New York Times Syndicate

Ciudad natal de Hitler lucha contra legado del mal

Braunau am Inn quiere que se hable de ella como una ciudad a orillas del río Inn, en la que se han plantado cientos de árboles que simbolizan la paz, pero la casa donde nació Hitler oscurece su legado.
Melissa Eddy
© 2015 New York Times News Service
27 febrero 2015 21:53 Última actualización 28 febrero 2015 5:0
Frente a la casa donde nació Hitler (primera derecha) se ubica una inscripción en memoria de las víctimas de los nazis.  (NYT)

Frente a la casa donde nació Hitler (primera derecha) se ubica una inscripción en memoria de las víctimas de los nazis. (NYT)

BRAUNAU AM INN, Austria – Días después de que esta ciudad al otro lado del río desde Baviera se rindió ante el Ejército de Estados Unidos en mayo de 1945, un grupo de soldados alemanes intentó arrasar con una casa de tres pisos que había servido como sitio de peregrinación y santuario nazi desde finales de los años 30.

Las tropas estadounidenses los repelieron. Pero, al proteger el edificio en el centro de la ciudad histórica se las arreglaron para cimentar un legado indeseado para los ciudadanos de Braunau am Inn. ¿Quién, después de todo, quiere un recordatorio constante en pleno centro de que viven en la ciudad donde nació Adolfo Hitler?

Muchas personas aquí tienen otras ideas sobre qué debería dar a conocer a esta ciudad a orillas del río Inn. La paz. El lugar de nacimiento de un escritor de himnos. La salud de su industria local. Pero para cambiar eso, primero deben hacer frente a la casa.


Cuando las tropas impidieron la destrucción del edificio en la calle Salzburger Vorstadt, allanaron el camino para una disputa que aún persiste, aunque quizá llegue a su fin pronto.

Desde diciembre, el gobierno austriaco ha estado presionando a favor de una solución para el edificio vacío, que es de propiedad privada pero está rentado por el gobierno. Ha ofrecido comprar la casa y está explorando si sería posible despojar a la dueña si continúa negándose a las renovaciones necesarias. El estado del inmueble dificulta encontrar un inquilino.

A lo largo de los años, la casa ha servido como un museo improvisado, una escuela y una biblioteca. Durante más de tres décadas, una organización que ofrece apoyo y asistencia de integración a personas discapacitadas lo usó para operar una tienda y un taller. Pero la organización lo dejó en 2011, y el gobierno enfrentó de nuevo el interrogante de qué hacer con el edificio.

El problema no es la falta de ideas o de iniciativa.

“¿Por qué no pueden los refugiados vivir ahí?”, dijo Georg Wojak, comisionado para Braunau y el distrito circundante, cuando se le preguntó sobre el futuro de la casa. “No necesitamos esta casa, pero ese sería un uso adecuado para ella”.

Andreas Maislinger, un historiador originario de Innbruck, ha pasado años tratando de reunir apoyo para su idea de establecer un proyecto de monumento y paz internacional en la casa que involucraría a los jóvenes y colaboraciones internacionales, reflejando el estatus único del lugar.

“Braunau es un sitio histórico en su propia categoría”, dijo Maislinger. “No es un lugar donde se cometieran crímenes. Ni se tomaron aquí las decisiones. Sin embargo, hemos estado preocupados por el lugar durante décadas”.

“Braunau es un símbolo”, afirmó. “Es donde el mal entró en el mundo”.

Después de la guerra, los alemanes y las fuerzas de ocupación intentaron derribar todos los sitios ahí directamente vinculados con Hitler, desde el viejo y el nuevo edificio de la cancillería en Berlín hasta el Berghof en los Alpes Bávaros.

Ese sentimiento sigue vivo, según encontró Maislinger mientras trataba de solicitar apoyo para su proyecto entre los miembros del Parlamento alemán. Gregor Gysi, un destacado miembro del partido Izquierda, lo resumió en su cortante respuesta: “Ya sea que la casa sea derribada o usada en esa forma, que ningún neo-nazi se aventure a acercarse a ella”.

Los temores de que la casa pudiera volverse sitio de peregrinación llevó al gobierno austriaco en 1972 a asumir el arrendamiento principal del edificio, ahora propiedad de Gerlinde Pommer, descendiente de la familia que la construyó. Tenía una taberna en la primera planta y departamentos en los pisos superiores, uno de los cuales fue rentado por los padres de Hitler antes de su nacimiento en 1889.

La dueña actual se ha negado por años a permitir que se lleven a cabo renovaciones necesarias, lo cual hizo que se fuera la organización para los discapacitados hace tres años. Su renuencia también ha dificultado encontrar un inquilino que satisfaga los requerimientos de usarlo para propósitos administrativos, educativos o de servicios sociales. Mientras tanto, el gobierno austriaco continúa pagándole unos cuatro mil 800 euros al mes en renta.

El alcalde de Braunau, Johannes Waidbacher, suspira cuando se le pregunta por la casa. Preferiría concentrarse en la ampliación de la fábrica de aluminio que es la columna vertebral de la industria local o los esfuerzos para revivir el área del centro, donde la casa natal de Hitler es uno de varios edificios vacíos.

