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El Ártico también tiene su ‘Copa del mundo’

Las bajas temperaturas no impiden que los jóvenes del Ártico practiquen su deporte favorito y organicen torneos a gran escala. Conoce la historia de este Mundial bajo cero. 
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17 julio 2015 20:18 Última actualización 18 julio 2015 5:0
El Ártico

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IQALUIT, Nunavut.– El equipo varonil de fútbol de Clyde River llegó horas antes del torneo más importante del año en el Ártico canadiense. En el aeropuerto, los jugadores subieron en taxis y camionetas pickup, mientras su equipaje estaba apilado como piedras en la tundra circundante.

Diecisiete equipos estaban programados para el torneo territorial bajo techo celebrado recientemente aquí, en uno de los semilleros de fútbol más fríos y más remotos del mundo. Nueve muchachos y nueve muchachas serían seleccionados para representar el territorio norteño de Nunavut en la división sub-16 en los Juegos Invernales del Ártico a celebrarse en Groenlandia en marzo próximo.

“Esta es su Copa Mundial”, dijo Gabriel Assis, el jefe de árbitros en el torneo de Nunavut.

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Futbol

Los jugadores de Clyde River se mostraban tímidos y bastante silenciosos bajo sus gorras y lentes oscuros. Si no fuera por este torneo de verano, dijo Martin Iqaqrialu, el entrenador, sus jugadores estarían cazando focas, pescando trucha ártica o pasando el rato en casa por encima del Círculo Ártico.

“Para algunos, es demasiado costoso cazar”, señaló Iqaqrialu sobre el costo de vivir en esa comunidad tan distante. “¿Sabe cuánto cuesta una lata de refresco allá? Siete dólares”.

Desde que terminó el ciclo escolar en Clyde River y cerró el gimnasio, el equipo había estado entrenando en el exterior en un camino de terracería y una cancha de basquetbol de concreto, dijo Iqaqrialu.
A falta de atuendos de fútbol, los jugadores usarían uniformes de basquetbol anaranjados con blanco en el torneo de Nunavut. Para algunos, ésta sería la primera vez que jugaran en terreno artificial o participaran en un torneo lejos de casa.

“Es un viaje que se hace una vez en la vida”, dijo Iqaqrialu. “Algunos me dijeron que estaban muy emocionados, que no habían dormido en toda la noche”.

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Futbol

Para Iqaqrialu, de 33 años de edad, el torneo repercutía como otro paso hacia la renovación personal. Había entrenado al equipo femenil de Clyde River en los Juegos Invernales del Ártico en 2002, a los 19 años de edad. Había sido un momento de orgullo para el caserío inuit en la costa nororiental de la isla Baffin. Apenas dos años antes, según un artículo periodístico de la época, no había habido equipo y solo había una pelota de fútbol para toda la comunidad de unas 950 personas.

“¡El entrenador más joven de la historia!”, comentó Iqaqrialu, haciendo el gesto de mostrar los músculos de sus brazos.

Pero en medio de los magníficos fiordos y glaciares de Clyde River, donde los artistas son celebrados por sus tallados en huesos de ballena, Iqaqrialu dijo que para entonces su vida ya había conocido la desesperación después de que un hermano menor se colgó. Un hermanastro también se quitaría la vida.

Para muchos inuit, la transición de un estilo de vida nómada a la vida en comunidad se ha vuelto cada vez más traumática desde los años 70 y 80. La tasa de suicidios en el lejano norte de Canadá es unas 10 veces superior al promedio nacional.

Durante más de una docena de años, dijo Iqaqrialu, él inhaló gas propano, estableciendo una vez un sombrío récord personal de vaciar 21 latas en 24 horas. Sus dientes se han arruinado.
“No sabía quién era ni dónde estaba”, compartió.

En 2013, Iqaqrialu, un hombre pequeño y delgado que usa un bigote y una gorra de los Senadores de Ottawa, empezó a salir de su nube de propano, dijo.

“Me eché un vistazo a mí mismo”, dijo. “Lo que vi fue un tipo inútil”.
Entró en rehabilitación en Ottawa y apareció en un documental llamado “Tony, Back From the Brink”. El título se refería a un amigo, Tony Kalluk, quien llevó una vida problemática y violenta antes de convertirse en consejero de Iqaqrialu y otros.

“Martin me necesita; lo sé”, dijo Kalluk de Iqaqrialu en el documental. “Creo en él. Quizá eso es todo lo que necesita para creer en sí mismo de nuevo”.

Iqaqrialu supervisaba el gimnasio en Clyde River, pero no había entrenado a un quipo de fútbol en unos cinco años cuando Norman Natanine, de 14 años de edad, el capitán del equipo, se le acercó hace dos meses. Los muchachos no tenían a nadie que los guiara, y el torneo territorial de Nunavut se acercaba. Una oportunidad de participar en los Juegos Invernales del Ártico estaba en juego. Iqaqrialu no pudo decir no.

“Mire esa cara”, dijo de su capitán. “Era un rostro serio”.

