.

“Fukuoka se pone algo frío durante el invierno”, dijo Nakayama, de 66 años de edad, quien dejó la isla de Kyushu en el sur de Japón con sus padres y tres hermanos a mediados de los años 60 para buscar una nueva vida en Brasil. "Éramos campesinos, tratando de salir adelante. Japón quedó reducido a cenizas después de la guerra. La vida seguía siendo difícil.

“Pero Brasil era el país de nuestros sueños”, dijo Nakayama, entrecerrando los ojos bajo el castigador sol del mediodía mientras reclinaba su enjuto cuerpo contra uno de los deteriorados edificios de piedra de Airão Velho, una ciudad tan abandonada y desolada que ahora la cubre un laberinto de raíces de árboles y enredaderas.

Si alguien en este remoto rincón del Amazonas puede dar fe de cómo los sueños se desarrollan en formas no anticipadas, ciertamente es Nakayama.

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Pero primero, cuando los visitantes llegan hasta las ruinas de Airão Velho, prefiere adentrarlos, en su portugués con acento japonés, en un poco de la historia del enigmático puesto de avanzada que él se ha propuesto proteger.

Los pueblos indígenas habitaron la región durante miles de años, dejando su marca en petroglifos cercanos, señaló Nakayama. Más recientemente, expediciones de esclavistas procedentes de São Paulo penetraron en lo más lejano del Amazonas en el siglo XVII, causando estragos genocidas entre las tribus que vivían a lo largo del río Negro.

Los portugueses luego fundaron el puesto de avanzada proselitista en este sitio en 1694, al cual llamaron Santo Elias do Jaú, estableciéndose en el enorme bosque tropical codiciado tanto por Portugal como por España. Historiadores dicen que el asentamiento amazónico antecedió a las ciudades mejor conocidas del sureste de Brasil en la era colonial como Ouro Preto y São João del Rei, establecidas a principios del siglo XVIII.

Les siguieron los misioneros que compitieron por las almas aquí, ofreciendo sermones a los pueblos indígenas en una iglesia de piedra durante la mayor parte de dos siglos. Antes de que Brasil obtuviera su independencia en 1822, las autoridades en la distante Lisboa cambiaron el nombre del asentamiento a Airão, que persistió en los mapas como un punto diminuto en una frontera enorme.

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Nakayama se entretiene en esos detalles después de abrir la puerta de la choza con pisos de tierra donde vive. Un atrevido cartel en la pared cerca de la entrada, que muestra a una mujer de cabello castaño escasamente vestida y aferrando una lanza mientras monta un tigre, cuelga junto a un mapa de carreteras de Brasil (aunque esta región densamente arbolada casi no tiene carreteras; los barcos ofrecen la mayor parte del transporte).

En una de las habitaciones de la choza, Nakayama ha creado una especie de museo en honor a Airão Velho. Llegó aquí en 2001 después de trabajar en una granja en una parte cercana del Amazonas donde las autoridades crearon un parque nacional, desalojando a los colonos. En esa época, un descendiente del clan Bizerra, que controlaba Airão Velho, pidió a Nakayama que cuidara del abandonado puesto de avanzada.

Una pintura al óleo en su museo muestra cómo podía haberse visto Airão Velho durante su apogeo durante el auge del caucho en el Amazonas a fines del siglo XIX y principios del XX, cuando el asentamiento surgió como un bullicioso centro de reunión para extractores de caucho y comerciantes.

Se piensa que cientos de personas vivieron aquí en los mejores tiempos del puesto de avanzada, recorriendo las calles adoquinadas entre imponentes casas comerciales, tiendas y edificios municipales de estilo colonial, protegidos de los diluvios tropicales bajo techos hechos de baldosas portuguesas.

Desteñidas fotografías de los Bizerra, como si fueran parte de una pieza de arte conceptual, captan a una familia optimista por su influencia en esta zona remota.

“Esta era la ley en ese entonces”, dijo Nakayama, tomando un rifle oxidado que recuperó de entre las ruinas.

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El anciano colono sabe de la justicia en las fronteras de Brasil. Después de dejar Japón, su familia se mudó a Belém, la capital del gran estado de Pará, en una de las últimas olas de emigración japonesa a Brasil, un éxodo que creó lo que se cree es la mayor población de japoneses y sus descendientes fuera de Japón.

