New York Times Syndicate

Belgas siguen hallando ‘recuerditos’ de la Primera Guerra

Han pasado 100 años desde que estalló la Primera Guerra Mundial y al oeste de Bélgica la tierra guarda bombas, municiones y más artefactos del enfrentamiento.
Suzanne Daley
© 2014 New York Times News Service
23 agosto 2014 18:11 Última actualización 23 agosto 2014 18:11
Los guías de turistas Trautmann Jorg y Fisher Oliver, vestidos con uniformes de la Primera Guerra Mundial, en un bar a las afueras de Ypres, Bélgica. (NYT)

Los guías de turistas Trautmann Jorg y Fisher Oliver, vestidos con uniformes de la Primera Guerra Mundial, en un bar a las afueras de Ypres, Bélgica. (NYT)

YPRES, Bélgica. La jaula cerrada con candado al lado de la entrada a la granja de la familia Butaye cerca de esta ciudad al oeste de Bélgica está casi llena de bombas oxidadas otra vez. Desde enero, Stijn Butaye ha recolectado 46 proyectiles de mortero en las 40 hectáreas de su familia, municiones de la Primera Guerra Mundial que encontró entre los campos de remolachas y papas, en ocasiones con la ayuda de su detector de metales.

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El padre de Butaye, Luc, ni siquiera ara dos de sus campos por temor a lo que las cuchillas pudieran golpear. No hace mucho tiempo, un vecino que manejaba un tractor golpeó un proyectil antiguo, y la explosión hizo que las esquirlas traspasaran su parabrisas, arrancándole un trozo de oreja.

“Uno no sabe lo que pudiera suceder”, dijo Stijn Butaye, de 26 años de edad, quien ha construido un pequeño museo al lado del granero con cientos de artículos, incluidos zapatos, lentes, navajas de rasurar y una máscara antigás perfectamente conservada, todos encontrados en la propiedad de su familia. “Simplemente usamos esa tierra para hacer pastar a las vacas”.

Bombas oxidadas en una jaula de la granja de Stijn Butaye. (NYT)


Han pasado 100 años desde que estalló la Primera Guerra Mundial en estas partes; los hombres que sobrevivieron a miles de kilómetros de trincheras lodosas que rodearon a esta región estratégicamente importante murieron y fueron sepultados hace tiempo. Pero la tierra se ha convertido en el último testigo, exponiendo constantes recordatorios de una guerra sangrienta e implacable que demolería imperios, dejaría a por lo menos 8.5 millones de soldados y siete millones de civiles muertos y produciría legados que continúan teniendo vigor actualmente.

Alrededor de Ypres, los Aliados y los alemanes combatieron durante casi cuatro años en un maratónico golpeteo que produjo algunas de las batallas más famosas y mortales de la guerra. Fue aquí donde los alemanes usaron por primera vez los gases cloro y mostaza contra las tropas aliadas. Sin embargo, ninguna de las partes hizo muchos avances pese a las andanadas de artillería tan feroces y prolongadas que destruyeron carreteras y aldeas, dejando kilómetros en los cuales no quedó ni un edificio ni un árbol ni una brizna de pasto.

El área se convirtió en campo de batalla cuando las fuerzas alemanas se dirigieron al norte después de ser frenadas en su campaña inicial hacia París en los primeros meses de la guerra en 1914. Después de eso, el conflicto giró hacia Bélgica cuando los alemanes intentaron una maniobra de flanqueo y los Aliados se apresuraron a proteger su control de los vitales puertos marítimos franceses de Calais y Boloña. Ahí, a lo largo de un frente que se extiende hacia el sur de la costa belga, los ejércitos rivales se asentaron, convirtiendo tierras agrícolas fértiles en campos de muerte de pesadilla.

Expertos dicen que en una campaña de tres meses particularmente intensa en 1917, conocida como la Tercera Batalla de Ypres o la Batalla de Passchendaele, los británicos dispararon más de cuatro millones de proyectiles. Al final, más de 500 mil hombres habían sido asesinados o heridos, y el bombardeo constante había convertido al paisaje en un pantano sin vida. Hasta 30 por ciento de los proyectiles de artillería disparados nunca estallaron, dicen expertos. Algunos fueron un fiasco, pero muchos simplemente se incrustaron en el lodo sin estallar.