Assis, el jefe de árbitros, estaba de pie en el mostrador de recepción del Frobisher Inn, usando unas tijeras para hacer tarjetas amarillas y rojas con cartulina.

“¿Piensa que la FIFA hace esto para la Copa Mundial?”, dijo, sonriendo.

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Futbol

Hay unos 600 jugadores registrados para el fútbol en Nunavut, más que para el hockey, y quizá mil participantes en total, dijeron funcionarios. El fútbol requería equipo menos costoso y menos jugadores que el hockey. Ayudaba a ofrecer una actividad que se puede practicar todo el año, una sensación de comunidad, una conexión con el mundo exterior y una distracción de los problemas sociales como el alcoholismo, la violencia doméstica, el abuso sexual y la alarmante tasa de suicidios.
“El fútbol es más que un deporte”, dijo Kim Walton, una maestra que entrenará al equipo femenil sub-16 en los Juegos Invernales del Ártico de 2016. “Puede ser un salvavidas para algunos de estos chicos”.

Los deportes, como todo en el Ártico, demandan una improvisación constante y paciente. Nunavut conforma un 20 por ciento de la masa terrestre de Canadá y su tamaño es de más del doble del de Texas, pero solo tiene unos 36 mil habitantes, predominantemente inuit.
No hay carreteras que conecten a las 25 comunidades en este vasto territorio. Cada desplazamiento requiere una motonieve, un trineo tirado por perros, un vehículo todo terreno, un barco o un avión.

Se deben hacer ajustes para la distancia inmensa, el clima voluble, los costos extravagantes y la paradoja geográfica. El fútbol se juega mejor sobre pasto esponjoso, pero casi todo en Nunavut es tundra.
Así que el deporte se ha adaptado. El fútbol se juega principalmente dentro de canchas de basquetbol. Iqaluit es una de las tres aldeas en el territorio con cancha artificial. El torneo de selección para los Juegos Invernales del Ártico se jugaría en una superficie sintética adaptada al piso de una pista de hockey.

“Por aquí, uno tiene que ser extraordinariamente flexible”, dijo Dawn Currie, la coordinadora del torneo.

A la espera del clima

La neblina tempranera empezó a disiparse en Iqaluit en un viernes reciente, pero otras comunidades permanecieron cubiertas. La mitad de los equipos no había llegado antes del partido inaugural programado. “El clima favorecerá o arruinará nuestro torneo”, dijo Joselyn Morrison, presidenta de la Asociación de Fútbol de Nunavut, una organización de voluntarios.

El calendario fue cambiado sobre la marcha. Los Huskies de Iqaluit, un equipo femenil local, abrió contra Artict Bay, el equipo más norteño, y el equipo local rápidamente aprovechó su comodidad y familiaridad con el terreno.

La superficie de juego se amolda a la pista aquí, donde el pasto artificial se instala de mayo a octubre.

Las reglas del fútbol de salón aplicaron para el torneo de fútbol: cinco jugadores de cada lado, sin uso de los tablones del hockey para pasar la pelota. Esta era más pequeña que el balón de fútbol estándar, y rebotaba menos. Arctic Bay empató el marcador antes del medio tiempo, 1-1, pero Iqaluit poseía más profundidad y habilidad y sacó ventaja para ganar, 5-1.

Para el segundo día del torneo de Nunavut, todos los equipos habían llegado. De improviso, la asociación de fútbol gastó 9,000 dólares en la renta de un avión para los equipos varonil y femenil de Cape Dorset. Se habían quedado varados en casa por la neblina, y sin vuelos semanales programados, estaban en peligro de perderse su única oportunidad en nueve meses de jugar contra otras aldeas.

En la categoría varonil, Clyde River ganó su primer partido, 4-2, usando la velocidad y la fuerza muscular. El equipo llegó a las semifinales, pero perdió, 3-0, ante Rankin Inlet, el eventual campeón. En el vestidor, Jenna Palituq, una estudiante universitaria, felicitó a los jugadores y a Iqaqrialu, el entrenador. “Él ha ayudado mucho”, dijo Palituq. “La mayor parte del tiempo, no tenemos a nadie que asista a los torneos.

Finalmente, hemos logrado que alguien represente a la comunidad”.
La lista para los Juegos Invernales del Ártico fue anunciada. Dos de los jugadores de Clyde River fueron seleccionados. Se unieron a los otros para tomarse fotos para el pasaporte. Iqaqrialu se quedó sin habla por la gratitud. “Mi sueño se volvió realidad”, afirmó.

Mientras Iqaqrialu se preparaba para volar de regreso a Clyde River, llenó su maleta con refrescos, caros pero más baratos en Iqaluit que en casa. Planeaba pasar parte del verano remando en kayak con jóvenes en riesgo, asegurándoles que había alternativas que los alejaran de destruirse ellos mismos.

“Estoy tratando de demostrar a la comunidad que uno puede darle vuelta a su vida”, dijo Iqaqrialu. “Estoy orgulloso de mi equipo. Estoy orgulloso de mí mismo”.

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