New York Times Syndicate

División entre chiitas y sunitas distancia más
a iraquíes en Bagdad

Caminar en Bagdad por los barrios de Asamiya -sunita- y Kadimiya -chiita- hace evidente la división sectaria en un país que continúa inmerso en una larga guerra.
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01 agosto 2014 21:50 Última actualización 02 agosto 2014 5:0
Niños venden globos en el barrio de Kadhimiya de Bagdad. (NYT)

Niños venden globos en el barrio de Kadimiya de Bagdad. (NYT)

BAGDAD.- El Puente de los Imanes se extiende sobre el río Tigris, entre dos de las comunidades más antiguas de Bagdad –una sunita y otra chiita-, y puede parecer, en las noches del Ramadán, que las mezquitas cercanas a cualquiera de las riberas, se llaman las unas a las otras cuando sus muecines cantan las oraciones.

Sin embargo, los dos barrios, el sunita Asamiya y el chiita Kadimiya, otrora inextricablemente unidos en la imaginación de los habitantes de Bagdad, se distancian cada vez más y más.

Caminar por cada uno de ellos cuando rompen el ayuno diario durante el Ramadán es echar una mirada a las realidades divergentes de Bagdad: una forma de vida chiita vibrante, en expansión, y una sunita apagada y menguante.


“Ahora tenemos dos ramadanes”, dijo el sunita Yasin Daud, de 35 años, operador de una embarcación, que trabaja en un parque de diversiones en Adamiya, en la ribera del río. Se ganaba la vida realizando recorridos recreativos al Puente de los Imanes, de ida y vuelta, pero nadie ha solicitado una este año.

Los dos barrios se afianzan con una mezquita y un templo renombrados, cada uno, casi tan antiguos como el propio islam: Abu Hanifa del lado sunita, cuya construcción se comenzó a finales de los años 700, y del chiita, la Imán Kadim. Ambas zonas todavía comparten algo del carácter de la vieja Bagdad: las tiendas de artesanías, los peleteros y zapateros, carniceros “halal” y orfebres de oro.

Si bien el flujo y el reflujo entre los dos fue alguna vez tan natural como las mareas del Tigris, ha habido muchos daños en los últimos 11 años que han erosionado tanto las rutas que caminaban las personas para ir de una comunidad a la otra, como la confianza que se tuvieron.

Ali al Nashmi un profesor de historia en la Universidad Mustansiriya en Bagdad, quien creció en Adamiya, data el periodo de la división sectaria cuando la coalición, liderada por Estados Unidos, derrocó a Saddam Hussein en 2003, con su capítulo más reciente después de la caída de Mosul a manos de extremistas sunitas en junio.

“Los chiitas solían caminar por Adamiya rumbo al Puente de los Imanes”, comentó Nashmi, remontándose a su juventud. “Pero, entonces, comenzaron los problemas sectarios después de 2003, y los atacaron en Adamiya y dejaron de venir por ese camino”.

Conforme los chiitas desaparecieron de las calles de Adamiya, muchos jóvenes sunitas ahí, y en otras partes, se unieron a la insurgencia y los mataron, encarcelaron o huyeron. Así es que quedaron menos familias, y más reducidas, que utilizaran los servicios de Daud o que extendieran los alimentos de la cena en los jardines muy bien cuidados del parque de diversiones, donde atendía a sus pequeñas embarcaciones en las riberas del Tigris.

Ahora, casi todas las mesas están vacías en el parque de Adamiya, donde cientos de familias habían extendido la comida del “iftar” para cenar, cada año durante más de tres décadas, y romper el ayuno del Ramadán. Ni un solo niño está en el juego del cisne; están vacíos los lugares en la rueda de la fortuna; los carritos chocones hacen mucho ruido, pero no hay niños que los conduzcan.

Mustafá al Qaisi, un taxista sunita, llevó a su familia al parque con inquietud, y solo porque era una tradición que no soportaban abandonar.

“La diferencia entre hoy y el 2006 es que antes éramos el blanco de las milicias, pero ahora somos el blanco de las milicias apoyadas por el gobierno”, explicó.

