New York Times Syndicate

Después del Brexit, ¿Londres puede seguir siendo una capital del mundo?

Mientras Gran Bretaña se despide de su pareja de 44 años, Londres, cuyos residentes votaron en contra de la salida del bloque europeo, enfrenta un futuro incierto regido por principios opuestos a su propio ser. 
Sarah Lyall NYT
28 abril 2017 19:23 Última actualización 29 abril 2017 4:50
Reino Unido

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La estación de trenes St. Pancras International, una maravilla de la arquitectura victoriana resucitada para el siglo XXI, abrió hace 10 años como la personificación de una idea particular: que Gran Bretaña es parte de algo más grande que sí misma y que pertenecer a una asociación de naciones es tan fácil y natural como subirse a un tren.

Era impactante y emocionante, al principio, que uno pudiera tomar un Eurostar desde una plataforma en Londres, deslizarse por debajo del Canal de la Mancha, recorrer el campo francés y menos de tres horas después descender en la Gare du Nord en París.

Tomar el Eurostar era maravillarse de que las capitales ⎯ Londres tan prosaica y preclara, París tan romántica y misteriosa, las dos con su larga historia de rivalidad y discordia ⎯ fueran parte de la misma gran empresa. 

Eurostar simbolizaba una era en la cual Londres parecía estarse dirigiendo de manera veloz inevitablemente hacia Europa también. Al menos esa era la idea hasta ahora, y el principio del proceso conocido como Brexit. Los trenes siguen circulando, pero la era que creó al Londres moderno parece haber terminado.

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“Hemos hecho una declaración horrible al resto del mundo, y es muy triste”, dijo Martin Eden, un editor que esperaba para tomar el Eurostar con rumbo a París el otro día, para celebrar su cumpleaños número 43. “Deberíamos estar avanzando juntos”, dijo de Europa, “en vez de separarnos”.

Conocí a Eden mientras yo vagaba por St. Pancras en el momento en que Gran Bretaña solicitaba oficialmente el divorcio de la Unión Europea. Era la hora del almuerzo del 29 de marzo, el Día del Brexit, como se le podría llamar, cuando Gran Bretaña entregó una carta a Bruselas y abrió dos años de negociaciones en torno a las reglas de la separación.

Pero mientras Gran Bretaña trata de despedirse de su pareja de 44 años, de la que ahora está alejada, Londres enfrenta un desafío diferente: cómo una gran ciudad mundial cuyos residentes votaron contra el Brexit en el referendo del verano pasado debería adaptarse a un futuro incierto regido por principios que se sienten opuestos a su propio ser.

El Brexit ha separado a Gran Bretaña de Europa pero también ha dividido internamente a Gran Bretaña, con Londres de un lado y gran parte de Inglaterra del otro (Escocia e Irlanda del Norte, que también votaron para quedarse en la Unión Europea, son otra historia).

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Para muchas personas en la capital, la votación del año pasado se siente como un rechazo no solo a Europa sino también a los valores personificados por Londres, quizá la ciudad más vibrante y exuberantemente cosmopolita del mundo: valores como la apertura, la tolerancia, el internacionalismo y la sensación de que es mejor mirar hacia afuera que hacia adentro. Mientras una sensación de melancolía parecía descender sobre St. Pancras cuando yo caminé por ahí recientemente, gran parte del resto de Gran Bretaña estaba celebrando.

Aquí están las personas más ricas de Gran Bretaña y muchas de las más pobres, viviendo lado al lado en relativa paz. Londres está lleno de sitios emblemáticos ⎯ el Big Ben, el Palacio de Buckingham, la Catedral de San Pablo ⎯ pero también de personas que comprenden 270 nacionalidades, 8.7 millones de habitantes en total.

El Brexit ha creado desorganización en este gran experimento de tolerancia. Nadie puede predecir cómo se verá la ciudad dentro de 10, 20 o 30 años. Si los viajes espontáneos entre Europa y Gran Bretaña ya no parecen tan sencillos, tampoco lo parece el fácil intercambio de personas, capital, empleos, empresas e idiomas. Quizá lo más importante es que ya no está claro que estas sean consideradas cosas admirables, aquí o en cualquier parte.

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“Londres es un lugar extraño actualmente”, dijo el escritor Nikesh Shukla, cuyo libro “The Good Immigrant” (El buen inmigrante) está compuesto de ensayos de británicos no blancos sobre un país del cual se sienten cada vez más marginados. Él vive en Bristol ahora, pero creció en Londres, y la ciudad, dice, “se siente como una versión singularmente encapsulada de lo que Gran Bretaña significa para mí”.