A lo largo de los años, muchos de esos proyectiles han empezado a surgir, algunos apareciendo incluso en campos que han sido arados muchas veces antes. La mayoría de los años, hay dos o tres heridos por municiones de la Primera Guerra Mundial en Ypres y las aldeas circundantes. En marzo, dos trabajadores murieron y un tercero resultó gravemente herido mientras manejaban un proyectil en un sitio de construcción.

La tierra aquí aún tiene tantos explosivos que casi todos los proyectos de construcción representan un peligro; cada pala tiene el potencial de desenterrar no solo municiones sino huesos, algunos cuidadosamente depositados en su uniforme completo, otros volados en pedazos. Una autopista local permanece a medio terminar, las obras terminaron abruptamente porque las excavadoras empezaron a descubrir tumbas y el gobierno británico rápidamente objetó el proyecto.

El Saliente de Ypres era sólo una parte del Frente Occidental, que corría desde la costa atlántica a través del norte de Francia hacia Suiza. En Francia, después de la guerra, muchos de los campos de batalla y aldeas destruidas fueron declarados parte de una zona roja, con acceso prohibido, que terminó convirtiéndose en un bosque. Pero Bélgica, dicen historiadores, era demasiado pequeña para permitirse el lujo de abandonar tanto territorio.

La guerra apenas había terminado cuando los refugiados belgas comenzaron a regresar, con la esperanza de labrar los ricos campos de Flandes. Algunos se suicidaron cuando vieron lo que había sucedido a sus granjas y aldeas, pero otros simplemente se dedicaron a trabajar en la reconstrucción, dependiendo fuertemente de las compensaciones de guerra alemanas, que llegaron por tren en forma de árboles frutales y ganado.

Los residuos de la guerra estaban en todas partes, y lo más sencillo de hacer fue rellenar las trincheras y reconstruir. Las vacas pastan al lado de búnkeres alemanes y beben de cráteres de explosiones que ahora son bebederos. En tomas aéreas, las líneas de las trincheras aún son visibles porque la vegetación crece más verde dependiendo de lo que hay debajo.

Algunos expertos dicen que es tiempo de hacer más para limpiar la tierra de los efectos de la guerra, particularmente detectando los proyectiles que no estallaron. Marc Van Meirvenne, un experto en suelos de la Universidad Ghent en Bélgica que ha estudiado la región de Ypres, dice que tiene niveles inusualmente altos de cobre y plomo, una consecuencia de los proyectiles y la metralla de bolas de plomo dentro de muchos de ellos, aunque probablemente no suficiente para ser un riesgo de salud. Sin embargo, dijo, un radar que penetrara el suelo pudiera ser usado fácilmente para detectar proyectiles.

Pero muchos granjeros no están interesados, principalmente porque extraer los proyectiles cambiaría la composición del suelo, extrayendo la arcilla azul que está metros por debajo de la superficie. La mayoría de ellos, como Butaye, tienen un conocimiento práctico de las municiones de la Primera Guerra Mundial, identificando fácilmente si provienen de las fuerzas alemanas o aliadas y cómo es probable que exploten.

Tanto Bélgica como Francia han asignado especialistas para recolectar los proyectiles. La unidad belga cerca de Ypres recolecta más de 90 toneladas de municiones al año, una unidad francesa que trabaja cerca de Verdum recolecta la mitad de esa cantidad. En los últimos años, el gobierno belga ha aprobado leyes que evitan que aficionados realicen excavaciones.

Funcionarios en Ypres dicen que hay más interés en la guerra actualmente que hace 20 años. Decenas de miles de escolares británicos vienen aquí cada año, así como miles de familiares de soldados y aficionados a la historia, contribuyendo con unos 40 millones de euros –casi 54 millones de dólares– al año a la economía local. Joseph Verschoore, el vicealcalde de Ypres, dijo que incluso los alemanes están empezando a mostrar interés.

“Pienso que antes no siempre se sentían cómodos”, dijo Verschoore. “Quizá tenían miedo de que la gente aquí siguiera enojada. Pero ahora hay más comprensión de que existió un régimen ahí, y que tampoco fue muy bueno para su gente. Muchos de los soldados alemanes no tenían idea de por qué estaban aquí”.

Pero persiste cierta amargura. El abuelo de Stijn Butaye, quien compró la granja en 1960, estaba ansioso de deshacerse de cualquier signo de que los alemanes hubieran acampado aquí alguna vez. Trató de volar en pedazos un búnker cerca de la casa, y objetó el pasatiempo de su nieto. “Siempre que toma una fotografía de la casa, corta la parte del búnker”, dijo Butaye. “Odia que fuera un búnker alemán”.

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