New York Times Syndicate

El calvario de las refugiadas sirias en Europa

La guerra, violencia, contrabandistas explotadores, mares peligrosos y un futuro incierto en un continente extraño, son algunos de los riesgos que enfrentan los inmigrantes, pero estos peligros se amplifican para las mujeres a cada paso del camino.
Katrin Bennhold
08 enero 2016 20:14 Última actualización 10 enero 2016 16:11
Mujeres sirias

Los lugares de acogida en Europa no tienen una división para hombres y mujeres. (NYT)

BERLIN.- A una siria que se unió a la oleada de inmigrantes que iban a Alemania la obligaron a liquidar la deuda de su esposo con los contrabandistas estando disponible para tener relaciones sexuales a lo largo del trayecto. El guardia de una cárcel húngara dejó a otra inconsciente tras la golpiza que le propinó porque rechazó sus insinuaciones.

Una tercera, una exmaquillista, se vestía como muchacho y dejó de lavarse para mantener a raya a los hombres en su grupo de refugiados. Ahora, en un refugio de emergencia en Berlín, sigue durmiendo con su ropa y, como varias mujeres, empuja un armario hasta su puerta por las noches.

“No hay cerradura, ni llave, nada”, comentó Esraa al Horani, la maquillista y una de las pocas mujeres aquí que no tenía miedo de dar su nombre. Ha tenido suerte, contó Horani: “Solo me han golpeado y robado”.

La guerra y la violencia en el lugar de origen, contrabandistas explotadores y mares peligrosos a lo largo del camino, un recibimiento y un futuro inciertos en un continente extraño; son algunos de los riesgos que enfrentan decenas de miles de inmigrantes que siguen consiguiendo llegar a Europa desde Oriente Próximo y más allá. Sin embargo, los peligros se amplifican para las mujeres a cada paso del camino.

Entrevistas con docenas de inmigrantes, trabajadores sociales y psicólogos que atienden a las personas traumadas y recién llegadas por toda Alemania, sugieren que la actual inmigración en masa ha estado acompañada por un incremento en la violencia contra las mujeres.

Desde los matrimonios obligados y el tráfico sexual hasta el maltrato doméstico, las mujeres reportan violencia por parte de compañeros refugiados, contrabandistas, parientes varones y hasta policías europeos. No existen estadísticas confiables sobre los abusos sexuales y de otro tipo contra las refugiadas.

Entre el más de un millón de inmigrantes que han entrado en Europa en el último año, que huyen de la guerra y la pobreza en Oriente Próximo y más allá, los hombres superan en número a las mujeres en más de tres a uno, muestran las estadísticas de Naciones Unidas. “Dominan los hombres, numéricamente y de otras formas”, dice Heike Rabe, un experto en género en el Instituto Alemán para los Derechos Humanos.

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ME refugiadas

Susanne Hohne, la principal psicoterapeuta en el centro, en Berlín occidental, especializada en tratar a inmigrantes traumadas, dice que casi todas las 44 mujeres a las que atiende _ algunas apenas si son adultas, otras de más de 60 años - han experimentado la violencia sexual.

“Nosotros vamos con nuestro propio terapeuta para que nos supervise dos veces al mes, y para lidiar con lo que escuchamos”, dijo Hohne sobre los 18 empleados que tiene. Juntos brindan sesiones semanales de terapia a cada mujer y hasta siete horas de trabajo social, incluidas las visitas a domicilio, para ayudarlas a adaptarse a la vida en Alemania.

En Grecia, uno de los principales puntos por donde entran los inmigrantes en Europa, es frecuente que los centros de recepción estén atiborrados y carezcan de iluminación adecuada espacios separados para las solteras, dijo William Spindler del organismo para los refugiados de Naciones Unidas. “Hombres, mujeres y niños duermen en las mismas zonas”, dijo. Por toda Europa, añadió, “le han reportado a nuestro personal en el campo casos de violencia sexual y de violencia familiar”.

Y hasta en la relativa seguridad de Alemania, un sistema de asilo con el que se batalla en la logística para acomodar a cerca de un millón de inmigrantes en el 2015, ha estado reduciendo costos cuando se trata de las protecciones básicas para las mujeres, como recámaras y baños con cerraduras que funcionen.

“La prioridad ha sido evitar la indigencia”, señaló Rabe, un experto alemán en la violencia de género. “Pero un entorno que facilita inadvertidamente la violencia es un factor de riesgo. No podemos permitir que bajen los estándares”.