Pasó meses con el concejo municipal y otros, luchando en vano por encontrar un uso a la casa que hiciera felices a todos: el gobierno, la ciudad y la dueña. Ahora, permanece de brazos cruzados.

“No tiene caso proponer conceptos adicionales hasta que veamos cómo se desarrolla la situación”, dijo Waidbacher.

Como mucho aquí, el alcalde reconoce el peso de la responsabilidad que conlleva el vínculo incuestionable, aunque no bien acogido, de la casa – y de la ciudad – con la historia.

El estigma ha asolado a los residentes durante mucho tiempo. Es bastante difícil vivir en un lugar que alude a los nazis en el nombre; “braun”, café en alemán, es el color asociado con el Partido Nazi. “Braunau no es café”, declara un lema que ha tratado de mejorar la imagen de la ciudad.

La última palabra de moda en Braunau es “paz”. Desde que asumió como comisionado en 2008, Wojak ha plantado docenas de tilos en todo el distrito, como símbolos de la paz. Se han bautizado parques en honor de ciudadanos locales menos conocidos y con biografías más limpias, como Franz Jägerstätter, que resistió a los nazis.

Se ha formado un esfuerzo comunitario en torno de celebrar el lugar de nacimiento de Franz Xaver Gruber, el compositor de “Silent Night” (el villancico conocido en español como “Noche de paz”), con su propio sendero de excursionismo adornado con siete estatuas de bronce, una por cada continente donde se canta la canción de este hijo de la ciudad cada Navidad.

Los residentes de Braunau pasan al lado de las ventanas vacías de la casa o esperan en la parada del autobús en la acera sin mirar mucho a la piedra conmemorativa que advierte en letras de imprenta de los peligros del fascismo. Sin embargo, nada les gustaría más que deshacerse de ella.

Algunos dijeron que deseaban que los Aliados no hubieran logrado en 1945 impedir al grupo de nazis leales derribar el edificio que atraía peregrinaciones desde los primeros días de Hitler en el poder. Informes de prensa de 1937 relatan cómo las tropas alemanas que pasaban por la ciudad hacían una “solemne reverencia” ante sus puertas.

Conforme crecieron la fama y la influencia de Hitler, también lo hizo la importancia de su lugar de nacimiento, y la asociación de Braunau con él. Un sello postal emitido en 1938 con motivo del 50 aniversario del nacimiento de Hitler lo mostraba de pie ante el domo gótico en forma de cebolla de la Iglesia de San Esteban de la ciudad en el fondo debajo de la inscripción: “El Führer en su ciudad natal, Braunau”.

Durante décadas después de la Segunda Guerra Mundial, veteranos de Austria y la vecina Alemania seguían acudiendo, especialmente en el cumpleaños de Hitler.

Ahora, la policía local dice que la escena neonazi ha disminuido en los últimos años. La casa está bajo constante vigilancia, pero los problemas son raros, dijeron.

Sin embargo, algunos aquí aún hacen grandes esfuerzos por evitar lo que saben que es inevitable. Cuando le preguntan de dónde proviene cuando está de viaje en el extranjero, Hans Schwarzmayr, un residente, dijo que siempre dice “río abajo desde Salzburgo”, o “unos 120 kilómetros al este de Múnich”; lo que sea para evitar mencionar la ciudad.

“Si aún insistían, entonces cedía y decía: 'Braunau’”, recordó Schwarzmayr. “La respuesta siempre fue la misma: 'Oh, el lugar de nacimiento de Hitler. ¿Por qué no lo dijiste antes?'”

Todas las notas NEW YORK TIMES SYNDICATE
Esta startup tiene el secreto para cultivar elusivas trufas
Venezolanos hambrientos huyen en barcos para escapar del colapso económico
Trabajadores de Carrier en Indiana, juran que harán cumplir a Trump sus promesas
Bancos de Italia están en una crisis de 'cámara lenta'... y Europa pagaría
Los piratas del Amazonas aterrorizan a las tripulaciones
Estos autobuses te llevarán al futuro a 11 km por hora
La ‘ambición del aguacate’ pone en peligro el refugio de las monarca
Las mujeres que ayudaron a Trump a obtener el triunfo
El código de diez dígitos para la vida privada
Ocho años después, ¿cómo ven los europeos a Obama?
¿Cómo quitar el polvo de un Picasso? ¡Con saliva!
Surfeando bajo las luces del norte
8 mil 851 kilómetros de frontera, cubierta por solo 2 mil agentes
Un poblado siberiano se atribuye ser la cuna de la humanidad
¿Quiere un trozo de libertad? Este es el hombre al que debe ver
Esta oferta de trabajo incluye un terreno 8 mil metros cuadrados
Él lucha contra el régimen norcoreano con globos
Desprogramar a las mujeres e hijos de Boko Haram
Seis científicos, mil millas, un premio: abejas del Ártico
Arabia Saudita, donde hasta la leche depende del petróleo, pasa apuros económicos
El sueño es vital en la NFL
Swarovski quiere ser una firma tecnológica
Un pequeño bosque de una familia puede ayudar a salvar al planeta
Espiando los drones de Amazon
Esquizofrénicos en Venezuela, sin medicamentos y empeorando