New York Times Syndicate

El lugar más miserable de la tierra quiere demostrar que es un paraíso

La jefa del consejo de Teriberka hizo una campaña, aunque no exitosa, para prohibir la película “Leviathan”, que se filmó en esta población rusa y que mostró una zona sumida en la miseria; la cinta ganó el globo de Oro y tuvo una nominación al Oscar.
Andrew Higgins
01 abril 2016 18:4 Última actualización 02 abril 2016 5:0
Rusia

Teriberka se convirtió tras 'Leviathan' en un suceso turístico. (NYT)

TEREBERKA, Rusia.- Tatyana Trubilina, la jefa del consejo local en este desolado puesto de avanzada en Rusia, en el mar de Barents, quería dejar totalmente claras algunas cosas: no todos los mil habitantes son alcohólicos; no todos están deprimidos y nadie se ha suicidado, al menos no recientemente.

Más aún, dijo, su dominio ártico es “el paraíso puro”, si te gustan las frutas del bosque, el pescado fresco y, claro, vastas cantidades de nieve.

Tales son los deberes de estar a cargo de un sitio que, gracias a una película rusa, aclamada por la crítica (al menos en Occidente), inexorablemente sombría, tiene la desagradable reputación de ser, posiblemente, el sitio más miserable de Rusia: un remoto páramo congelado, lleno de borrachos, funcionarios brutos, edificios derruidos y genuina desesperación.

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Trubilina, quien fuera maestra, con un optimismo incontenible, hizo una ruidosa campaña, aunque infructuosa, para prohibir la película, “Leviathan”, que se filmó, en su mayor parte, en Teriberka y el año pasado ganó el globo de Oro y tuvo una nominación al Oscar por mejor película extranjera.

Al personaje principal de la cinta, un mecánico automotor llamado Kolya, le destroza la vida el alcalde, una versión ficticia y horrendamente banal de Trubilina. La esposa de Kolya, Lilya, se suicida. Entre cada enfrentamiento, invariablemente desesperado, con la burocracia y la Iglesia ortodoxa rusa, todos beben vodka a tragos y se deprimen.

“No me entra en la cabeza como alguien pudo haber hecho una película tan deshonesta”, se quejó Trubilina, frente a un retrato del presidente Vladimir Putin colgado en la pared de su oficina. “Es una versión inventada de una realidad que no existe”. Como muchos de los críticos de la cinta en Rusia, ella ve al director Andrey Zvyagintsev como un “traidor”, decidido a calumniar los logros que ha tenido Rusia con Putin.

Sin embargo, la furia defensiva de Trubilina de lo que ella percibe con una distorsión injusta está muy desfasada de la forma en la que opinan otros habitantes. A nadie le gusta que se describa a su hogar como un sumidero de miseria, pero a muchos les sirve de consuelo que, a pesar de sus problemas, Teriberka no es peor que incontables otros lugares en Rusia, en “glubinka”, como llaman los rusos al vasto interior o, para el caso, el de Estados Unidos. Es un territorio al que menosprecian los urbanitas, pero que, a menudo, esos mismos urbanitas también lo celebran como al centro neurálgico de la auténtica identidad nacional.

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Desde que se estrenó “Leviathan” y empezó a ganar premios en otros países y una condena feroz por parte de los nacionalistas rusos y hasta del ministerio de la cultura del país, que ayudó a pagar la producción, Teriberka ha atraído a una afluencia constante de visitantes. Algunos son cinéfilos, pero la mayoría son entusiastas de la naturaleza a quienes atrajo la majestuosa belleza que se muestra en la cinta como contrapunto a las despiadadamente horrendas acciones de los humanos.

Se están construyendo dos hoteles que se abrirán pronto, y hay un tercero, ubicado en una fábrica de pescado que cerró la mayor parte de su producción y ya ofrece veintenas de habitaciones cómodas.

“La gente busca lo exótico y aquí estamos en el fin del mundo”, dijo Olga Nikolayeva, la jefa de la recién renovada Casa de la Cultura de Teriberka. “Desde mi punto de vista, toda publicidad, es buena publicidad”.

Cuando se colapsó la Unión Soviética en 1991, Teriberka tenía una población de más de 10 mil habitantes, que era 10 veces la que es ahora. Debido a que está cerca de instalaciones militares confidenciales, estaba cerrado a los visitantes por fuera y solo se podía llegar en barco. Desde entones, ya se conectó con Múrmansk por ferrocarril y ya desaparecieron los retenes del KGB en los límites del pueblo. Sin embargo, también desaparecieron la mayor parte de los subsidios y la flotilla de pesqueros de propiedad paraestatal que habían mantenido vivo a Teriberka.

“Este lugar ni siquiera va a existir en 20 años”, dijo Ivan Koshpetruk, el gerente de la fábrica de pescado.

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Quienes han logrado quedarse se enorgullecen mucho de haber sobrevivido en medio de las ruinas. “Todo se vino abajo, pero nosotros seguimos de pie”, dijo Lyudmilla Bokotina, de 69 años, una meteoróloga quien por 50 años monitoreó los feroces vientos, la nieve y las temperaturas bajo cero de Teriberka, desde una cabaña de madera localizada en una colina aislada. Camina hasta ahí cada día y, con la ayuda de un colega más joven, reporta al organismo meteorológico estatal ocho veces cada 24 horas.

Es gran partidaria de Putin, de quien dice que aumentó en un tercio los salarios de los empleados del Estado, como ella, pero también es entusiasta seguidora de “Leviathan”. “Mostró la verdad”, dijo, encorvada sobre un escritorio de madera lleno de bitácoras e instrumentos meteorológicos.

Añadió “Muestra como vivimos. No hay trabajo, no hay nada que pueda hacer la gente, y a los funcionarios solo les importan sus propios intereses. Todo es cierto y necesitamos combatirlo”.

En un principio, gran parte de Teriberka tiene todo el aspecto terrible como el que aparece en la película _ un revoltijo de casas de madera abandonadas, bloques de concreto derruidos y poleas en ruinas. La carretera principal que llega al pueblo corre a lo largo de una costa llena de cascos podridos de barcos pesqueros y otros navíos, los últimos remanentes del que fuera un sector pesquero y del transporte, otrora próspero pero ahora moribundo.

Sin embargo, el paisaje en los alrededores es subliminalmente hermoso, con amplias vistas de la tundra inmaculada, el mar abierto y, por la noche, las exhibiciones frecuentes de la aurora boreal que lanza cortinas ondulantes de iluminación que llenan el cielo con un deslumbrante espectáculo de luz natural. 

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Tales espectáculos han ayudado a hacer de Teriberka un destino popular entre los rusos jóvenes que vienen a mirar fijamente el cielo en las noches y, durante el día, asisten a clases de “snowkiting”, un deporte de invierno en el que los participantes utilizan la energía de un papalote para planear y navegar sobre nieve y hielo.

Hasta la llegada de rublos del turismo ha dejado fría a la jefa del consejo, Trubilina. Se quejó de que los visitantes hacen demasiado ruido y perturban a la naturaleza.

“No necesitamos un turismo desenfrenado”, dijo exhibiendo la posición por defecto de la burocracia rusa de que el control rígido siempre es preferible a una espontaneidad potencialmente desordenada.

La única satisfacción que traen los turistas, dijo Trubilina, es su “decepción al encontrar que la vida aquí no es tan terrible” y la esperanza de que pudieran ayudar a contrarrestar la reputación de desesperación crónica que tiene Teriberka y, por implicación, Rusia.

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