New York Times Syndicate

El terror de una aldea arrasada por el ébola

Njala Ngiema era una comunidad tranquila, ahí sus habitantes cultivan arroz y yuca, hoy, está en silencio por el virus del ébola, que ya ha cobrado la vida de 61 de los 500 pobladores.
NYT
21 agosto 2014 1:2 Última actualización 21 agosto 2014 5:0
Njala Ngiema es una pequeña aldea en medio del bosque, hoy, está en cuarentena. (NYT)

Njala Ngiema es una pequeña aldea en medio del bosque en Sierra Leona, hoy, está en cuarentena. (NYT)

NJALA NGIEMA, Sierra Leona.– Persisten los signos de una batalla mortal: regados por todas las casas de los muertos por el ébola hay paquetes vacíos de pastillas y empaques plásticos perforados. Cerca, en el lodo, hay paquetes usados de sales para rehidratación oral. Las pastillas no funcionaron y el viaje apresurado al hospital, si lo hubo, llegó demasiado tarde.

Dentro de una casa tras otra, la enfermedad del Ébola ha reclamado a sus víctimas: aquí, murieron 10 personas; allá, cuatro, incluidos tres niños. A unas cuantas yardas de distancia, un anciano vive solo, ahora su esposa está muerta. En otra, siete personas están muertas, dijo el maestro de la aldea. En una casa larga y baja, murieron 16, todas de la misma familia. Afuera de otra más, dos niñitas, una de seis y su hermana de siete años, están sentadas, pensativas, muertos sus padres.

Y hay más. “Tantos”, dijo Sheku Yaya, el maestro de la aldea, con 35 años de edad, aferrado a la mano de su hijita. “Perdimos a demasiada gente”.

Aquí, en el país más aquejado por el ébola, en la parte más golpeada, ésta, bien podría ser la aldea más devastada, dicen funcionarios locales e internacionales. Son por lo menos 61 los muertos aquí, de una población total de quizá 500 habitantes. Njala Ngiema, una comunidad de ladrillos de adobe, de campesinos que cultivan arroz y yuca, muy dentro del bosque, ahora está en silencio.

“Queríamos abandonar esta aldea”, dijo Yaya.

Todavía hay personas aquí, pero la aldea parece congelada. Dentro de las casas oscurecidas, las escasas pertenencias de las víctimas – ropa andrajosa, un radio solitario – están intactos semanas después. No se ha presentado ningún caso en casi un mes, pero el temor de que el virus letal merodee ha hecho que todo siga en su lugar. Pareciera que nada se ha movido desde que arrasó la mortal marea.

El gobierno de Sierra Leona, desesperado por contener una epidemia que ha reclamado más de 300 vidas tan solo ahí, ha acordonado, efectivamente, esta parte, desplazando tropas y estableciendo controles carreteros en las zonas más duramente golpeadas. El gobierno puso bajo cuarenta a dos distritos aquí, en el este – una zona con alrededor de un millón de habitantes _, para lo que se eliminó la mayor parte del tránsito del lodoso camino de terracería que atraviesa la zona del Ebola.

Ahora, una región, aproximadamente del tamaño de Jamaica, quedó aislada del resto del país debido a los controles carreteros, advirtió un dirigente local, el jefe supremo David Keili Coomber, lo cual ha generado inquietudes en cuanto a si la epidemia no diezma a la población en la región, lo harán la subsecuente escasez de alimentos, comercio y suministros.

“Nuestro temor ahora es que con el cierre de estos caminos existe el riesgo de que mueran más personas de desnutrición e, incluso, de inanición, que por el ébola”, dijo Keili Coomber en un correo electrónico.

La cuarentena de gran amplitud, en gran medida como la impuesta en partes de Liberia al otro lado de la frontera, subraya una realidad básica en la batalla contra la epidemia: ni el gobierno, ni las organizaciones internacionales de salud en las líneas del frente parecen capaces de evitar su propagación en las zonas afectadas.

Son tantas las aldeas afectadas, muy pocos los trabajadores de la salud y otros recursos para tratar de detener su avance, que los gobiernos han recurrido al cierre de regiones completas con la esperanza de contener el daño.

“Cada semana, hay infecciones en una o dos aldeas nuevas”, señaló Anja Wolz, la doctora de Médicos sin Fronteras, quien maneja el centro de tratamiento de su organización afuera del pueblo de Kailahun. “Es un desastre”.

La cuarenta del gobierno se estableció demasiado tarde para Njala Ngiema, donde la marca del flagelo está en todas partes a lo largo del ancho y lodoso camino de terracería que atraviesa la aldea, flanqueada por palmeras. Frente a una casa donde murieron cinco personas, cuelgan unos pantalones azules, intactos desde que el ébola pasó por ahí.