Nakayama exuda orgullo cuando describe las hazañas de sus conciudadanos que también siguieron a su estrella hasta el Amazonas, señalando a la precursora colonia agrícola de Tomé-Açu. Por un tiempo cuando era más joven, Nakayama trató de vivir en São Paulo, donde se asentaron muchos más japoneses, pero sintió el llamado de la selva.

“La ciudad no congenió conmigo, y yo no congenié con la ciudad”, dijo, explicando que consideraba a la agricultura tropical su llamado aun cuando sus hermanos prosperaron en aventuras empresariales urbanas.

Antes de que Nakayama llegara a Airão Velho, donde los visitantes de las ruinas le llaman “el ermitaño de la selva”, su existencia no siempre fue tan solitaria. Tuvo dos compañeras en el pasado, dijo. La última, una maestra de escuela, murió de una enfermedad desconocida aproximadamente en la época en que él decidió hacer su vida aquí. No tiene hijos.

Al principio, Airão Velho, a varias horas en barco desde la ciudad de Manaos, no era tan desolado. Aunque los residentes habían abandonado gradualmente el puesto de avanzada después del auge del caucho, algunas familias habían tratado de repoblar la ciudad. Una escuela para niños de comunidades cercanas ofrecía algo de vitalidad a Airão Velho.

Pero como esas escalofriantes imágenes de los sitios abandonados cerca de la ciudad ucraniana de Chernobyl, la escuela ahora está vacía, pese a garabatos escritos en el pizarrón y libros de texto tirados casualmente en el piso como si los alumnos estuvieran simplemente en una prolongada excursión.

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Ser un ermitaño en el Amazonas involucra mucho tiempo muerto. Un generador eléctrico y una antena permiten a Nakayama ver algo de televisión; le gusta seguir lo juegos del Flamengo, su equipo de fútbol.

Caza para su propio consumo algunos animales, como pacas, un sabroso roedor similar a un cerdo. Cuida de un pequeño huerto.
“Nunca he estado en un hospital en mi vida”, dijo Nakayama, lamiéndose los labios después de limpiar un plato de tracajá, o tortuga de cuello ladeado de manchas amarillas.

Dando una fumada a un cigarrillo Euro, corrigió esa declaración.
“Bueno, hubo una vez, cuando una víbora me mordió la muñeca y fui al doctor en Novo Airão”, añadió. “Me dijo que habría perdido el brazo si no hubiera ido a verlo”.

Conforme envejece, dijo Nakayama, ahora pasa algunos días al mes en un asentamiento un poco menos remoto llamado Novo Airão, visitando a amigos y comprando algunas provisiones, las cuales paga con una escasa pensión del gobierno para las personas mayores. Pero cuando un vivaz viajero o investigador académico pasa por Airão Velho, regularmente está disponible para mostrarle el lugar.

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Un equipo cinematográfico japonés lo visitó recientemente para documentar su existencia espartana, a la cual él describió como “normal”.

“Japón se ha convertido en un nuevo tipo de país próspero, y supongo que eso es bueno para la gente ahí”, dijo Nakayama. “Pero ese tipo de vida nunca estuvo en las cartas para mí”.

Nakayama reconoció que proteger a Airão Velho de la invasión de la selva era una lucha perdida. Una mirada alrededor sugiere que las estranguladoras higueras han inclinado la balanza a su favor. En medio de las ruinas, las avispas sobrevuelan; las hormigas de fuego marchan; las cigarras cantan.

El lugar más vacío de todos en Airão Velho quizá sea el cementerio, donde muchas de las lápidas se han vuelto ilegibles por el paso de los años. Tumbas de piedra alguna vez grandiosas ahora se desmoronan, y sus fragmentos están cubiertos de musgo.

Sin embargo, Nakayama siente la necesidad de limpiar el panteón, hachando el crecimiento de las plantas que amenazan con devorar el sitio de una vez por todas.

“Durante siglos, la gente vivió y murió en Airão Velho”, dijo. “Fueron los verdaderos pioneros, y tengo que honrar su memoria preservando este lugar. Es una cuestión de respeto”.

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