New York Times Syndicate

En Cuba, en busca de un puro

El restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Cuba abre las posibilidades de un comercio internacional entre estas dos naciones. Sin embargo, la realidad no necesariamente coincide con el idealismo. 
Ron Stodghill
27 noviembre 2015 22:27 Última actualización 28 noviembre 2015 5:0
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Puros

Los fumadores de puros serios utilizan entusiasmados el lenguaje de los aficionados al vino, al referirse al sabor de un cigarro como especiado o cremoso con toques de miel, cacao y canela. (Cortesía)

Mientras caminaba al oscurecer por las animadas calles de La Habana, sentí que me envolvía una sensación de premonición. Unos pasos más adelante estaba un extraño. Jorge, dijo que se llamaba, un joven embaucador callejero al que acababa de conocer en un puesto de taxis afuera del Hotel Capri.

Jorge estaba vestido de manera decididamente urbana: un enorme jersey de los Padres de San Diego, holgados pantalones cortos de mezclilla y zapatillas deportivas Adidas de punta en forma de concha. Jorge también era encantador, y a través de un inglés chapurreado me había atraído desde el entorno turístico del centro de la ciudad hacia lo que se estaba convirtiendo siniestramente en un barrio desolado y deteriorado de destartaladas casas iguales. El objeto de seducción: una caja de puros, o cigarros enrollados a mano.

Era mi primera noche en La Habana, un viaje provocado por el derretimiento de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba. Unos meses antes, a fines de diciembre, el presidente Barack Obama había ordenado el restablecimiento de las relaciones diplomáticas plenas, poniendo en marcha planes para abrir una embajada en La Habana por primera vez en más de medio siglo.

Pronto llegamos a un derruido edificio de ladrillos en el céntrico vecindario de Vedado. “¡Aquí, mi amigo!”, dijo Jorge en su inglés entrecortado. “¡Buen precio aquí para los Montecristo, y Cohiba también!”

Jorge hizo sonar un timbre. Se abrió una ventana dos pisos más arriba, y las llaves cayeron en el piso. Me condujo por una escalera escasamente iluminada hasta la puerta abierta de un departamento, donde fuimos recibidos por un tipo sin camisa y una anciana que me hizo pasar rápidamente a una habitación posterior. Y ahí estaba sobre una mesa de madera, con su tapa majestuosamente abierta: una caja de Montecristo No. 2 cubanos.

“Gracias”, le dije en español a la mujer, quien me lanzó una sonrisa cansada mientras envolvía mi botín en periódico. Yo sabía que el precio, 80 pesos cubanos convertibles, a la par del dólar, provocaría envidia en los amigos en casa acostumbrados a pagar más de 350 dólares en el mercado negro por una caja de estas joyas. “¿Está feliz, mi amigo?”, preguntó Jorge. Le estreché la mano, luego lo abracé como si fuera de la familia.

Para el amante de los puros estadounidense promedio, los cigarros cubanos han seguido siendo mayormente una gratificación rara; un lujo para celebrar que se adquiere a través de misteriosos canales indirectos y se ofrecen cuando nacen bebés o negocios. Sin embargo, de pronto, el restablecimiento de las relaciones diplomáticas en Cuba en julio pasado trajo consigo la perspectiva del renacimiento de los puros; abriendo una vía para que los estadounidenses comunes visiten la isla y traigan de regreso, por ahora al menos, 100 dólares en puros cubanos del Santo Grial del tabaco.

La relajación de las sanciones me animó a explorar la cultura del puro de Cuba, incluida la Plantación de Tabaco Alejandro Robaina, se puede decir que la granja tabacalera más famosa del mundo. Casa del difunto agricultor Alejandro Robaina, conocido como el rostro del puro cubano, Robaina está ubicada en la ciudad de San Luis en la provincia de Pinar del Río, la sección más occidental de Cuba. Fundada en 1845, la granja es conocida por sus robustas cosechas de hojas de envoltura de alta calidad; tan impresionante, de hecho, que a principios de los años 80, Fidel Castro -él mismo, fumador de puros Cohiba- le puso a estos cigarros como marca el apellido Robaina, los únicos habanos que se jactan de tener esa distinción.