En la parte de atrás de la casa de Alhayi Abah, donde murieron 16 personas, la ropa para laborar la tierra, manchada y rota, que solía ponerse – vaqueros y camisetas – todavía está colgada en el tendedero. Nadie se atreve a bajarla.

“La gente tiene miedo; les pedimos que la quemaran”, James Baion, un maestro en la zona quien ayuda a organizar la respuesta al ébola en nombre de funcionarios locales.

La sábana en la cama de Abah todavía está arrugada y la almohada doblada. Del sencillo marco de madera de la cama sobresalen las sandalias. “No quiso ir al hospital. Tenía miedo de ir”, comentó Baion. Encontraron a Abah muerto, sentado en la orilla de la cama, encorvado, con la cabeza inclinada hacia el pecho.

Son tantos los campesinos que han muerto que los habitantes dijeron que es posible que no haya siembra esta temporada.

“Esta temporada de siembra, no podemos hacer ninguna labor”, notó Yaya, el maestro. “Hemos perdido a demasiada gente”.

Se han abandonado aldeas por todos los alrededores y la vida se detuvo por completo. Las escuelas están cerradas, se cancelaron los partidos de futbol y se dispararon los precios de los alimentos. En Bonbom, son por lo menos 24 los muertos, junto con 12 en Bendima y 61 en Daru, un pueblo de cerca de seis mil habitantes al norte de esta aldea, dijo el jefe supremo en Daru, Musa Ngombu-kla Kallon II, contando con los dedos los pueblos donde han muerto sus súbditos.

“Algunas aldeas están desiertas”, dijo el jefe. En Sierra Leona, el jefe supremo, un cargo poderoso, de semielección popular, en el cual se ratifican leyes consuetudinarias y se recaudan algunos impuestos. “La gente se asusta”, señaló. “Sale huyendo”.

El propio Kallon perdió a su esposa y su hija. La esposa, al hacerse cargo del primer caso en el pueblo, una enfermera infectada, le dijo: “No te preocupes. Mantén la calma”.

En el entierro de la enfermera, todos querían “tocar en abundancia” al cadáver, contó Kallon, hasta arreglarle el cabello. Los cuerpos infectados son altamente infecciosos y presentan un riesgo común de infección.

Hasta en el centro de tratamiento de Médicos sin Fronteras en las afueras de Kailahun, los doctores dicen que no se dan abasto con la epidemia.

“Creo que vamos dos pasos atrás”, señaló Wolz. "Seguimos descubriendo aldeas donde las víctimas del ébola se están muriendo en su casa, en lugar de aisladas, con lo que hay riesgo de nuevas infecciones.

Los protocolos estándar para contener la enfermedad – aislamiento de cada paciente, rastreo de las personas con las que tuvieron contacto y monitoreo de todas ellas durante semanas para ver si desarrollan algún síntoma – parecen una tarea imposible para los cuatro países del oeste africano que han reportado casos hasta ahora: Sierra Leona, Guinea, Liberia y Nigeria. Hasta el 19 de agosto, el número de muertos era de mil 229, de los dos mil 240 casos reportados.

Funcionarios internacionales han dicho que hubo al menos 500 contactos que rastrear tan solo en la ciudad de Guinea, donde se identificó primero el brote en marzo, y la Organización Mundial de la Salud dice que necesitará enviar a cientos más de trabajadores de la salud a la región para tratar de contener la epidemia.

En el centro de Médicos sin Fronteras, un asistente les lanzó latas de sardinas a agradecidos pacientes de ébola detrás de una barrera, varios de los cuales estaban ansiosos por demostrar su buena salud. Sin embargo, uno de ellos, batallando para ponerse en pie, se sostenía la cabeza entre las manos. “Duele, duele, duele”, dijo Mamu Samba, un albañil de 43 años, gimiendo y exigiendo calmantes.

Detrás de las carpas, la morgue está llena. Llegó un cadáver, el de un joven, el brazo colgaba lánguido de la camilla, y parecía haber estado en su plenitud.

La mayoría de los pacientes son el sostén de su familia, como lo expresó un trabajador de la salud. Un equipo de cinco de ellos, totalmente ataviados con equipo protector, desinfectaron el cadáver con una potente solución de cloro en atomizador. Detrás de la morgue, se elevaba el humo de la más reciente incineración de ropa protectora, la cual se elimina después de que se utiliza una sola vez.

Wolz dijo que el brote no se acabaría este año. “Todos envían expertos”, comentó. “Están en oficinas y van a reuniones. Necesitamos gente que salga al campo”.

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