“Ahora tengo miedo todo el tiempo de que me acosen debido a mi identidad”, comentó, refiriéndose a que en cualquier retén de las milicias reconocerían que su apellido tribal es sunita, y lo secuestren o hasta lo maten.

Cuando tiene algún problema con el taxi o algún altercado con un cliente, ya no se atreve a ir a una comisaría de policía para quejarse porque teme que lo puedan detener a causa de su apellido sunita.
Cuando vio a un extranjero en el parque, lo primero que pensó fue que podría estar trabajando con algún organismo para los refugiados.

“¿Trabaja con la Organización Internacional para las Migraciones?”, preguntó. “¿Sería posible que nos ayudara a salir de Irak?”.

Hay un mundo diferente al otro lado del río. En Kadimiya, donde casi todos son chiitas, el Ramadán se siente como una fiesta callejera que dura todo un mes. Hasta en las horas del ayuno, en el calor del día, la gente trabaja intensamente, preparándose para la cena con la que se rompe el ayuno. Mezclan el arroz en enormes contenedores en cocinas comunitarias, cortan el cordero en trozos pequeños para revolverlo en el arroz, pican tomates y pepinos para la ensalada, y rebanan carretillas de sandía.

Por seguridad, en el crepúsculo, en las afueras de Kadimiya, se cierra la entrada principal, porque han atacado al barrio muchas veces.
En consecuencia, el camino sigue por un atajo. Serpentea por palmares urbanos y cruza un canal de irrigación, donde nadan los niños, gritando de alegría cuando se sumergen en el agua y se salpican unos a otros.

Cuando los visitantes llegan a la larga calle para peatones que conduce al templo, apresuran el paso con ansiedad por pasar la línea de cacheadores que revisan buscando bombas y armas, y prosiguen la marcha hacia la larga explanada que está adelante. Esta calle principal, destellante, lleva hasta el tempo del Imán Kadim, cuyas rejas están delineadas con neón verde y blanco, llamativo y jubiloso.

“Está muy bien este año”, dijo Shahad Hamed Harbi al Jafayi, de 70 años, con una gran sonrisa, mostrando una boca casi sin dientes, sentado en la orilla de uno de los muchos tapetes largos que sirven de esterilla para el pícnic.

“Hay muchísimas personas; está muy hermoso aquí. Solo le pedimos al pueblo estadounidense que venga y mate a ISIS, que se los lleven”, dijo, refiriéndose a la organización extremista sunita Estado Islámico que se ha apoderado de granes zonas del norte y el oeste de Irak.

Ahora, las milicias chiitas ayudan a proteger el camino que sale de la aldea de su familia en la provincia de Diyala para llegar a la carretera, y ella llegó al templo a celebrar el Ramadán.

“Todos nos sentimos seguros para venir”, dijo señalando a sus cinco hijas con sus hijos.

A unos metros de distancia, la Fundación Sadr, establecida por la familia del clérigo chiita Muqtada al Sadr, ofrecía comida del “iftar”, y unos 150 hombres empezaban a comer. Cerca, había familias que llevaban sus propias viandas sencillas, hechas en casa, que consistían en yogur que se había servido en vasos para comerlo con los dátiles que había en una canasta. Grupos de niños iban y venían corriendo, jaloneaban a sus madres para que les compraran globos y algodones de dulce que ofrecían los vendedores ambulantes.

Esas mismas madres se pusieron las “abayas” negras, especiales para las oraciones en los templos chiitas, entregaron los teléfonos celulares a sus hijos mayores y se alejaron por unos minutos para ir al templo del Imán Kadim.

Al reflexionar en todo esto, Nashmi ve una división que se está profundizando, que no será fácil detenerla, mucho menos revertir. “Se va a poner peor: los sunitas saldrán de Bagdad y los chiitas abandonarán el norte, ya casi no hay cristianos, y enfrentaremos a un país realmente separado”, notó.

“No podemos encontrar ninguna solución ahora, y estoy muy triste”.
Continuó: “El mundo perdió a Irak, pero debemos pelear, usted y yo, y todos los amigos, hacer algo, algo misterioso y muy lejano. Debemos enseñar historia en la escuela primaria y mostrarles a nuestros hijos la gran civilización de Irak”.

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