Eso es más fácil decirlo que hacerlo, comentó Jan Schebaum, quien administra dos hogares para solicitantes de asilo en el este de Berlín. Hay dos baños por piso y las habitaciones están llenas.

Uno de los hogares que tiene es el refugio de emergencia donde se queda Horani, la maquillista. De los 120 adultos que hay, la mayoría son sirios y afganos, y 80 son hombres.

“Las mujeres están a la sombra de los hombres”, notó Schebaum. “Se han ahogado sus voces y es un problema”.

En el mostrador para la comida, donde los voluntarios reparten sopa caliente y fruta fresca, es frecuente que las mujeres sean las últimas en la fila. Permanecen mucho tiempo en sus habitaciones y es raro que se inscriban en actividades que se anuncian en el tablón informativo, como visitas a museos o ir a conciertos. Una siria no ha salido del edificio desde que llegó hace dos meses porque su esposo, quien todavía no llega a Alemania, le prohibió hacerlo.

En el cuarto de lavado, circulan las historias de abuso doméstico en conversaciones entre mujeres en tonos muy bajos. Hay un esposo violentamente celoso en el cuarto piso que le ha propinado golpizas a su esposa.

Hay una mujer a la que golpea el marido porque no pueden tener hijos. Hace un par de meses, dos afganos acosaron a una chica afgana con comentarios lujuriosos y la empujaron haciendo que se cayera de la bicicleta antes de que intervinieran otros, contó un voluntario del refugio. Sin embargo, se reportan pocos incidentes de violencia.

Ahora hay una tarde solo para mujeres para tejer y una clase de aeróbicos. Los miércoles por la mañana, grupitos de mujeres van a la casa de una voluntaria para ducharse en privado, pintarse las uñas y tener una sesión de acicalamiento.

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Mujeres sirias

Una tarde a la semana, trabajadoras sociales llevan a las inmigrantes a una cafetería al otro lado de la calle para la “hora del café”. Las paredes están cubiertas de grafitis y huele a humo. Pero no importa. Cuando llegó Horani con una enorme selección de música árabe en su teléfono inteligente, el descuidado interior se transformó en un mar que se meneaba, de cabezas bailarinas con pañuelos.

Mientras algunas mujeres se pintaban las manos con hena y otras intercambiaban frustraciones sobre el tiempo que se está tardando conseguir el estatus de refugiado, Samar, quien fuera empleada del ministerio de finanzas sirio, con 35 años de edad, se abrió sobre la tensión particular de ser una mujer en continuo movimiento. Debido a las bombas, Samar tuvo que dejar su casa en Daraya, un suburbio de Damasco, conocido desde recién iniciada la guerra civil por sus protestas en contra del gobierno, y pasó 14 meses viajando solo con sus tres hijas de dos, ocho y 13 años.

“No las dejaba fuera de mi vista ni un minuto”, contó en árabe y tradujo la intérprete. Ella y otras madres solteras se turnaban para dormir durante todo el trayecto, vigilando a sus hijas y unas a otras.

Sin embargo, en Izmir, Turquía, a punto de abordar una embarcación rumbo a Grecia, a Samar la robaron y no le dejaron dinero para pagarle al contrabandista. Un hombre bajo y fornido que se hacía llamar Omar se ofreció a llevar gratis, pero solo si ella tenía sexo con él. Samar ya lo había oído antes, por la noche, en el hostal donde otras refugiadas y ella se estaban quedando, que “iba de cuarto en cuarto”.

“Todo el mundo sabe que hay dos formas de pagarles a los contrabandistas”, dijo. “Con dinero y con tu cuerpo”.

Sin embargo, se negó y se enojó Omar. Esa noche irrumpió en el cuarto de Samar, la amenazó a ella y a sus hijas antes de que sus gritos lo ahuyentaran. Ella se quedó en Turquía durante casi un año, trabajando y ahorrando los 4 mil euros necesarios para el resto del viaje.

Sentada con su hija acurrucada en su regazo, Samar concluyó: “Casi todos los hombres en el mundo son malos”.

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Mujeres sirias

Del otro lado de la ciudad, en el oeste de Berlín, Hohne simpatizó con ella, pero tuvo un punto de vista más matizado. No hay soluciones fáciles, dijo. Los refugios solo para mujeres no son una opción porque la mayoría de las familias quieren permanecer juntas. Algunas mujeres dependen de los hombres para tener protección. Y, añadió, “No debemos olvidar que muchos de los hombres también están traumados”.

“No hay negro y blanco, bueno y malo”, notó. “Si queremos ayudar a las mujeres, también necesitamos ayudar a los hombres.

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