La nostalgia por los puros abunda en Cuba, y encontré a pocas personas más ansiosas por compartirla que Michael Phillips, un británico que se mudó a La Habana hace unos 25 años para enseñar inglés. Es un devoto miembro del Club de Aficionados de los Puros de la ciudad, cuyos miembros -diplomáticos y hombres de negocios extranjeros- se reúnen mensualmente para cenar, fumar puros y conversar. Sentado en la espaciosa sala de estar de su departamento en el elegante barrio de Miramar, donde residen la mayoría de los altos funcionarios gubernamentales de la ciudad, Phillips bebía coñac y me extendió una charola de cigarros sin franja, desde cortos coronas hasta más largos Churchill, habanos color canela y Maduros más oscuros. Sonrió ante mi selección, de forma piramidal y color nogal.

“No me pregunte de dónde vengo”, dijo pícaramente, “porque no puedo decirle”.

Después de un poco de presión, Phillips explicó su menú de puros sospechosamente sin franjas: “Los enrolladores en la fábrica tienen una cuota, pero muchas de las mujeres encuentran la manera de sacar algunos extra. Así que enrollan durante ocho horas en la fábrica, y luego llegan a casa y enrollan por otras dos horas”.

Encendió su puro, le dio una chupada y vio elevarse la columna de humo. “Había una muchacha que trabajaba en la fábrica Romeo y Julieta; ¡estuvo embarazada por tres años!” Río ante un método de contrabando tan ingenioso. “Pero, sí, estos son tan buenos como los de la fábrica”.

Los fumadores de puros serios utilizan entusiasmados el lenguaje de los aficionados al vino, al referirse al sabor de un cigarro como especiado o cremoso con toques de miel, cacao y canela. Los tabacaleros de Cuba se enorgullecen de producir los cigarros con más sabor del mundo. Su enemigo es el creciente mercado no solo de imitaciones de los puros cubanos sino también de las icónicas marcas cubanas cuyas hojas y mano de obra en realidad provienen de otras partes del mundo, en parte como resultado de cultivadores que han huido y reiniciado sus operaciones en otras partes.

Por ejemplo, la marca de calidad suprema Cohiba, creada exclusivamente a mediados de los 60 para Castro y otros altos funcionarios del gobierno, ha estado metida en litigios por años pues Habanos S.A. ha impugnado el derecho de una empresa estadounidense, la General Cigar Co., que fabrica Cohibas en la República Dominicana, a vender bajo la marca Cohiba. Como me dijo un destacado gerente en TabaCuba, la agencia estatal que dirige la producción e investigación tabacalera de Cuba: “Un puro cubano debe ser hecho con el sol cubano, el suelo cubano, con manos cubanas. Si no, no hay empresa que produzca lo que afirma que es”.

Se estima que entre cinco y ocho millones de puros cubanos llegan a los estadounidenses cada año por medio de países como Canadá, Suiza, Australia y México. La mayoría de los expertos coincide en que la relajación de las sanciones comerciales está lejos de abrir una puerta a la venta minorista entre Estados Unidos y Cuba. Tomará años, dicen, para que los vendedores superen la complicada red de la política internacional, las restricciones de marca registrada y las regulaciones de la Agencia de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA, por su sigla en inglés). Cuando los puros cubanos finalmente lleguen abundante _ y legalmente _ a suelo estadounidenses, la mayoría de los expertos se imaginan que pasarán por la Casa del Habano, la cadena estatal de boutiques de puros de Cuba, que ya tiene unas 130 tiendas en todo el mundo.

La cultura del puro cubano, por supuesto, no puede exportarse.

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