“El gobierno dice que está tratando de recuperar el país, pero en el proceso está perdiendo el corazón de su gente en Londres”, dijo Shukla en una entrevista telefónica. “La gente se siente incómoda porque hay muchos futuros en juego. Estas son personas que viven en la ciudad, que contribuyen a la sociedad, que tienen familias, estructuras sociales y compromisos financieros, cuyos futuros están ahora en duda”.

Yo viví en Londres durante más de 15 años. La ciudad cambió mucho en ese tiempo, y la ciudad que dejé se sentía marcadamente diferente de la que encontré al llegar. La comida mejoró, y los lugares permanecían abiertos más tarde. Mis vecinos parecían provenir de países dignos de Naciones Unidas, y nuestras diferencias se borraban un poco porque todos las compartíamos.

La ciudad también se enriqueció, lo cual no necesariamente fue bueno: el centro de la ciudad se volvió casi inasequible. Los oligarcas rusos y otros miembros de la élite de los súper ricos del mundo se apoderaron de las calles para construir complejos subterráneos llenos de piscinas y estacionamientos para las casas en que planeaban vivir solo un par de semanas al año.

Europa, que parecía un concepto distante, repentinamente pareció estar en el umbral. Se mudaron aquí multitudes de franceses, y luego polacos y españoles y, posteriormente y más polémicamente, rumanos. Siempre que uno iba a una galería de arte o una película, veía cómo la cultura británica se estaba beneficiando del financiamiento europeo.

El ascenso de las aerolíneas austeras de bajo costo hizo que los viajes aéreos a Europa fueran casi más fáciles que viajar en tren. A Tony Blair, el primer ministro durante gran parte de ese periodo, le gustaba tomar sus vacaciones en lugares como La Toscana, en Italia.

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La elección de Blair como primer ministro, en 1997, puso fin a 18 años de régimen conservador y anunció una era en que pertenecer a Europa se sentía como algo que rayaba en lo genial. Hablar un idioma extranjero se volvió de pronto, brevemente, aceptable.

Y luego, en 2012, Londres fue anfitrión de los Juegos Olímpicos, anunciándose como una ciudad para el mundo y probando cuán fluida y alegremente trabajaba este lugar poliglota cuando se enfocaba en algo, y cuán inusualmente bien se llevaba la gente que vivía en esta ciudad.

Aquí, pese a los sentimientos contra los musulmanes y los inmigrantes que ayudaron a avivar la votación del Brexit, está el primer alcalde musulmán de Londres, Sadiq Khan, cuyos padres, un chofer de autobús y una costurera, vinieron de Pakistán.

Aquí están los financieros y los playboys internacionales, los eurócratas y los eurobasura, así como los migrantes económicos de España y Portugal y otros países europeos deprimidos que se hacinan en diminutos departamentos en las orillas de la ciudad y toman empleos en cafeterías, en sitios de construcción, en hoteles.

“En Londres, nunca me sentí como forastero, porque todos son forasteros”, dijo Paolo Martini, un estilista de 32 años de edad que conocí en Kentish Town que es originario de Brasil y tiene una esposa polaca y una hija británica (por nacimiento). Él ha vivido aquí durante más de una década; ¿quién sabe lo que significará el Brexit para su familia?

Parte de lo que hace a Londres diferente es cuán estrechamente se entrelaza todo, gente de diferentes antecedentes económicos y étnicos.

“No somos solo usted y yo, y ricos y pobres”, dijo Dara Djarian, de 25 años de edad y agente de bienes raíces en Kilburn cuyos padres son de origen francés e iraní. Comparó los vecindarios mezclados de Londres con los más uniformes banlieues en la periferia de París, centros mayormente para inmigrantes árabes. “Todos se mezclan aquí”.

Miré hacia Kilburn High Road desde su oficina y vi a lo que se refería. Un delicatessen polaco estaba al lado de un restaurante italiano al otro lado de la calle frente a una taberna londinense tradicional al lado de una carnicería Halal. Estaba la tienda de muebles Shah, un lugar clásico de pescado y papas fritas, una estilista solo para mujeres, una tienda de accesorios para baño de lujo, algunas cafeterías modernas y el culto Tricycle Cinema, con un programa que atrae a hipsters y entusiastas del cine.

“Lo único que realmente no vemos mucho aquí son personas inglesas”, dijo Djarian. “Se han mudado al campo, o a los suburbios”. 

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